Es como una enfermedad. Me gustaría que me invites a dormir todas las noches, pero sólo con una escasa invitación. Sabés lo que hablo. Eso que hacés y todavía no puedo entender bien. Cuando trato de hacerlo me desarma y sin armas. De pronto nada me cubre.
Me cuesta tener gustos en un estado dónde no soy. Simplemente una plastilina, genuinamente lo que vos marques, lo que vos digas.
Me gustaría levantarme al otro día e ir al museo de arte moderno de la manita, como si fuesemos dos personas que no se funden hasta que solo apareces vos y tu reflejo. O así me lo imagino.
Después se me pasa y la ternura me encanta. Te miraría las pupilas, a los ojos en la lejanía. Abrazaría tu alma, destructora y arbitraria. Descubriría que es todo pantalla, que en realidad no tenés nada.
Me levantaría al otro día. Me iría en soledad a pensar en las cosas horribles que hice. Me preguntaría por tus encantamientos. Trataría de analizar todos tus movimientos y te propondría charlar seriamente de todo eso hasta volver a perder la conciencia y desaparecer en ella.
Es una enfermedad. Y aunque no muera con ella. Aquí en el mundo la voy a dejar.
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