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En la cordillera

Erik

Jul 17, 2026

23
En la cordillera
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Tome asiento. No hace falta que prenda la vela; con la luz que entra por el patio alcanza bien. Además, a mis ojos ya no les gusta tanto la claridad.

Usted viene por la historia de las batallas, me lo dijeron. Quiere saber cómo fue Chacabuco, cómo se sintió la carga de caballería en Maipú, el olor a pólvora, el ruido del bronce de los cañones. Todos vienen por lo mismo. Quieren pintar cuadros, escribir libros para las escuelas, ponerle nombres de hombres de a caballo a las calles de Buenos Aires. Pero la gloria es algo que se inventa después, cuando los muertos ya están fríos y los que quedamos vivos ya no tenemos dientes para comer carne dura.

Yo no fui un héroe. Nunca tuve un uniforme limpio ni un sable con mi nombre grabado. Fui uno de los miles que cruzaron a pie, llevando un fusil de chispa que pesaba demasiado y unas ojotas de cuero de vaca que se deshacían con la humedad de la nieve. Fui un número en la lista de la columna del general Las Heras, allá por el verano de 1817. Un peón de campo al que le dijeron que la patria necesitaba soldados, y que terminó metido en el medio de la piedra y el hielo, donde no crece nada, ni la esperanza.

De la campaña se cuenta mucho, pero se calla lo más importante. Se calla porque a los gobiernos no les sirve la verdad para armar desfiles. La verdad es que la cordillera no es solo piedra y nieve. Es otra cosa. Un lugar que no está hecho para los hombres, ni para las mulas, ni para nada que respire.

Los primeros días de marcha desde Mendoza fueron ordinarios. El calor del valle todavía nos seguía de cerca y la mayor preocupación era el polvo que levantaban las mulas, que se metía en los ojos y en la garganta hasta hacernos escupir barro negro. Llevábamos reses para el camino, charqui, cebollas y ajos para combatir el apunamiento. Al principio, el ánimo era el de cualquier grupo de hombres jóvenes que van a la guerra: había bromas, quejas por el rancho y canciones junto al fuego cuando parábamos a descansar en los primeros contrafuertes de la sierra.

Pero a medida que el camino se empinaba, las canciones se fueron apagando. El aire empezó a volverse delgado, como si se gastara. Cada paso costaba el doble. La cordillera se nos vino encima; ya no era una pared azul a lo lejos, sino un laberinto de desfiladeros grises donde el sol solo pegaba un par de horas al día. El resto del tiempo era una sombra helada que calaba los huesos.

El primer indicio de que nos habíamos metido en un territorio equivocado ocurrió un mediodía, un poco más arriba de los tres mil metros. La vanguardia se había detenido por un derrumbe y nuestra sección tuvo que desviarse hacia una terraza de roca muerta para no amontonar los animales. Fue ahí donde tropezamos con los restos.

Al principio creímos que eran costillas de algún animal grande, pero eran maderas. Postes de un pino que no crece en estas provincias, deshechos por el tiempo, astillados hasta parecer agujas grises. Debajo de la nieve mugrienta asomaban jirones de una tela pesada, rígida como el cartón, que se deshacía en hilos negros cuando uno la tocaba. Había hierro también; trozos de metal carcomido por el óxido, y un par de armas largas con llaves de mecha, de esas que usaban los soldados del Rey hacía más de cien años. El cuero de los morrales estaba petrificado, pegado a la piedra como si fuera costra.

Nos acercamos con los fusiles en la mano, esperando encontrar los esqueletos. No había nada. Ni un cráneo, ni un diente, ni un botón de uniforme. La ropa y los pertrechos estaban ahí, enterrados en el hielo, pero los cuerpos no. Era como si esa gente hubiera dejado las cosas acomodadas antes de desaparecer en el aire.

El teniente de nuestra sección se quedó mirando los restos un largo rato. Tenía la cara pálida, los labios azules por el frío, pero los ojos le brillaban de una manera extraña. No ordenó limpiar el lugar, ni quemar los jirones, ni registrar los morrales viejos. Se dio vuelta hacia nosotros, nos miró uno por uno y dijo con una voz que no admitía réplicas:

—Acá no hay nada. El que hable de esto con los hombres de las otras columnas va a ser fusilado por traición antes del amanecer. Den vuelta la cara y marchen.

