Es como una enfermedad. Me gustaría que tu me invites a dormir todas las noches, pero sólo con una escasa invitación. Sabes de lo que hablo. Eso que haces y todavía no puedo entender bien. Cuando trato de hacerlo no hay guiones, solo lo que aparece. De pronto nada me cubre. Desaparece.
Ausencia. Sin palabras. Cabal. Descontracturado. Muerte y desastre. ¿Deseo?
Me gustaría levantarme al otro día e ir al museo de arte moderno de la manita, como si fuesemos dos personas que no se funden hasta que solo apareces vos y tu reflejo. O así me lo imagino.
Después se me pasa y la ternura me encanta. Te miraría las pupilas, a los ojos en la lejanía. Abrazaría tu alma, destructora y arbitraria. Descubriría que es todo pantalla, que en realidad no tenés nada.
Me levantaría al otro día. Me iría en soledad a pensar en las cosas horribles que hice. Me preguntaría por tus encantamientos. Trataría de analizar todos tus movimientos y te propondría charlar seriamente de todo eso hasta volver a perder la conciencia y desaparecer en ella.
Es una enfermedad. Y aunque no muera con ella. Aquí en el mundo la voy a dejar.
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