I
Di un portazo y salí, o al menos me hubiera gustado dar un portazo al salir.
Después de varias semanas recopilando información, inclusive ocupando mi tiempo libre para agilizar la entrega, logré diseñar un esquema detallado del nuevo sistema que la empresa ofertaría a uno de los inversores más importantes. Por supuesto que la propuesta fue aceptada, pero yo estaba fuera, fuera del proyecto, fuera del reconocimiento y hasta afuera de la sala de reuniones.
—Así son las cosas, pibe —dijo con voz ronca de tanto fumar, mientras asentaba el peso de su mano en mi hombro.
Alberto era empleado hace 30 años en la empresa, nunca había logrado un ascenso porque era mediocre en su trabajo, desprolijo para vestir y poco amable al hablar. Pero ahora, a costa de mi esfuerzo y usando la ventaja de la antigüedad, se quedó con todo el crédito.
Estiré el brazo para pagar el boleto cuando una luz roja y un sonido agudo interrumpió mi reclamo interno. Saldo insuficiente. Con todo lo que había pasado, olvidé cargar la tarjeta. Aclaré mi garganta y le comuniqué al chofer que pagaría el boleto a la brevedad.
Subí las escaleras para permitir que la puerta cerrara y el colectivo siguiera la marcha, al alzar la cabeza noté las miradas acusadoras de los otros pasajeros. No había asientos vacíos por lo que, haciendo equilibrio para no caer, comencé a escarbar en el bolso en busca de la billetera. No recordaba que viajar en colectivo fuera una actividad de riesgo, pero mantenerme en pie ante las curvas y el freno en las esquinas, demandaban un esfuerzo inexplicablemente excesivo de mi parte.
Cuando por fin encontré la billetera, ya habían pasado tres paradas, la abrí sólo para corroborar que no traía una tarjeta de repuesto, entonces miré el apartado de los billetes, el de menor importe valía dos pasajes. Saqué uno a regañadientes sabiendo que gastaría más de lo necesario, pero pensando en que facilitaría el intercambio.
Analicé el interior de la unidad buscando al pasajero adecuado para la situación y me acerqué a una mujer aproximadamente de mi edad.
—Disculpe, ¿tendría un boleto para pagarme?
Respuesta negativa, ¿se habría enojado por tratarla de usted? Siguiente, un hombre robusto con algunas bolsas en la mano.
—Perdón, ¿podría prestarme la tarjeta para pagar un boleto? Tengo el efectivo.
Se excusó con la clásica frase de “me quedé sin crédito”. ¿Todos subían con un último pasaje? ¿no pensaban volver a sus casas?
Me quedaba sin opciones, había avanzado hasta la mitad del colectivo sin solución a mi problema. El chofer me analizaba desde el retrovisor, los pasajeros miraban al frente como ajenos a lo que estaba pasando, habían dejado atrás toda humanidad, eran autómatas que respondían sólo ante la súplica de quien se acerca para interactuar con ellos.
En un intento de hacer mi oferta más tentadora, saqué otro billete del bolso. Avancé a paso firme hacia el asiento donde estaba otra mujer.
—¿Tiene un boleto para pasarme? —pregunté con una sonrisa, extendiendo el dinero.
Sin respuesta verbal, buscó en su cartera, sacó la tarjeta azul y me la intercambió por los billetes. Operación exitosa.
Tratando de ocultar mi alivio, acomodé el bolso en el hombro y caminé triunfante hasta la máquina. Acerqué la tarjeta, pero inmunes a mi esfuerzo, la luz roja y el sonido volvieron a ponerme en ridículo. Desconcertado, volví a acercar la tarjeta. La pantalla volvió a iluminarse de rojo y la máquina reprodujo el sonido que me pareció dos tonos más agudos. Me quedé inmóvil, esperando una explicación.
—No tiene saldo, pibe —dijo el chofer, reproduciendo la voz ronca de Alberto.
En mi mente repasé todas las veces que había pagado el boleto a otro pasajero, incluso sin recibir el monto correcto en efectivo a cambio, cada buena acción silenciosa, dar el asiento, ubicarme al fondo del colectivo para no entorpecer el paso, moverme hacia adelante cada vez que alguien quisiera pasar. Nunca me había quejado suponiendo que, en caso de necesitarlo, el karma se encargaría de devolver mi solidaridad. ¡A la mierda el karma!
Saqué un cortaplumas del bolso, acerqué la tarjeta al sensor y al instante que la luz roja se encendió, apuñalé la pantalla. Volví a acercar la tarjeta, reapareció la luz roja y volví a apuñalar la máquina. Tarjeta, luz roja, puñal. Tarjeta, rojo, puñal. Mantuve un movimiento sincronizado por lo que me parecieron horas, mi mano se tiñó de rojo, mi visión se volvió roja y en el escarlata de mi desesperación, la recompensa. La máquina marcó una tilde verde y se apagó. Me quedé de pie, suspendido en una paz que nunca había experimentado. Ascendí en cámara lenta por la escalera mientras los otros pasajeros desocupaban asientos para recibirme como un igual.
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