Seguimos camino sin mirar atrás. Pero el silencio cambió. Ya no era el silencio del cansancio; era el silencio de los que guardan un secreto podrido. La sospecha se metió entre las filas como el frío. ¿Por qué el teniente no se había sorprendido? ¿Acaso los oficiales ya sabían lo que había allá arriba? Empezamos a mirarlos de reojo, preguntándonos qué más nos estaban ocultando.

Ahí fue cuando el soroche empezó a pegarme fuerte en la cabeza. El apunamiento a esa altura no es solo falta de aire; es un veneno que te tuerce los pensamientos. Sentís un zumbido constante en las orejas, como un enjambre de moscas atrapado detrás de los ojos, y el paisaje empieza a perder los bordes. Dejás de dormir. Tenés miedo de cerrar los ojos porque la quietud de la montaña te aplasta, y cuando lográs cabecear unos minutos, te despertás con la sensación de que alguien te está respirando en la nuca.

Esa misma noche perdimos la primera mula. Una bestia vieja y dócil que de golpe se plantó en medio de una olla de piedra. No tiró coces ni rebuznó; solo se estiró, tensando la soga, mirando fijo hacia una de las laderas oscuras que subían hacia las cumbres. El animal temblaba tanto que se le oían castañear los dientes. Cuando quise tocarle el hocico para calmarla, dio un soplido helado y se desplomó de costado. Murió ahí mismo, en unos segundos, sin una herida. El veterinario de la columna dijo a la mañana siguiente que había sido el frío o la fatiga del corazón, pero yo le vi los ojos a esa mula antes de caer. No estaba cansada. Estaba muerta de espanto por algo que vio allá arriba, donde nosotros solo veíamos piedra negra y estrellas.

Al día siguiente aparecieron las huellas.

Íbamos por un sendero estrecho, un desfiladero que apenas permitía el paso de a un hombre por vez. En un tramo donde la nieve de la noche anterior todavía estaba blanda, vimos unas pisadas. No eran de bota militar, ni de ojota, ni de herradura. Eran marcas profundas, espaciadas a una distancia que ningún hombre vivo podría cubrir de un paso a otro, y subían por la ladera vertical de hielo como si la gravedad no existiera. Iban de abajo hacia arriba, cruzando nuestro sendero, y se perdían en las cumbres altas. Eran marcas de pies desnudos. Largos, pesados, con los dedos abiertos como si buscaran aferrarse a la roca.

El murmullo corrió rápido por la columna. El miedo en la cordillera te vuelve egoísta, pero también te vuelve paranoico. Ya nadie quería ir en la retaguardia. Los soldados se empujaban sutilmente para quedar en el medio de la fila, bien cubiertos por los cuerpos de los demás. En los descansos ya no se compartía el tabaco ni se hablaba de las familias que habían quedado en el llano. Nos mirábamos a las manos, calculando las fuerzas del compañero, sospechando de cualquiera que se alejara diez varas para hacer sus necesidades. Algunos decían que era un castigo divino por meternos en tierras indias; otros juraban que entre nosotros había un traidor que nos estaba guiando hacia una emboscada de algo que no era humano. Un muchacho de San Luis intentó escapar esa tarde, desandando el camino hacia el valle. El sargento no mandó a nadie a buscarlo. Sabía que la montaña se iba a encargar de él antes de que caminara una legua.

—Dios no sube tan alto, entrerriano —me dijo esa noche el correntino Tiburcio Maidana, mientras nos apretábamos dentro de la tienda—. Acá arriba rigen otras leyes. Leyes viejas.

Maidana tenía los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño. Pasaba las horas de descanso limpiando su fusil una y otra vez, hasta sacarle brillo al metal, aunque sabía que la pólvora se humedecía con la escarcha.

Esa noche le tocó la guardia del segundo turno. El viento había parado de golpe; una quietud absoluta, repentina, que me erizó la piel. Desde afuera de la lona se escuchaba algo. No era el viento. Era un sonido sordo, rítmico, como de pasos sobre la nieve congelada. Un paso... y luego un silencio largo. Otro paso... y otro silencio. Un andar lento, pesado, deliberado. Como si alguien estuviera buscando algo entre las tiendas.

Sentí un olor que se metió por las rendijas de la lona: un olor a humedad antigua, a cueva cerrada que no ha visto el sol en siglos, un vaho dulce y empalagoso, como el de las flores que se pudren en los cementerios en verano. Quise levantarme, quise gritarle a Maidana, pero el soroche y el frío me tenían amarrado al jergón. La cabeza me daba vueltas; ya no sabía si lo que escuchaba afuera era real o si eran las alucinaciones de la altura que me estaban quebrando la cordura.

