En la oscuridad tibia de la vida donde los suspiros pesan más que los pasos encontré mi verdad. No llegó con gloria ni con redención sino reflejada en la luna como una burla brillante que me obligó a ver lo miserable que fui y lo brillante que tal vez seré. Qué juego tan retorcido, que la luz que guía también sea la misma que se ríe de mi sombra.
Allí se escondía una fotografía. Una imagen gastada pero viva, que me recuerda por qué sigo respirando y por qué sigo sangrando. Esa fotografía no guarda belleza, guarda propósito. Me convirtió en un ser errante, enamorado del vacío, fiel al dolor que le dio sentido a mi avance. Porque sí, sigo adelante no por esperanza sino por costumbre. Por una especie de amor enfermo al peso que llevo.
Aquí confieso lo que arde. Una verdad que quema desde dentro con el sabor romántico de una herida que se deja abierta por placer. Y ahí está el tiempo. No como aliado sino como un amante cruel que acaricia mientras destruye, que abraza mientras arranca. Cada segundo es una caricia disfrazada de puñalada. Y qué dulce es esa traición cuando uno se acostumbra.
Otro presagio me acompaña. Uno que me recuerda que no importa dónde pise ni a quién toque ni qué tan lejos intente huir, lo que hice va conmigo. Lo llevo como perfume, como un disparo sin sangre que suena en cada paso. El pasado pesa como hierro, el futuro flota como humo y yo camino entre ambos sin saber si me elevo o me hundo.
Y sí, repito la pregunta, esa que me muerde en las noches y me acaricia en los amaneceres. ¿Algún día alcanzaré el infinito? Tal vez sí, tal vez cuando deje de huir de lo que soy y me abrace con la misma intensidad con la que uno besa por última vez. Tal vez el infinito no se alcanza, tal vez se recuerda. Tal vez ya estuve ahí y por eso duele tanto no estarlo ahora.
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