Tres repeticiones del encanto no deberían ser rechazo, che. Que me encantaría igualmente; que me encantaría más adelante; que me encantaría pero... Y quizás lo que encantaba era el rechazo en sí, un gusto particular y paralelo, como aquellos que comen sin recelo del plato ajeno cuando hay sobras. En el borde de lo ilícito y a la vez coqueteando con la bondad, con el pensar y no pensar tanto en el otro a la vez —conjuntamente—.
Prismáticamente se entrelazaba la luz última del atardecer, acaeciendo dorada entre el vidrio de la ventana, aprovechándose también del vidrio de la lámpara, bajando para dormitar en un entramado que poco coincidía. Se disputaban la hoja un rojo carmesí, violento y saturado, con un colorado entibiado a pedacitos blancos. A espacios poco marcados que terminaban resaltando lo suficiente. Dos tipos de tramas que no coincidían, y el mismo lápiz, y los mismos colores, y la misma hoja… y sin embargo no coincidían. Solo un ojo lo suficientemente prodigio podría reconstruir la escena. Un perito del arte, de la consumación humana que se compone de tantas cosas incompatibles. Como alguna vez Sofía había escuchado y canturreado entre su sueño y la baba desbordándose de costado: que ella no solo era ella, sino que era ella y era ella también para mí. Y también era una ella para el vecino y otra para el carnicero, y una más para peinarse frente al espejo. Y sin embargo todas aquellas —un pedacito de trama color caoba suave resaltaba hermosamente prolija— serían todas la misma.
Me acuerdo que esa mañana siguió durmiendo, y que cuando se dispuso a abrir los ojos se encrespó igual a aquel gato de mierda que siempre la acompaña: ¿Y las facturas? —preguntó. Y ni siquiera tuve que repreguntarle para que agregase: —Te pedí que vayas a comprar.
Pero la falta de propuesta. Es decir la contraoferta. Es decir la re-proposición. Siempre había considerado que si uno hoy no puede pero sí mañana debería resaltarlo. Che, hoy no, pero mañana sí. Entonces, ¿qué era esto? Porque si lo políticamente correcto la hubiese convencido de rechazarme, ¿cómo era posible tanto encanto?
De pronto me adueña un impulso absurdo y descuidado, algo incontenible que me recorrió el pecho, un acto tanto criminal como instintivo de tomar el lápiz verde y pintar la mejilla izquierda de su cara sin ninguna explicación.
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