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    Parecía una tarde como cualquier otra; a tan solo días de concluir el ciclo lectivo, con treinta y ocho grados de calor y ni una sola nube que suavizara los punzantes rayos de sol que compenetraban los esqueléticos brazos de Matías “El Maty” Somerville, que salía de cursar la materia de Proyecto e Investigación, teniendo que reunir en un lapso de veintiún días una serie de (por lo menos) doce carillas sobre algo que le llamase la atención sobre alguna parte del país.

    No siendo un gran amante de la historia o la cultura popular –apenas aprobaba geografía gracias a maestra particular que le tocó–, prácticamente tenía la mente en blanco. Acabaría asintiendo en que, como el impacto de un meteorito, las tres semanas pasarían mucho antes de que se sentara en el pupitre, le sacase punta al lápiz, y empezase a trazar cursiva.

    Fue como una señal del cielo cuando su prima mayor –a la que no veía desde su último cumpleaños– lo invitó al teatro Lola Membrives a ver una de las últimas obras de Alfredo Alcón, de quien su abuela paterna era amante ferviente. Una vez le contó cómo fue que citó el poema <<A las cinco de la tarde>> de Federico García Lorca: una voz imponente con la que hubiese derribado los erosionados muros del viejo Partenón; una memoria tal que no se guardaba nada ni se omitía un solo verso.

    Detrás suyo, la silueta de lo que parecía un hombre semidesnudo, cuya pasión por la danza la ilustraba en cada paso, cada parte de su cuerpo perdidamente entregado. No recordaba si fue la música o el estrépito de los aplausos al concluir lo que casi lo dejó sin oídos, pero para su gran deleite, cuando volvieron a salir el sol hacia rato se había ido a descansar.

    Se sintió libre de respirar con plenitud.

    De día, Avenida Corrientes no era nada comparado con lo que era de noche. Había más locales para contar que cuando le tocaba sumar o restar con los dedos. En matemática no le dejaban usar calculadora. El arte urbano que infestaba el lugar le hacía sentirse como en una de las novelas de Roald Dalh. Le pidió a Umma que le comprase uno de esos cuadros a base de aerosol multicolor, sin percatarse, siquiera, de que cada dos pasos debían frenar por la interminable fila de transeúntes con destino a ver bailar a Mora Godoy.

    El Metropolitan Sura se encontraba lleno, sin más reservas.

    En lugar de eso, optaron por una grande de muzzarella con ajo y jamón. No recordó momento en que se fue a dormir tan tarde, para despertarse una vez pasadas las dos de la tarde.

    Con la idea para la entrega final.

     

    Ramón Stuart, su amigo de toda la vida, lo invitó una cerveza a la vuelta de su casa, donde siempre había promoción. Casualmente conocía de un veterano, un carpintero de más de cincuenta años de profesión con su propio local en calle Perón. A dos pasos de la mítica Avenida Corrientes. Trabajaba los siete días, rara vez tomaba vacaciones; toda su familia vivió en el mismo lugar que él, con la herencia que le dejaron y lo que ganó, perfectamente pudo haberse ido a otro país, pero por algún motivo en particular decidió no hacerlo.

    Se puso la alarma a las ocho de la mañana, se levantó con ojeras del tamaño de una palta en miniatura, y emprendió viaje a donde Eusebio Camaño Prilidiano Yasso. No conocía de afeitarse, su barba igual de larga que la de San Nicolás; vestía un viejo sweater grisáceo oscuro con líneas entre las mangas, un jean azul claro tapado por la arcilla, y un gorro de lana azul plegable.  

    <<Seguramente es calvo y lo usa para disimular>>, o eso pensó El Maty cuando entró a la tienda haciendo sonar la campanita.

    –¿Te puedo ayudar? –preguntó el anciano mientras terminaba de lijar la cubierta de una pequeña mesa de luz.

    –¿Eusebio Yasso? –preguntó con nerviosismo.

    –Mh-hm.

    Tenía la voz ronca y respiraba de una forma que cualquiera hubiese supuesto que acababa de levantarse del coma etílico.

    Se presentó sin más y explicó el motivo de su visita. Una vez concluyó los últimos detalles se quitó los guantes y dejó los instrumentos de trabajo a un costado.

    Sacó una botellita de plástico de la heladera. Irónicamente era solo agua. Bebió con intensidad hasta que la arrugó con la mano y la arrojó por la ventana.

    Del otro lado, un conteiner de reciclado al que le encestó sin ver.

    –Ya no se enseña como antes, ¿eh?

    Matías se rió para adentro ya que coincidía plenamente.

    –¿Algún tema en particular o…

    –Libre. Pero me interesaría saber sobre sus orígenes. Cómo era este lugar, pongámosle, sesenta años antes. Por donde se acuerde está bien. Todo suma –aclaró con total naturalidad, de modo que sacó su cartuchera y carpeta, se sentó junto a la ventana donde había para anotar y marcó en hoja nueva.

    Jamás había sido de contar buenas historias. Tampoco de los que gozaban recordar. De modo que <<siempre hay primera vez para todo>> –se lo decía su mamá al inicio de cada mañana en su muy remota niñez– se enjuagó la cara en el lavabo (cubierta de arcilla), se apoyó contra el mostrador y empezó a hacer memoria.

