...
(Tengo esto por ahí guardado. Quizás principio de algo, quizás tan solo lo que es.
Al cumplir uno más de esos testarudos años, vuelven los recuerdos de lo que fue. Lo comparto).
-----
ORO MOLIDO.
El final se acerca.
No recuerdo una época de mi vida en la que no pensara en el suicidio. No de una forma teórica o filosófica, sino como una posibilidad inmediata, cercana, próxima para mí mismo.
Es evidente que ha quedado siempre en mero pensamiento sobre la posibilidad y que no se ha concretado en un hecho real, pero que haya estado ahí, de un modo tan constante, quizás sea un significante que deba analizar de forma profunda.
Nacer.
Arriba de la cuesta, la alcoba era en una casa si no ruinosa, en un estado previo a esa condición. La entrada, un portal húmedo de suelo de tierra, una bodega y una cuadra. Escalera de dos tramos al primer piso. Allí un cuarto despensa, la puerta al pequeño corral, una cocina con lumbre, una sala en la que dormían mis hermanos y la alcoba en la que amanecí al mundo.
Había un tercer espacio en lo alto, una cámara con atrojes de tablas. Lugar para el poco grano y la mucha nada.
"No binques, no saltes y pum a potal".
Esta era una cancioncilla que el de enmedio de los hermanos canturreó durante un tiempo y por eso quedó en la memoria familiar.
El niño, como niño, jugando, corría y saltaba por la casa. Nuestra madre, tendiendo la ropa en el balcón, le decía que no brincara que no diera saltos por el piso. De repente el suelo se abrió a los pies del muchacho y éste cayó a la planta baja. De haber estado la puerta de la calle un poco abierta, como era habitual, mi hermano... no le pasó nada y por eso luego canturreaba.
Aunque no se podía, había que cambiar de casa.
Antes de eso, lo primero de mi vida en mi memoria: llegaban de la iglesia mis hermanos mayores, uno de cinco y otro de ocho años y llevaban en sus manos algo extraordinario. El cura se las había arreglado para repartir regalos, sería por reyes la cosa. Una moto y un cochecito de chapa. Yo quería cogerlos, pero los pusieron bien lejos, bien alto. Me recuerdo mirando aquel estante/cielo, inalcanzable.
Valiente mi madre, mi padre no tanto, nos mudamos a crédito. La nueva casa era mucho mejor. Grande y en buen estado. Y muy cerca de la plaza. Dejamos a la Venancia y al bueno de Francisco y a la María de las medias y al resto de vecindario en la calle de atrás y nos acercamos, pared con pared, al boticario, enfrente la Felisa y Eusebio; la tía Herminia y el tío Bernardo. La Emiliana y su hijo que era de mi tiempo; buen amigo durante unos lustros.
Recién había cumplido yo por entonces los tres años.
Pueblo.
Mis primeros pasos fueron en la era, después de mordisquear a la sombra del chospe la onza de chocolate y el zocato de pan, tras gatear un rato en mi modo habitual de trasladarme por aquel entonces de año y medio de vida (no tuve prisa en ese asunto), me puse en pie y avancé, trémulo, hacia la parva; supongo que mi madre por allí faenaba. Es este un recuerdo forzado por el relato materno, pero me gusta tenerlo.
Conocer el mundo es un proceso de progreso. Se empieza despacio mirando el rostro que te mira y las sombras que se mueven sobre la cuna. Se intenta discernir entre las voces la que da seguridad, alimento, calma. Se distinguen poco a poco los colores.
Andar es como ser libre.
Luego de dominar el equilibrio, se quiere ir a todas partes.
El pueblo nunca fue grande. No está en mí el recuerdo de todavía no saberlo, de no haber recorrido sus calles. Cuando, algún tiempo después, me fui de casa, disgustado, no sé la causa, me bastó girar la esquina de la plaza y bajar hasta la puerta de mi abuela Pilar y allí sentarme. Me había ido sin merienda, a pesar de la recomendación de mi madre: "espera que te prepare un talego". Sé que no conocía los sarcasmos, pero entendí muy bien aquella chistosa burla.
El pueblo, ya entonces, era un lugar de viejos.
Las personas mayores vestían de oscuro y gastado, de no limpio en exceso, de ningún lustre ni atisbo de elegancia. Solo el tío Román atesoraba algo de eso, con su sombrero, su faja roja y su clavel en la solapa. Era extraño aunque a nadie extrañaba.
Las boinas y los pañuelos en la cabeza tampoco ayudaban.
Hombres y mujeres eran viejos en cuanto se casaban. Con treinta o antes, la vida se apartaba de casi todo lo alegre. Se resumía en trabajo y crianza. Problemas. Se había acabado el baile.
Las más de las calles eran de cantos y barro, no había agua corriente en las casas. Los animales eran compañía por todos lados. Mulas, conejos, gallinas, gorrinos. En las calles, perros y gatos a su albedrío. Machucho, Kin, Tarzán... como los del padrón, unos ladraban y otros no.
Aprender.
La escuela empezó pronto a ser un intermedio en la felicidad infantil. No sé si quiero recordar algo de aquella constante falta de libertad y alegría. Violencia verbal y física. Dictadura consentida por los padres y las madres que bastante tenían.
Hace tiempo que no sucede, pero no ha faltado nunca en mi vida la pesadilla de estar de nuevo en aquello y no haber hecho los deberes y temer al maestro. Don Mariano fue eso como podía haber sido Guardia Civil, cura párroco o camionero. Y la otra, Doña Rocío, mejor hubiera estado de monja de clausura.
Los recreos y el rato de antes de entrar eran lo único bueno. Juegos de temporada: el marro, el guá, el hinque, el bote, el balón prisionero... y siempre el fútbol.
Partidos de semanas por no andar echando a pies cada vez para elegir equipos. No había que perder el valioso tiempo. "Treinta y dos a veintiocho, vamos". "No, que el gol de Chencho dijimos que no valía". Y así.
Las pizarras y toda la pared forrada de aquel escay verde oscuro, llena de tiza en forma de tareas. El maestro se aplicaba cada mañana para que no faltara el trabajo a ninguno. Recuerdo que un curso nos enteramos de cuando cumplía los años y decidimos hacerle un regalo. Llenamos su mesa de paquetes de tabaco (Mencey, Lola, Sombra... él fumaba Rex). Llegó, vio, apartó el recado y se puso a la tarea de cada día. Supongo que nos dio las gracias, pero eso fue todo. No volvimos a regalarle nada.
Pegaba, vaya si pegaba. Y tenía sus víctimas favoritas. Entre ellas, sin privilegios, el mayor de sus hijos:
-Sal a mear, que ya sabes lo que te pasa cuando te pego.
No he podido olvidar ese momento. ¿Se puede ser peor padre y peor maestro?
Yo, en realidad, tuve suerte. No debí caerle mal y no recuerdo que me tocara nunca un pelo. Pero nunca supe vencer el miedo.
Hay más historias de ese tiempo, pero no sé si quiero. No sé si quiero.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión