Ensayo tras ensayo, pérdida tras error, subsiste la vastedad de cada gota que conforma la hendidura. Se despliega en silente movimiento de la hoja tras cada papel desgastado, en la sentencia tras el lápiz confiscado que no escribe lo que quiero escribir. En el borde, los pájaros entrelazan su canto en el aire.
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Viene en mí una idea. Lo que antes era infancia, hoy se asoma tímidamente cuando, en mi estómago, surgen nerviosos espasmos por haber desobedecido una orden. Como un susurro de memoria en los ojos cansados, solitaria, en la travesía incierta, aguardo. Aún me queda ser testigo impasible del devenir y que alguien me responsabilice del acto cometido.
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Viene de mí una frase: “Por un momento de vida, el mar fue testigo del silencio que habita en la resequedad.”
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Dejo las palabras por lo que soy. En mí y por mí, solo el torbellino quedó en el horizonte. Alzado como un enigma inalcanzable, donde los sueños pernoctan ocultos tras su vuelo. Tras cuestión y memoria, cuestiono lo que define mis pasos al andar y el dolor de mi muñeca.
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Mis palabras son un bosque. Uno adentrado por la mente dibujándose con frondosas montañas y profundo mar. Con el sonido de las cigarras pernoctando en las calles y las siluetas subiendo cada cima.
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Hay un océano hecho de mí: grande, quieto y sonante.
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