     

    La década del ´50 no fue un buen punto de partida para él; mucho no sucedió en aquel entonces, a excepción de cuando el Diablo mismo pareció desatar su ira incontrolable en Plaza de Mayo. Salvo que, en lugar de por abajo, lo hizo por arriba. El día en que los aviones del ejército soltaron sus bombas para derrocar al gobierno peronista. Su tío materno vivió una experiencia similar en Escocia, cuando le tocó enfrentar a la Fuerza Aérea Nazi.

    Arrancaron veinte años antes, a la edad de cinco años cuando le tocó presenciar cómo su hermano mayor recibió un disparo en el pecho durante el golpe de Estado al gobierno de Yrigoyen. Jamás se olvidaría de ello.

    Conocía la historia de su bisabuelo paterno, y de quienes hayan sido sus antecesores. Nunca fue de nombrar por categorías, tampoco perdía el tiempo con eso. Nada más concluyo con <<Pariente del siglo tal>>.

    Su padre Herb, un matemático ruso de ascendencia austrohúngara, como pasatiempo se dedicaba a la genealogía, por lo que le contó la historia de cada uno de sus antepasados; comenzando por su Pariente del Siglo XV, quien presenció la ejecución de Juana de Arco, cuya valentía y audacia lograron la independencia de Francia; pasando por su Pariente del XVIII, sobrino del verdugo que sostuvo la cabeza de María Antonieta, y que significó el final de la monarquía francesa. Su ancestro de la Inglaterra Moderna trabajó para Shakespeare en una de sus obras, incluso, confesó, tuvo como invitada a la Reina Isabel I, quien después lo felicitó.

    Su abuelo paterno huyó de Rusia tras la Revolución Bolchevique, volvió una vez se anunció la muerte de Stalin, más tarde sería torturado por la KGB por haber pasado un tiempo en Estados Unidos, dado que le creían un espía americano.

    –La historia siempre es mejor cuando se cuenta en primera mano. Cuando lees entre líneas lo más lógico es que acabes viviendo la fantasía del otro, que ni siquiera estuvo en el momento en que ocurrió. Pensar no es lo mismo que dar certeza de algo incierto. Que me hayas visto, no quiere decir que haya sucedido. A lo mejor, todo es un productor de tu propia imaginación.

    Y de esa forma, se hizo de noche.

     

    Creyó que caería rendido en su almohada; en lugar de eso se la pasó digiriendo todo cuanto le había contado el viejo. Su profesor se tomó todo el tiempo del mundo para hacer la devolución de su tesis final.

    Aprobó con <<Sobresaliente>>.

    Su ventaja fue la de incluir y conectar más de una época.

    Una vez finalizado el ciclo lectivo, decidió pasar por donde Yasso una vez más para agradecerle; hubiera jurado que, en el camino, se cruzó con más de una silueta estrambótica, y que lo dejó perplejo de una forma que ni el mismo pudo describir.

    Lo que parecía una mujer vestida de blanco con un bulto entre las manos; la de un sujeto mayor cojeando de ambos pies, con la vista gacha y los brazos sueltos, o la figura de una dama casi de su edad pero que, por instantes parecía encenderse en llamas…

    Pero que, así como se presentaban, se volvían a esfumar.

    Más que la acera se creía vagando por las arenas del Mojave, víctima de visiones a causa del delirio del calor y la sed.

    Una vez más en calle Perón, notó que no había carpintería ni vecino con noción alguna de un tal Eusebio Camaño Prilidiano Yasso; tan solo una idea vaga de quien hubiese coincidido con la descripción del Maty, pero que, para su irónica sorpresa, había fallecido por un cáncer hepático debido a su desbocada adicción al tabaco.

    –Hace como quince años –dijo Rosalba, la verdulera que vivía a dos puerta de distancia.

     

    –Cuando lees entre líneas, es muy difícil que te la creas. Si pensás lo mismo, no habrá problema entonces. “Ver” no es lo mismo que “Sostener” o “Creer”. Si no estás de acuerdo, a lo sumo inventarás tu propia versión basándote en aquello que, para vos, sea cierto; y otros, perfectamente coincidirán con tu perspectiva. O no.

    ¿Será que, en el ultimo tramo, nada de lo que ví –o creí ver– resultó ser cierto? Puede que sí, ni siquiera lo sé, jamás podré dar certeza de ello. ¿Será cierto (o no) que, yendo donde Eusebio Yasso –muerto hace rato, pero a quien, supuestamente, entrevisté hace dos días– se presentó ante mí el fantasma de María Antonieta, sosteniendo su cabeza en un brazo, saludando con el otro? ¿El del abuelo Yasso con los dientes amputados, los dos pies torcidos y la columna torcida ya que no sobrevivió a la tortura? Puede que sí, puede que no.

    ¿Será que, en todo este tiempo, estuve hablando con el fantasma de Eusebio Yasso, y no me pude dar cuenta hasta hace dos segundos? No lo sé, honestamente prefiero no averiguarlo.

    Lo cierto, y por más raro, ilógico, o delirante que suene; yo creo, sostengo, y a la vez afirmo, que a partir de la memoria de los que han estado –y seguirán estando de más de una forma–, nos sentimos capaces de inventar un mundo donde lo real y lo irreal van de la mano. Un mundo, donde lo posible y lo imposible carece de sentido. Donde nada es lo que parece, y donde todo puede llegar a ocurrir. Porque todo cuanto uno ha visto, para el resto es producto de la imaginación desmesurada– leyó en su primer día luego de inscribirse a la licenciatura en letras.

    Germán Nonell

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