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¿En solo una vida? - Los 40

Jan 27, 2025

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¿En solo una vida? - Los 40
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Solo Sara sabía lo que tenía por delante. Y por detrás. Nadie más había vivido sus penas, sus felicidades, sus angustias y sus miedos. Nadie. Y en cuanto al futuro, ella no podía ver en una bola mágica de cristal lo que le deparaba, pero se imaginaba como podía ser. Una monótona vida. Del trabajo a casa y, si, de casa al trabajo. No es que su labor no la hiciera feliz, es más le encantaba estar rodeada de pequeñas personitas que le recordaban a una ella más joven llena de sueños y emociones nuevas cada día, descubriendo el mundo y la sociedad en la que vivía. Todos sus días le tocaba cuidar 20 páginas casi en blanco. Era y es maestra en una guardería. Sus días estaban llenos de colores, dibujos, amor, inocencia, y caca, mucha caca.

Pero sacando la materia fecal de los chiquilines, era su trabajo soñado. Sin embargo, había decenas, y si digo decenas, también digo un millar de veces en las que se preguntaba:

¿No hay nada más para mí ahí afuera?

¿Cómo puede ser que esto sea todo?

¿Realmente esta es MI vida?

Cada vez que se le cruzaba esta rumiante seguidilla de pensamientos en la cabeza, Sara lloraba, desconsolada, sin saber qué hacer. Su vida parecía perfecta pero era tan vacía y a la vez tan llena como un agujero negro que contiene todo, y nada al mismo tiempo.

No sabía cómo llenarse. Lo intentó con todo. Salidas nocturnas excesivas, teniendo citas casi todos los días, abocándose solo a su trabajo, viajando como mochilera por todo su país, de la Quiaca al Fin del mundo.  Pero nada, seguía sintiendo que le faltaba algo. Tenía un espacio negativo en su pecho que la metía cada vez más en un sin fin de mierda, de la que nada bueno podía surgir. ¿O sí?

Sumatoriamente a la crisis existencial en la que se encontraba, se acercaba su cumpleaños número 40. Clara y Pía, sus amigas de toda la vida, querían organizarle una gran fiesta gran con todos los chiches y chimbolitos posibles. El lugar estaba decidido. Sería en la casa de Sara, la cual había heredado de su abuela, Madanela.

Con ella tuvieron la relación abuela-nieta más linda y amorosa que se puede imaginar. Hacían casi todo juntas y lo que no, se lo contaban en la charla de las meriendas que compartían todos los días. Sobre mate y una variedad de tortas que ni en una panadería encontrarías. Todos los días una distinta. La favorita de Sara era “La golosa”. Era meterse un trozo de cielo en la boca. El paladar te hacía pensar por un momento que a eso sabía la gloria. Una exquisita combinación del más puro amor con una pizca de cocina tradicional.

Sara adoraba a Mada. Era su todo. Pero todo y todos llegamos a nuestro “fin” y la avoa no fue excepción. Una maldita enfermedad se la llevó hacía ya varios años pero a Sara le seguía afectando aunque ella lo negara. Muy adentro de ella sabía que gran parte de su vacío era la ausencia física de Mada.

La casa es enorme con gigantes vitraux por todos lados, del estilo neoclásico-ecléctico. Durante el día no necesitas encender la luz porque siempre entra el sol por los vidrios de diferentes colores, haciendo formas y dibujos extraños sobre las superficies donde se refleja. Cuando tenía alrededor de 5 años, Sara solía quedarse ensimismada por horas mirando cómo se reflejaban los colores en el piso gris de cemento alisado. Recordaba que era una de sus actividades favoritas. Con el tiempo dejó de apreciarlo, pero los colores siempre estuvieron ahí.

La casita marplatense tiene 2 pisos. En el de abajo se encuentra una amplia sala de estar, donde se festejarían los 40 de Sara. Luego, pasando una puerta tan grande que ocupa del suelo al techo está la cocina, una cocina antigua donde las alacenas no tienen puertas ni son un mueble. No, tienen la estructura de cemento y sus “puertas” son cortinas con motivos de maíz o de pastelería que había cosido a mano la misma Mada.

Entre estos dos ambientes está uno de los baños, este tiene dos entradas una desde la cocina y otra desde la sala de estar. Esto había sido un inconveniente durante muchos festejos, así que si se sabía que iba a ir mucha gente se bloqueaba la puerta de la cocina.

Más allá del lugar donde Mada cocinaba sus delicias, encontramos el jardín. Es sencillito. Pasto, dos árboles frutales (limonero y pomelo) y un par de flores. Además de una hermosa mesa de cemento que Mada decoró con pedacitos de cerámica. Como te darás cuenta la Avoa está por toda la casa.

