Era de esas noches en las que te levantas y sientes el pecho vacío. Mis dedos estaban entumecidos por el clima frío, el que entraba por la ventana, moviendo las cortinas y formando un ambiente sombrío, causando en mi mente recién despierta un averío.
Tal vez estaba soñando otra vez, pues la livianeza llegó después.
Sí, había soñado, y la había vuelto a ver.
Epifanía.
Había escuchado esa palabra antes; la posibilidad no descartes. Probablemente la leí en alguna parte, o la oí en una película, o en mi trabajo como fotógrafo, escuchando a algún artista en la galería describiendo su arte.
Epifanía.
Ese momento en el que te das cuenta o entiendes algo con mucha claridad.
Con esa definición, la palabra pesa en la lengua, pues para mí, la epifanía venía con crueldad.
Crueldad al ver algo que tanto anhelabas y al final darte cuenta de que era un truco de tu mente. Crueldad que sientes cuando lo más bello de este mundo se te escapa como arena entre los dedos, fácilmente.
Cuando después de un rato sientes que la herida escuece.
Cuando simplemente realidad no parece.
Y aún así, así es.
Anoche la soñé.
La cargué entre mis brazos, y a jugar al parque la llevé.
Fui a comer helado con ella, en aquella banca la senté.
Cayó de su bicicleta y fui corriendo a socorrerla, con los dedos sus lágrimas sequé.
En la noche cenamos, y cuando tuvo sueño, su pijama le puse y la acosté.
Un hermoso día, una hermosa vida…
Epifanía. Ese momento en el que te das cuenta o entiendes algo con mucha claridad… Me pesa en la lengua, pues fue entonces que tuve que despertar…
Era de esas noches en las que te levantas y sientes el pecho vacío.
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