Encierro
Ahí vuelve. Escucho su orbitar alrededor de la casucha, escucho cómo detiene su andar arenoso y veo cómo, una vez más, la puerta tiembla con los primeros tímidos empellones, que van subiendo de intensidad hasta convertirse en furibundos embates que lo estremecen todo. Al rato los embates se detienen, y los pasos se alejan hasta enmudecer.
Salir a caminar un Sábado Santo era ya un mal presagio. A esa hora de la mañana el frío era cósmico y la bruma enflaquecida dejaba entrever la fronda de la húmeda arboleda. Estacioné mi auto en un descanso a la vera de la ruta, lo cerré y me sumergí en la umbrosa y vegetal densidad. El único sonido era el del viento zarandeando las ramas de los árboles más jóvenes. En esa parte del bosque no había senderos, y por eso me guiaba por el sonido cristalino del arroyo que surgía entre los resquicios de la niebla. El sol, colándose entre el follaje, estimulaba mi andar en la semi penumbra. El crepitar de las hojas al paso de mis botas era el único indicio de que el intransigente otoño se había ya apoderado del lugar. Al llegar al arroyo me detuve a contemplar su transparencia con la esperanza de descubrir alguna trucha nadando contracorriente. Fue en ese momento que escuché el correoso tremolar de caverna. Giré pare ver qué era aquello, pero solo vi la imperfecta línea de la arboleda. No alcancé a darme vuelta cuando otro contundente tremolar hizo que los pájaros, en bullaranga, emprendieran el vuelo. Luego otro más, incontenible, majestuoso, hasta que un crepitar de ramas me advirtió que algo se dirigía hacia donde yo me encontraba. Asustado, eché a correr sin dirección, mientras detrás mío un cavernoso y amenazante resoplar se acercaba cada vez más. Corriendo sin tino, embestía las ramas bajas de los arbustos: verdes obstáculos que arañaban mis costados. De pronto me encontré rodando cuesta abajo por una repentina hondonada, perdiendo el sentido del espacio por tantos tumbos dados, hasta que mi rodar se detuvo de manera brusca. Dolorido, me incorporé sin saber dónde estaba. Luego, espabilado comprobé que afortunadamente me encontraba frente a una casucha de obraje con solo una puerta de entrada.
Al oír a lo lejos el horroroso reverbero, solo me bastó empujar un poco la puerta de la casucha para que sus goznes me permitieran entrar, trabar la puerta con su oxidado pasador de hierro, apuntalarla con gruesos maderos, y finalmente ovillarme en la pared opuesta.
De nuevo el incierto bramido, y luego los rasposos pasos orbitando la casucha hasta detenerse frente a la puerta, que comenzó a vibrar con poderosos embates que hacían cimbrar los enclenques maderos de las paredes, hasta que de nuevo se hizo el silencio. La horrorosa sucesión continuó repitiéndose una y otra vez, mientras espantado imaginaba que una criatura feroz y monstruosa era la que pugnaba por desguazarme vivo.
Se produjo un impás que duró no sé cuánto tiempo. Agudizando el oído intentaba adivinar si ese ser desconocido había ya desistido en su intento por atacarme.
Pero no. Otra vez el borboteo cavernoso, otra vez los rasposos pasos alrededor de la casucha, y mi cuerpo paralizado por el miedo. Otro nuevo sacudón a la puerta y luego otro, y otro, y otro más… y yo, por más que lo intento no consigo despertarme… ¡Dios mío!... esta vez no puedo…

Roberto Dario Salica
Roberto Darío Salica Escritor de Córdoba, Argentina. A la fecha, ha publicado cinco libros, uno de cuentos para niños, poemas, relatos de la infancia y de relatos fantásticos.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión