¿En qué momento se para el ruido?
Sabes, ayer me hice esa pregunta mientras hacía scroll en TikTok.
Deslizaba el dedo, un video tras otro, y el ruido comenzó a pesarme en la cabeza.
Fórmulas para el amor, reglas para ser “valioso”, sentencias disfrazadas de humor, como si todo fuera una verdad absoluta.
Últimamente, todo parece tener una definición externa: el amor, la justicia, la felicidad, el valor, hasta cómo debemos ser o sentir.
Nos venden recetas, caminos ya marcados. Todo parece venir con instrucciones, con juicios incluidos.
Y así, en medio de ese bullicio disfrazado de sabiduría, uno se va alejando de lo que alguna vez sintió como propio.
A veces me pasa que me siento mal con personas que no son las correctas para mí.
Personas que no me dejan ser, que me hacen sentir ridícula o pequeña. Porque donde existe el juicio, no hay nada real.
Hoy agradezco que las amistades que me rodean me permiten ser muy yo: bailar, reír, gritar, emocionarme, ser tierna, enojona… simplemente ser.
Ellos no me juzgan. Al contrario, me acompañan con verdad:
“Blanca, esto no está bien.”
“¿Te lo has cuestionado? ¿Quieres pensar si es lo que quieres hacer?”
Creo que las buenas conexiones son eso. Personas que te aman con honestidad, que te muestran lo que haces bien y lo que puedes mejorar, sin juzgar, sin romperte, sin dejarte sola. Personas que te sostienen, que te celebran, que también te invitan a ser mejor.
Lo vi claro en un picnic con mi amiga Andy: música, plática, el deseo de cantar y bailar juntas.
El tiempo voló, pero la alegría quedó ahí, en el instante. Ese es el tipo de conexión que necesito: libre, honesta, real.
Y algo que de verdad marcó mi corazón fue mi ceremonia holística de cumpleaños, mi retorno solar.
Fue como abrir una caja de Pandora que me mostró muchos secretos sobre la amistad y el amor.
Ese día sentí con claridad cómo las personas correctas estaban. Me sentí escuchada, valorada, amada.
Estoy en total gratitud con quienes compartieron ese día.
Y quienes no estuvieron, quienes ni siquiera enviaron un mensaje, no los culpo. No es que no les importe; simplemente no tenían que estar ahí.
Las cosas se alinean y están quienes deben estar.
Ese día lo entendí: la vida es mágica.
La vida es mágica, la vida es como los espirales: gira, regresa, sigue girando hacia adelante.
La vida es maravillosa y mágica; te lleva donde tienes que estar, donde tienes que aprender, donde sigues evolucionando.
Es eso: una constante evolución.
Y he aprendido que el amor tiene muchas formas.
Hay un amor que siento por alguien, un amor que no es pesado, que no exige, que no se aferra.
Es un amor que dice: “Esto es mío, te lo estoy entregando porque me nace. Si lo aceptas, está bien, y si no, también está bien, porque no tienes la obligación de quererlo.”
Un amor desde la individualidad, sin apego, sin que el deseo se vuelva desesperación.
Un amor que respeta, que ve al otro como es, que lo desea sin convertir ese deseo en carga.
Lo mismo he aprendido con mis padres: entender que también son personas, con sus aciertos y sus errores.
Y al verlo así, todo cobra sentido. Todo me hace sentir más y llegar a una versión más auténtica de mí.
Saber que estoy llena de amor, y que la vida es mágica.
He notado que no solo el mundo nos bombardea con juicios y expectativas.
Nosotros mismos, a veces, caemos en ese juego.
Compartimos versiones de nosotros que no sentimos, solo para encajar o para que el mundo nos apruebe.
He caído en eso y me he preguntado: ¿Esto realmente soy yo o solo lo comparto para no sentirme invisible?
El mundo nos pone etiquetas: “tú eres así”.
Y el día que actuamos distinto, que respondemos desde el dolor, la rabia o el miedo, entonces somos “los malos”.
Pero, ¿qué humano no ha sentido rabia alguna vez? ¿Qué humano no ha actuado mal desde el dolor?
No digo esto para justificar el daño, sino para recordarme —y recordarte— que somos humanos.
Podemos fallar, podemos sentir rabia, tristeza, ternura, confusión.
Y eso no nos convierte en monstruos. El verdadero mal no es equivocarse.
El verdadero mal es no mirar hacia dentro, es negar lo que somos, es no tener el valor de decir:
“Sí, me equivoqué, pero puedo aprender. Sí, sentí eso, pero puedo transformarlo.”
Como nos recordó Buda:
"No creas en nada, no importa dónde lo leas o quién lo haya dicho, a menos que concuerde con tu propia razón y tu propio sentido común."
Y Marco Aurelio:
"La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos."
Epicteto también lo advirtió:
"No son las cosas las que nos perturban, sino nuestras opiniones sobre ellas."
Últimamente, gracias a lecturas como El poder del ahora de Eckhart Tolle, he comprendido que el ruido muchas veces nace de nuestra mente que corre, que huye, que se pierde entre el pasado y el futuro.
"Nada ha sucedido nunca en el pasado; sucedió en el Ahora. Nada sucederá nunca en el futuro; sucederá en el Ahora."
Y añadió:
"Cuanto más te identificas con tu mente, más sufres."
Otra parte que me enseñó tanto de ese libro fue cuando Tolle habla de los animales, las plantas, el río…
Ellos simplemente son. No llevan ese ruido ni ese sufrimiento.
Nosotros, con nuestra conciencia, podemos elegir soltar el ruido y estar presentes.
He aprendido que el amor no es solo pareja ni romance.
El amor es la fuerza que nace dentro, en la conexión con nosotros mismos y con los demás, sin condiciones ni expectativas.
Quizá el ruido es eso: el intento desesperado de huir del presente, de refugiarse en lo que otros dicen, en lo que creemos que deberíamos ser.
El mundo de hoy parece querer más ruido: más juicios rápidos, más burlas, más fórmulas para creer que somos superiores al otro.
Pero lo que el mundo necesita es otra cosa:
Necesita silencio. Necesita presencia.
Necesita ese instante en el que dejamos de imponer nuestras certezas y tenemos el coraje de dudar.
Entonces, la libertad no es repetir voces externas, sino sostener en silencio lo que nuestro corazón sabe.
Hoy, tras alejarme de personas, hábitos y lugares que no me permiten ser, solo deseo una vida lenta y consciente.
Una vida donde pueda contemplar, sin prisas, sin máscaras, sin miedo a ser juzgada.
Entonces, ¿en qué momento se para el ruido?
Quizá en ese instante en que te atreves a detener el dedo que hace scroll.
En el momento en que dejas de correr detrás de verdades prestadas y eliges escuchar la tuya.
El ruido se detiene cuando decides habitar el ahora, cuando comprendes que no necesitas gritar lo que eres: basta con ser.
Porque el mundo no necesita más ruido.
El mundo necesita pausas. Necesita miradas honestas, palabras sentidas, corazones que se atrevan a ser imperfectos.
El mundo necesita más de eso que nace cuando te escuchas, cuando bailas sin miedo, cuando compartes lo que eres sin adornos.
La vida es mágica. Y lo real empieza ahí:
En el instante en que el ruido se calla y, por fin, puedes escucharte.
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Blanca Cruz Gálvez
Hola 🌍 No considero mi escritura un poema, pero me gusta relatar mis sentimientos 🍄
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