A la mañana siguiente, Maidana ya no estaba.

Encontramos su fusil apoyado contra una roca, a un kilómetro del campamento. El arma estaba limpia, con la bayoneta calada y clavada en el hielo para mantenerla erguida. Al lado de la culata, las botas de cuero de Maidana estaban perfectamente acomodadas, una junto a la otra, apuntando hacia el abismo. Sus calcetines de lana estaban doblados dentro de las botas, prolijos. Las huellas de sus pies descalzos continuaban unas diez varas más allá, hasta el borde mismo de un precipicio de quinientos metros de caída libre. No había marcas de lucha. Llegaban al borde, se detenían juntas, una al lado de la otra, y ahí terminaban.

El oficial anotó "deserción" en su libreta, sin levantar la vista. Tenía los dedos tan entumecidos que apenas podía sostener el lápiz. Cuando un cabo intentó decirle que las botas estaban ahí, el teniente lo cortó con una mirada que nos heló la sangre. Todos comprendimos en ese instante que los jefes no iban a parar por nadie. Si la mitad de la columna desaparecía en los desfiladeros, el resto seguiría marchando porque detenerse significaba el fracaso de la campaña. Éramos carne para la montaña, un tributo que los oficiales pagaban en silencio para poder llegar a Chile.

La desconfianza se volvió una locura. Nadie quería hacer la guardia solo. Hubo hombres que se encadenaron a las cajas de municiones para que no los obligaran a salir de las tiendas por la noche. Yo empecé a escuchar voces en el zumbido del viento. Voces que decían mi nombre, mezcladas con el crujido de la nieve. No dormía. Pasaba las noches en vela, con el cuchillo en la mano, desconfiando de mis propios compañeros, pensando que en cualquier momento uno de ellos se iba a levantar para abrir la lona desde adentro.

Dos días después, en una zona llamada El Portezuelo, la tormenta nos obligó a refugiarnos en unas cuevas naturales que se abrían en la base de un macizo de granito. Éramos unos veinte hombres amontonados en la penumbra.

A eso de la medianoche, se escuchó una voz. Venía del fondo, de las galerías estrechas que se hundían en las entrañas de la montaña, donde la luz nunca había llegado. Era una voz suave, plana, desprovista de eco. Llamaba por su nombre a uno de los soldados que dormía cerca de mí, un muchacho de San Juan llamado Ceferino.

—Ceferino... vení. Traé el agua.

La voz era idéntica a la de su hermano, que se había quedado en Mendoza trabajando en las viñas. El muchacho se incorporó como un sonámbulo, con los ojos entornados, fijos en la oscuridad del fondo de la cueva.

—¿Andrés? —susurró.

Lo agarré del poncho con las pocas fuerzas que me quedaban. Tenía las manos ensangrentadas de tanto arañar la piedra para mantenerme despierto.

—No vayas —le dije al oído, con un hilo de voz—. Tu hermano está en el valle. No está acá.

Pero Ceferino me miró con unos ojos vacíos, nublados por el soroche o por algo peor. Se soltó de mi agarre con una fuerza que no era la de un hombre debilitado por la marcha. Se levantó y empezó a caminar hacia la oscuridad. Los otros soldados se removieron en sus mantas, pero nadie se movió. El miedo nos había vaciado la hombría.

Encendí una pequeña rama resinosa para ver por dónde iba. La luz de la llama vaciló en la penumbra, proyectando sombras deformes contra las paredes de la caverna. Llegué hasta la boca de la galería estrecha por donde Ceferino se había metido. Alumbré hacia el fondo.

Ceferino ya no estaba. Pero en el suelo de piedra, cubierto por una fina capa de polvo de granito, vi las marcas. Las marcas de sus botas yendo hacia la oscuridad. Y de frente a él, viniendo desde el fondo de la roca, avanzaban las otras marcas: los pies desnudos, pesados, que se encontraban con las de él. Vi dónde las pisadas de las botas daban la vuelta, despacio, y empezaban a caminar en la misma dirección que los pies descalzos, una al lado de la otra, internándose en la negrura absoluta del cerro. De la galería volvió a salir ese maldito vaho tibio, estancado, con olor a flores muertas.