La fiesta sería en el día del cumpleaños de Sara, el 20 de diciembre. Pía se estaba encargando de los invitados y de la logística, de cómo llegaria cada uno. Hasta puso un dress code. Si no estás vestido o vestida de manera que representes a un personaje literario, no entras y, dejame decirte que Pía es muy dura y un tanto exigente, así que si queres pasar te recomiendo que te vistas como mínimo de Sancho panza.

Ellas siempre compraban el mismo libro a la vez, para compartir la experiencia y debatir sobre lo que les gustaba y lo que no. Cada mes una de ellas elegía y se iban rotando. Este mes le había tocado a Clara, fanática y existencialista de los seres “sobrenaturales” y de todo el mundillo esotérico.

Además, Clara estaba encargada de la decoración y las actividades. Se le ocurrió que como habíamos estado leyendo “La bruja Brianna”, libro donde Brianna descubre el tarot en una época cuasi medieval, tener una tarotista en el cumpleaños sería una gran idea.

También agregó una cabina de fotos y un stand de glitter. Cuando digo con de todo, es CON DE TODO.

Se acercaba el día y Sara sin disfraz, no se le ocurría nada. Le pidió consejos a todo ser que se le cruzaba. Hasta a sus alumnos pero “Conejo”, “Tortuguita” o “Peppa pig” no le parecían ideas muy literarias.

Le gustó un poco despreocuparse por la organización. Ya para el 16 de diciembre las clases habrian terminado y tendría 4 días de puro descanso, ahí vería qué disfraz elegir y avanzaría con su lectura. 

Se despertó en su día, sin despertador, alrededor de las 8 a.m. Apenas abrió los ojos sintió el comienzo de la nueva década. Angustia, melancolía, un poco de felicidad también. No iba a negarlo, era lindo estar viva cumpliendo 40. Mientras preparaba el café con el jarrito metalizado como lo hacía Mada, la recordó, se le vino a la cabeza que quizás ella estaba haciendo lo mismo en algún lugar.

De repente, sonó la risa de Pía desde su celular. Saltó del susto y se rió al ver que su amiga había puesto su mismísima risa como ringtone cuando la llamará.

Atendió. 

– ¡Que los cumplas feliz! ¡Que los cumplas feliz! ¡Que los cumplas vieja Sara! ¡Que los cumplas feliz! – cantó Pía al ritmo conocido de la canción de cumpleaños.

– Jajaja. Gracias. ¿Que haces despierta tan temprano?

–Ultimando detalles para hoy a la noche. Ya es el día. Dejá de hacerte la miss misterio y decime de que te vas a disfrazar.

Ups, Sara se había olvidado por completo del tema disfraz como era de esperarse. Además toda la semana anterior había estado alardeando con sus amigas sobre el GRAN disfraz que luciría. Solo para que no le sigan preguntando. La verdad es que no tenía ánimos de vestir algo que no fuera ella. No había vivido 40 años para hacerse pasar por alguien que no era. Pensó en vestirse con un vestido de los suyos normales e inventar algún personaje literario pero eso no funcionaría. No hay libro que ella haya leído, que Clara o Pía no hayan leído. Descartó esa posibilidad al instante en el que apareció por su cabeza.

Mientras disfrutaba de su café en la mesa del jardín, buscaba por la web algún disfraz que le pudieran enviar a su casa, pero todo era muy poco literario y demasiado literal. Soltó el celular. Lo apagó.

Quería conectar con algo, pero no por ondas de señal internistica que no entendía y que le parecían sumamente falsas y caretas. Saludos de personas que no sabía ni quienes eran. Los mensajes de “familiares” que no veía desde que Mada murió. No, no quería nada de eso. Quería conectar. ¿Con ella? Mmm, no. No era tanto con ella, pero lo sentía así. Miró el cielo, con el café calentadole las manos, y respiro profundo. La inundó un desbordante aroma a jazmín blanco y mandarina. Descolocada, salió al encuentro de Mada en la cocina.

Pero claramente ella no estaba ahí. Hace 24 años que no podía abrazarla, ni contarle lo que le pasaba. Decirle cuánto la amaba. Oler su aroma tan peculiar, del que ella estaba tan orgullosa porque según ella “la hacía única” o “la devolvía a su tierra”.

Sara se preguntaba cómo le hubiera hecho entender que ella no podía hacerse única porque lo era. ÚNICA. Como cada pastito verde de su querida A Coruña. Sin saberlo, estaba llorando. Reía y lloraba a la par. Reía al recordar lo gracioso que pronunciaba las palabras su abuela y lloraba porque nunca más la iba a escuchar. Se maldijo por no haberla grabado nunca. Lo bien que le haría escuchar un “Mira mi niña, lo que te prepare” y ver a continuación una Larpeira recién hecha.

