Viera usted la bravura del puma serrano. La altivez con la que recorre la geografía montaraz. Ante el sol de su pelaje, el resto de la fauna se guarece en sus nidos por temor a encandilarse: la vizcacha se interna en su vizcachera, el cuis se adentra en su madriguera, el chancho del monte se pierde entre la espesura, las aves vuelan hacia sus nidos. Todos temen ser presas de ese felino que camina con fiereza, aunque sin perder la calma. Se desplaza despacio, con el olfato encendido, el oído atento, la vista penetrante; todos sus radares están encendidos en busca de aquel que se convertirá en su colación vespertina.
Mientras tanto, un ser humano se va internando en la serranía. Se trata de, nada más ni nada menos que Comechingolo, conocido en el pago por su afición por la cacería de unas pequeñas aves de la zona. Camina sigilosamente, mientras su mano derecha sostiene con firmeza la horqueta de su hondera, y la izquierda estira los hilos de goma que contienen una piedra pronta a impactar contra alguna plumífera víctima. Le llama poderosamente la atención el inhabitual silencio que reina en el ambiente; dónde estará el cantar del bicho-feo, o el graznar del chimango, o el bisbisear de la yarará, o el constante ronquido de la chicharra veraniega…
No se imagina que solo unos metros lo separan del responsable de ese silencio. No sabe que al dejar atrás esos espinillos estará frente a frente con el más temido de los animales serranos. Con, nada más ni nada menos, la imponente figura del puma. Pero Comechingolo no es de arrugar, justo él, que de niño nunca se asustaba cuando le preguntaban si su papá mató un chancho. Al contrario, tensa más la hondera y sostiene con mayor firmeza la piedra, pero ahora apuntando hacia el animal. El puma intensifica su mirada, como queriendo deshacer el proyectil con los ojos. Continúan tan inmóviles como el paisaje que los rodea, y no se sabe cuál de los dos será el primero en acometer. Lo que sí es seguro es que ninguno va a retroceder, y eso provoca que la quietud de la serranía aumente, haciendo que hasta las moscas dejen de revolotear en los alrededores. Lo único en movimiento a kilómetros a la redonda es esa tensión que encoge y desencoge el aire como el fuelle de un acordeón.
Finalmente, el puma corta de un hachazo la quietud abriendo grande sus fauces y largando desde el fondo de su estómago un rugido que suena a algo así:
—Disculpe, señor, pero está en territorios que no le pertenecen. Le voy a pedir por favor que se retire.
—Lo siento, mucho, don Puma, no me di cuenta. La concentración en mi quehacer me hizo perder la orientación en mi trayectoria.
¡Viera usted la bravura del puma serrano! ¡Viera usted la audacia del hombre chuncano! ¡Viera a estos dos valientes cómo encorvan sus torsos en una ligera reverencia y continúan con sus respectivos caminos después de tan feroz contienda! ¡Qué privilegio poder presenciar un acto de tal magnificencia!
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