El verano sucede cargado de hologramas.
El otoño pasado dejó mis huellas seguras,
marcadas entre las hojas.
Ahora, tambaleando, vuelvo a recorrer ese rastro
para saber cuándo me perdí.
Escribo borradores que nunca publico,
destinados a la arena,
deseando que la llegada, nuevamente,
de la estación de las hojas caídas,
me recuerde las sensaciones que solía sentir.
El mismo sol abrazador que calentaba mi cuerpo desnudo,
ahora me enfría e incomoda.
La temporada de lluvia se llevó todo lo que tenía,
y me depositó al mar,
donde trato de encontrar una pista
de las líneas que permití que se cruzaran.
Este clima veraniego, tan inestable,
no me permitió pensar con claridad,
y ahora estoy recogiendo los vidrios
de la ventana que se quebró
mientras observaba la tormenta pasar frente a mí.
Caminé demasiado,
tanto que mis pies sangraron,
y entre el dolor, reconocieron
que en esta transición de estaciones,
al final del recorrido,
no estaba sola,
sino que me acompañaba la figura del fantasma de todo lo que fue.
El viento que desacomoda todos mis ideales,
me susurraba también al oído
la ingenuidad que decidí portar en el trayecto.
Y ahora, mientras me acuesto rendida,
entre el río de sangre cargado de emociones
que recorre los puentes de mi cuerpo,
pienso que cada decepción,
ojalá, espero, deseo,
sea recompensada.
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