—Se avecinan tempestades, che —dijo de pronto el señor que manejaba el colectivo, que me miraba de reojo a ver si encontraba algún cómplice. Hice una pequeña mueca, no agregué comentario alguno. «Lloverán mil días, hasta que regreses vos», sonaba Tan Biónica en la radio reverberando en el fondo del 60, que saltaba en cada loma de burro, que se frenaba únicamente en las paradas donde bajaban los pocos que llevaba a bordo. «Qué condena una lluvia tan larga», pensé. E instantáneamente mi mente se puso en blanco, brotaron incompetentes recuerdos. Una mañana fría de otoño en una placita de Martínez, era mi cumpleaños número dieciséis. Un señor se había puesto con un carro justo en el centro, comenzó a preparar algunos pochoclos y algunas manzanas con caramelo; no habrá tardado menos de veinte minutos. Al terminar el proceso, comenzó a colocarlas prolijamente en el puesto, sacó un libro, Los premios de Cortázar, y se sentó por detrás a leer. Solo llegaba a divisar su pequeña y casi calva cabeza.
Una frenada imprevista me devolvió de pronto al colectivo. —Qué temazo —dijo el chofer. Y ahora que lo pienso, él mismo había hablado de las tempestades justo antes de pensar en la canción. La complicidad, pensé, me reí por dentro. Miré por la ventana, volví a fijarme la hora y apoyé mi cabeza contra la ventana donde me fui durmiendo.
Nadie compró una manzana, no hubo ni un solo cliente; me terminé acordando entre dormida que aquellas manzanas se las había dado casi todas a un perro. Un poco de pena me acarició el alma, pero no tenía ni medio peso para comprar. De tanto en tanto el viejo me había cruzado alguna que otra mirada, había levantado la mano como un saludo apenas llegó. Habían pasado dos horas, el sol se escondía. Comencé a guardar algunas cosas del mate que había llevado cuando de pronto me dijo en voz alta: —Está bueno éste, trata de un grupo de personas de Buenos Aires que se ganan un viaje en crucero en la lotería. Y por algún motivo no pueden ir a la parte de atrás del barco, popa se le dice, ni tampoco les dan explicaciones de por qué. Antes de contestarle miré instintivamente mi celular, no había recibido ni una notificación en todo el día. Lo guardé con algo de angustia en mi bolsillo. —¿Cómo se llama? —le contesté al viejo. —Los premios. Los premios —lo dijo dos veces, la segunda algo más fuerte.
Después de decirle que iba a buscar dónde conseguirlo y despedirme, el viejo volvió a hablarme. —Tomá, llevátelo —dijo y me alcanzó el libro sonriendo orgullosamente. —Gracias —le contesté sorprendida. Me quedé mirando unos instantes cómo el viejo guardaba todas sus cosas después de no haber conseguido ni una mísera venta. Me senté en el otro extremo de la plaza a espiarlo, a esperar a que se vaya para ver qué es lo que hacía. Cerró su carro. Lo ató a su bicicleta, tiró algunos pochoclos a las palomas aunque poco convencido de si estas lo irían o no a comer. Luego se fue y la plaza se hundió en ausencia, en silencio; se volvió una escena de alguna película apocalíptica y deshabitada. Miré el libro, lo acaricié. —Feliz cumpleaños —murmuré para mí misma.
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