Al día siguiente nadie hizo preguntas. El sargento ordenó cargar las mulas y reanudar la marcha antes de que aclarara. El general San Martín estaba tres días adelante con la vanguardia, y la orden era clara: debíamos encontrarnos en las planicies de Chile antes del diez de febrero. El destino de la revolución dependía de que esa masa de hombres y hierro cruzara a tiempo. Un par de reclutas perdidos en la inmensidad no eran nada en el mapa de un continente.

El último hecho ocurrió el día antes de empezar el descenso, en el punto más alto del camino.

El viento blanco nos había atrapado en una meseta desolada. No se veía a dos metros. Avanzábamos unidos por cuerdas para no perdernos en la niebla de hielo. En medio de la tormenta, la soga se tensó y la columna se detuvo.

A través del velo blanco de la nieve, a unas cincuenta varas, se recortaban varias siluetas sobre los promontorios de piedra que flanqueaban el sendero. Eran cinco o seis figuras. Estaban paradas, inmóviles, rígidas bajo un viento que a nosotros casi nos tiraba al suelo.

El teniente ordenó hacer fuego. Tres soldados apuntaron sus fusiles como pudieron y dispararon. El estallido de la pólvora sonó apagado por la nieve. Las figuras no reaccionaron. No se agacharon, no buscaron cobertura. Siguieron allí, de pie.

En un segundo en que la ventisca pareció amainar, abrí los ojos todo lo que el frío me permitió. Entre la niebla de hielo, juraría haber reconocido la inclinación de cabeza de Ceferino en una de las siluetas. Otra de las figuras, un poco más atrás, tenía la postura caída, los hombros vencidos de la misma forma que Tiburcio Maidana. Pero estaban cubiertas por una costra de hielo tan gruesa que parecían parte de la misma roca, estatuas grises mezcladas con jirones de telas viejas que el viento rasgaba sin moverlas. No nos cortaban el paso. Solo estaban ahí, alineadas, mirando hacia la columna con las cuencas vacías.

Dimos una vuelta de casi dos horas por un sendero peligroso, al borde de un abismo, para esquivarlas. Perdimos mulas y perdimos un cañón de montaña, pero nadie protestó por el rodeo. Nadie quería pasar cerca de ese promontorio. Cuando por fin rodeamos la roca y volvimos al camino principal, miré hacia atrás por encima del hombro. Ya no había nadie. Pero en el suelo, donde las siluetas habían estado paradas, la nieve se había derretido en círculos perfectos, dejando al descubierto la piedra negra de la cumbre.

Al día siguiente empezamos a bajar. El aire se volvió pesado, el pasto volvió a aparecer entre las rocas y el cielo recuperó el color azul. Encontramos la vanguardia, nos unimos a las otras columnas y pocos días después estábamos peleando en Chacabuco.

Allí vi hombres morir destrozados por la metralla, vi la sangre correr por la tierra seca de Chile. Vi el horror que los hombres se hacen unos a otros en nombre de la libertad. Pero nada de eso me dio el miedo que sentí en la cordillera. En la batalla sabés de dónde viene la bala. Sabés quién es el enemigo. Podés pelear, podés correr, podés rendirte. En la montaña no hay a quién dispararle. No hay de quién huir.

Sobreviví a la guerra. Volví a mi provincia años después. Me casé, tuve hijos, trabajé la tierra. Todos los años, cuando llega el verano, la gente de acá mira hacia el oeste y ve la cordillera azul, hermosa, recortada contra el cielo de la tarde. Hablan del general, de la hazaña, de la patria que nació en esas cumbres.

Yo también miro la montaña. Pero no veo la gloria.

Usted me pidió un relato de las batallas, algo que sirva para los libros de historia. Yo solo puedo darle la imagen que tengo clavada detrás de los ojos desde hace cincuenta años, la que me desvela cuando el viento sopla desde la sierra. Pienso en Maidana, en Ceferino y en los hombres de las expediciones antiguas que se quedaron allá arriba, estáticos en la roca viva, con los pies descalzos enterrados en el hielo eterno, esperando que pase el próximo ejército.

Eso es lo que esconden esas cumbres, mi amigo. Algunas victorias de la historia se pagaron con un tributo que nunca se animaron a escribir en los partes de guerra. Turno por turno, la montaña se va cobrando la guardia. Y yo sé, por el frío que me sube desde las piernas cada vez que refresca, que mi relevo está por llegar.

 

Erik

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