Ella no tenía mucha familia. Mada y Helena. La última fue quien quedó a cargo de Sara cuando Mada se fue. Era su tía, la hermana de su mamá cuyo nombre era Sofía e iba a ser una mamá muy joven y con mucho, mucho miedo. Si bien sabía quién era el padre de su hija, no quería que esta lo conociera. Esto le contó Helena a Sara. El facto de no conocer a su padre, no presuponía una gran angustia en ella, ya que a Sofía tampoco la había conocido. Murió en el parto, antes de poder ver a su bebe. Sara fue el nombre que bordó en una de las tantas ropitas que tenía preparadas para ella. Así se decidió que ese sería su nombre. Mada estuvo en profunda tristeza durante muchísimos días, había perdido a su pequeña hija, y a su marido hace no tanto. Helena no soportó tanta carga de duelos y se fue, lejos. Por mucho tiempo ni Mada sabía dónde estaba, pero se comunicaba para hacerle saber que estaba bien. Así Mada “perdió” a toda su familia.

Le quedaba Sara, a quien se dedicó al 100%. Conociéndola cada vez un poco más, se dio cuenta que sentía la misma inmensidad de amor por esa tierna bebita, que por Carlos, a quien ella consideraba su alma xemela.  Su abuela sabía que estaban hechas la una para la otra desde el primer momento en que la vio. Por un mínimo segundo creyó verlo a él en ese ser tan chiquitito pero su religiosidad y su mente no quisieron aceptarlo. Carlos, el abuelo de Sara que ella nunca había conocido. 

Pensó en él mientras recordaba todo lo que sabía de su linaje familiar, plasmándolo en una hoja de papel. Lo describió de pe a pa. Todo lo que recordaba haber escuchado de boca de su avoa o su tía. Argentino, marplatense, risueño siempre, decía su abuela. Gracioso, siempre la hacía reír hasta cuando discutían. Cariñoso, buen padre. Recto pero amigable. Firme pero flexible. Mada siempre lo describió como testarudo, pero Sara sospechaba que la cabeza dura era su abuela en realidad. 

Escribió cómo se conocieron. Él había ido de vacaciones a España. Caminando por una de las calles del centro la vió a lo lejos. Ella iba a paso pesado detrás de su padre, llevando unas cajas que parecían sumamente cargadas. Carlos, caballeroso y enamoradizo, corrió al rescate de los brazos de su doncella. Al verlo correr hacia ella, gritó despavorida. Su padre se interpuso. Carlos, en un intento de justificarse, le dijo que quería ayudar a la muchacha con las cajas pesadas. El padre accedió y le hizo saber que no debía correr así hacia una rapaza. ¡Que eso era de muy mal gusto!

Ambos se rieron ante la acotación de su padre, y eso fue todo. No se necesitó más. Carlos extendió su viaje y decidió establecerse cerca de Mada, para “ganarse” a la familia. Vivieron allí 6 años, se casaron y tuvieron a su primera hija, Helena. Juntos decidieron que viajarían a Argentina para que la familia de él las conociera. Así fue como Mada se enamoró de esta tierra y no quiso volver más al frío de su amado pueblo. No la malinterpreten. No solo se enamoró del lugar, sino que también de cómo Carlos era allí. Siempre había sido increíble en Galicia, pera acá. Puff, brillaba, resplandecía. Por consiguiente la iluminaba a ella también. Todo era luz. Eso anotó Sara en un verborrágico ataque de escritura que no sabía muy bien porque estaba haciendo. Para no olvidar, para que alguien lo lea algún día, porque si quizás. No todo debe tener una razón. 

Desconectó de sus antepasados y puso una playlist que solo ella llamaría actual para bañarse. 5 canciones de Luismi fueron suficientes. Se vistió con uno de sus vestidos. Con flores grandes y chiquitas haciendo de patrón. Largo hasta el piso. Agregó un cinturón para acortarlo un poco y unas sandalias a juego. Agarró su cartera y salió en busca del disfraz.

Primero fue a una tienda súper mega cotillón, pero todo le parecía tan usado como trapo de piso. Fue a otro en el que todo era demasiado erótico.

Caminó sin rumbo, esperando que mágicamente apareciera un disfraz en las vidrieras. Lo vió. No era un disfraz per se, pero funcionaría. Por esta noche, sería Jo March de Mujercitas.

Amaba ese libro. Le fascinaba la idea de ser Jo por una noche. Una mujer apasionada, juvenil, aspirante a escritora, ambiciosa. Llena. 

Podía pretender estar llena por una noche.


Camila rodriguez

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