¡Basta Mamá! Ya te dije que no pienso devolverle los juguetes a Poli.
Pero Manu, ya te dije mil veces que no podés quedarte con lo que no es tuyo, ella es una niña igual a ti.
¡Corte! ¡Corte! Ya es todo por hoy, felicidades a todos por el gran trabajo que vienen haciendo, buena jornada para todos y que disfruten del fin de semana.
Le agradecí al director Jesús por darme la chance de estar en el equipo de trabajo, tal como hago cada vez que se termina el día de práctica. Él siempre me comenta lo bien que retrato ese papel de niño, como hago sentir a quienes me ven desde las butacas. Tuvimos una charla de un par de minutos intercambiando elogios. Cuando yo ya daba por terminada la conversación, Jesús me estrechó la mano mientras me anunciaba que estaba invitado a la cena de la producción de mañana. Apenas mencionarlo se me pusieron los pelos de punta, fue una mezcla de nervios con ansias, euforia en cucharadas de té. No se que pasará en esa cena, solamente debo concentrarme en mantener la calma y evitar ponerme en personaje, ya fui niño por mucho tiempo, está bien que me queda niñez, solo tengo 15. Así que agarré el conejo que usaba para decorar el cierre de mi mochila y guardé todo.
Son ya 10 años de actuar, el camino de vuelta me lo sé hasta con los ojos cerrados, tampoco era nada muy laborioso, eran tan solo 5 estaciones del Subte D que debía tomar en 9 de Julio, siempre agradezco la creación del subte, nada que me simplifique más la vida. Al entrar en la estación pude emprender mi retorno a casa de inmediato, ¡Que velocidad mamita! No tuve que esperar ni cinco minutos para que llegara. El subir al subte es ver a los actores de la vida. Uno hasta puede inspirarse en ellos para implementar o explotar ciertas facetas actorales, todo tipo de arte, hay quienes tocan instrumentos o cantan con voces angelicales, que irónico, ángeles bajo tierra.
Dado el color del cielo no había mucha gente en el subte, por lo que tomé asiento sin ningún impedimento, es ,tal vez, indispensable para quien se siente agotado tomar asiento en el transporte público, no existe gloria tal, sin embargo esa insípida alegría me bajó de repente. Cuando subió la gente de la estación Callao vi ingresar una pareja de gemelas de no más de seis años, ambas con una cartuchera y estampitas para repartir. Más allá que quienes viajamos estamos acostumbrados a convivir con estas situaciones, no deja de ser llamativo y desgarrador ver chicos que en lugar de jugar, se juegan la vida. Igualmente como ya mencioné desgraciadamente es común, por lo que no quiero caer en la repetición de palabras de lamento. No obstante esos ojos delatan su inocencia consciente, una inocencia tomada como decisión más que como una condición propia de la edad, esos ojos mostraban el deseo de llorar por cosas de niños, porque tiene hambre, pero no porque sufre hambre, porque llueve, pero no porque se está mojando. Y fue entonces cuando una pregunta rompió con mi burbuja. Que lindo es ese conejo ¿Me lo regalas? Casi como un acto reflejo contesté que sí, que si tuviese diez le daría los diez, pero sin algo cortante no iba a lograr quitarlo de mi mochila. Abrí sus cartucheras para encontrarme con billetes de 20 y 50 pesos en lugar de una tijera y, mientras un escalofrío me recorrió entero, la niña me dijo que no pasaba nada, que ojalá nos volvamos a cruzar.
Fue tal vez verlas bajar lo que transformó mi corazón en un mosquitero, pero yo creo que aún más profundos fueron los huecos de saber que tal vez Poli quería sus juguetes de vuelta para sacarlos a pasear y que den una vuelta en el subte.
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