Hace días conocí unos ojos que me miran.
A veces veo en ellos una profundidad iluminada; otras, un vacío oscuro y desolado.
Los observo y quiero avanzar, pero en días como hoy siento que no puedo confiar.
¡Ay, ojitos achinados!, ¿qué es lo que intentan decir?
¡Ay, ojitos apagados!, ¿será que la confianza hace tiempo abandonó este lugar?
El puerto en el que parece que te espero se vuelve eterno,
pues cada vez que te acercas… yo retrocedo.
Acércate y mírame,
pero con la precaución de quien ha esperado horas, durante días,
a que esa ave —que sabe que existe, pero no se deja ver—
aparezca por fin.
Revolotea veloz,
y uno, con la torpe rapidez humana de la mirada,
intenta abarcar lo mayor posible,
para que ese instante jamás se borre de la memoria.
Ojitos achinados,
¿qué es lo que guardan que no me atrevo a encontrar?
¿Será eso que ya conozco
y que, como polvo, dejó mi corazón roto?
¿o será la promesa del que habita en lo alto
cuando susurró:
suelta…yo te levanto?
¡Ay, ojitos achinados!
te miro con el entusiasmo de quien baila al son de dos enamorados.
¡Ay, ojitos achinados!,
me recuerdas a aquel
que alguna vez me dejó
con todo ese amor
ardiendo entre las manos.
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