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A veces digo tu nombre en voz baja
como si fuera una contraseña antigua
capaz de abrir una puerta
que ya no existe.

 

Eme.

 

Lo digo como quien prueba la temperatura del agua
antes de sumergirse otra vez en el mismo río.

 

No sé en qué momento empezaste a habitarme así.
No fue el día que te conocí,
ni el día que te vi reír con esa manera tuya
de inclinar un poco la cabeza
como si la felicidad te diera vértigo.

 

Fue después.

 

Siempre es después.

 

Después de las miradas que duran medio segundo más de lo necesario.
Después de los silencios que dicen demasiado.
Después de esa forma tuya de aparecer en mis pensamientos
como si alguien hubiera encendido una lámpara
en una casa abandonada.

 

Eme,
hay nombres que uno pronuncia
y el mundo sigue igual.

 

El tuyo no.

 

El tuyo deja una grieta en el aire.

 

No sé si lo sabes,
pero hay días en los que camino por la ciudad
y todo me recuerda a ti.

 

No porque estés en todas partes.

 

Sino porque desde que llegaste
todo empezó a parecerse un poco a tus ojos.

 

El cielo cuando amenaza lluvia.
Los árboles cuando el viento los despeina.
La luz amarilla que cae sobre las mesas
en los cafés de la tarde.

 

A veces pienso que exagero.

 

Luego recuerdo la forma en que me miraste aquella vez
como si hubieras descubierto
un secreto
que ni yo mismo sabía que tenía.

 

Y entonces lo entiendo.

 

No exagero.

 

Simplemente me pasó algo.

 

La verdad es que antes de ti
yo ya sabía de pérdidas.

 

Uno aprende.

 

Aprende a cerrar puertas.
A no escribir mensajes.
A mirar hacia otro lado cuando la memoria insiste.

 

Aprende a vivir con ciertas habitaciones del corazón clausuradas.

 

Pero luego llegas tú
con tu risa imperfecta
y tu manera de desordenar el mundo
como si el universo fuera un cajón lleno de papeles viejos.

 

Y sin darte cuenta
empiezas a abrir ventanas
donde yo había levantado muros.

 

Eso es lo que hiciste.

 

Abriste ventanas.

 

Eme,
hay algo en ti que me recuerda a las cosas que no se pueden explicar.

 

Como el mar cuando se oscurece al atardecer.
Como los poemas que uno entiende sin entenderlos.
Como esas canciones que duelen
aunque no hablen de nosotros.

 

Hay algo en ti
que parece venir de otro lugar.

 

De otro tiempo.

 

De esa parte del universo
donde todavía existen las casualidades que no son casualidades.

 

A veces me pregunto
si tú sabes el efecto que produces.

 

Si sabes que cuando te acercas
algo en mí se reorganiza
como si las piezas de un rompecabezas
recordaran de pronto
la forma que tenían antes de romperse.

 

Si sabes
que hay momentos en los que tu voz
atraviesa mis pensamientos
como una línea de luz
en una habitación oscura.

 

Si sabes
que tu nombre tiene el extraño poder
de convertir el caos en algo habitable.

 

Pero también hay algo más.

 

Porque contigo no todo es belleza.

 

También hay miedo.

 

Ese miedo antiguo
que aparece cuando algo importa demasiado.

 

El miedo de saber
que hay personas que pueden cambiar la gravedad de tu mundo
sin siquiera proponérselo.

 

El miedo de descubrir
que alguien puede convertirse en hogar
antes de que uno tenga tiempo de decidir
si quiere volver a vivir ahí.

 

Eme,
si te soy completamente honesto
hay noches en las que pienso en todo esto
y me río de mí mismo.

 

Porque a estas alturas de la vida
uno debería saber cómo funcionan las cosas.

 

Debería.

 

Pero el corazón
no entiende de experiencia.

 

No entiende de lógica.

 

No entiende de los manuales de supervivencia
que uno escribe después de cada naufragio.

 

El corazón ve unos ojos
y decide incendiar el bosque.

 

A veces imagino el futuro
como quien mira un mapa borroso.

 

No sé si vas a quedarte siempre
o sólo el tiempo suficiente
para cambiar algo dentro de mí.

 

No sé si serás una historia larga
o uno de esos relámpagos
que iluminan el cielo durante un segundo
y luego desaparecen.

 

No lo sé.

 

Pero hay algo que sí sé.

 

Que desde que apareciste
el mundo tiene otra temperatura.

 

Hay días en los que quisiera decirte todo esto.

 

Decirte que tu forma de caminar
tiene algo de música lenta.

 

Que cuando sonríes
el tiempo se vuelve un poco más generoso.

 

Que tu cabello alborotado
parece una metáfora del viento.

 

Que tus ojos
—tus ojos—
tienen esa profundidad extraña
de los lugares donde uno podría perderse
sin arrepentirse.

 

Pero no lo digo.

 

Porque hay verdades
que cuando se pronuncian demasiado pronto
se rompen.

 

Así que guardo silencio.

 

Y mientras tanto
te observo existir.

 

Te observo hablar
mover las manos
reírte de cosas pequeñas
mirar el mundo como si todavía creyera en él.

 

Y pienso
que tal vez el amor empieza así.

 

No con promesas.

 

Sino con atención.

 

Eme,
si algún día lees esto
quiero que sepas algo.

 

No escribí estas palabras
para atraparte.

 

Ni para convencerte.

 

Ni siquiera para entender lo que me pasa.

 

Las escribí
porque tu nombre empezó a crecer dentro de mí
como una semilla extraña
y necesitaba darle espacio.

 

A veces los sentimientos son así.

 

No caben en el pecho.

 

Se desbordan hacia la tinta.

 

Tal vez un día
todo esto sea sólo un recuerdo.

 

Una página doblada
en el libro de mi vida.

 

Tal vez dentro de muchos años
pronuncie tu nombre otra vez
y sonría
como quien recuerda una estación del año
que fue breve
pero luminosa.

 

O tal vez no.

 

Tal vez sigas aquí
cuando el tiempo haga su trabajo lento
y el mundo cambie de piel varias veces.

 

Lo único que puedo decir ahora
con absoluta certeza
es esto:

 

Que en algún punto del universo
entre todas las probabilidades absurdas
entre todas las calles posibles
entre todos los días que pudieron no coincidir

 

apareciste tú.

 

Eme.

 

Y desde entonces
hay algo en mi manera de mirar el mundo
que ya no volvió a ser el mismo.

Luis Cortina

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