Los meses se acercan a mí como amantes, cada uno convencido de que esta vez si me quedaré.
Enero llega primero porque le gusta la ilusión del poder.
Trae frío limpio, calles recién lavadas,
cuerpos que tiemblan de voluntad.
Me muestra gimnasios llenos, agendas nuevas,
gente prometiéndose salvación frente al espejo.
—Aquí todo puede empezar —me dice—.
Pero el hielo solo despierta,
no retiene.
Febrero aparece disfrazado.
Máscaras, besos públicos, risas breves.
Es corto a propósito:
sabe que lo deseado se mide en escasez.
Me ofrece amor comprimido,
corazones exagerados,
un frío que ya quiere volverse piel.
Me acerco…
y ya se está yendo.
Marzo no seduce: irrumpe.
Vientos desobedientes, lluvias torcidas,
brotes que rompen la tierra como si doliera nacer.
La primavera entra empujando.
—Vive —me ordena—,
aunque sangres un poco.
Abril me confunde con belleza inestable.
Un día me cubre de sol,
al siguiente me ahoga en lluvia.
Fe, procesiones, flores abiertas al cielo.
Todo parece prometer algo
y retirarlo después.
Aprendo que la incertidumbre
también puede ser adictiva.
Mayo se exhibe sin miedo.
Explota en color, en perfume, en celebraciones.
Huele a flores, a cuerpos que despiertan.
Me ofrece plenitud,
me pide que me quede donde todo está vivo.
Pero lo abundante
siempre quiere más de lo que puede sostener.
Junio me detiene justo en el centro.
Los días se alargan como si el sol dudara.
Graduaciones, despedidas, umbrales.
No promete fuego ni calma:
solo equilibrio.
Y eso, curiosamente, pesa.
Julio me quema la memoria.
Risas altas, piel al sol,
tiempo suspendido como si fuera eterno.
Vacaciones, excesos, noches que no quieren terminar.
—No hay final —me miente—.
Y yo le creo
porque el fuego convence.
Agosto me sienta a descansar…
hasta el cansancio.
Todo está dorado, maduro, lleno.
Campos, cuerpos, días pesados.
El placer ya no corre:
se espesa.
Aquí entiendo que incluso lo perfecto
agota.
Septiembre cambia el aire sin hacer ruido.
Huele a cuadernos nuevos, a rutina que regresa.
No seduce con promesas:
seduce con sentido.
Ordena lo que quedó vivo
y deja caer lo que ya no.
Octubre hace arte con la pérdida.
Hojas cayendo como declaraciones tardías.
Colores intensos anunciando muerte.
Disfraces, altares, memoria.
Me muestra que el final puede ser hermoso
si se mira de frente.
Noviembre apaga las luces.
Habla en silencio.
Frío, niebla, velas encendidas para lo que no volvió.
No me ofrece nada.
Me obliga a quedarme conmigo.
Y eso es lo más crudo.
Diciembre llega con luces cansadas.
Fiestas que intentan detenerme,
abrazos que quieren cerrar el círculo.
Todos creen que aquí termino.
Que aquí descanso.
Que aquí me quedo.
No saben
que mientras cuentan los segundos,
mientras alzan la copa,
mientras piden deseos…
yo ya me estoy yendo.
Y cuando la última luz se apaga,
cuando el eco del brindis muere,
cuando el frío vuelve a ser limpio…
Enero abre los ojos otra vez.
Yo regreso,
sin memoria,
listo para ser seducido
como si fuera la primera vez.

Aleinad
Soy una escritora en formación, una buscadora de palabras que intentan decir lo que a veces la voz calla. Descubrí en la escritura un refugio.
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