Misterio 3: El Umbral
La grieta en el suelo emitía un tenue resplandor rojo que parecía pulsar al ritmo de los latidos de sus corazones. Ninguno de ellos se atrevió a acercarse, como si la mera proximidad a aquella cicatriz en la tierra pudiera consumirlos, tragarlos de una vez. El aire estaba impregnado con un frío antinatural, un peso que aplastaba sus pulmones y hacía que respirar fuera cada vez más difícil.
"¿Qué... qué es esto?" Rora susurró, su voz temblando. Nadie respondía, todos atrapados en la misma visión aterradora, el eco de sus pensamientos ahogándose en la atmósfera cargada de desesperación.
El suelo parecía estar vivo, como si algo estuviera despertando de un largo sueño en su interior. Los símbolos en las paredes comenzaban a brillar con más fuerza, iluminando el sótano con una luz enferma que llenaba los rincones con sombras retorcidas. Las figuras que antes se habían movido en las esquinas de la cabaña ahora parecían estar aquí, dentro de esta casa, observándolos con ojos invisibles.
Twilight fue el primero en moverse. Con una determinación casi suicida, se adelantó, sus pasos resonando en la madera podrida del suelo. “Tenemos que hacerlo. No podemos quedarnos aquí esperando que nos destruyan.”
Oliver lo miró, su rostro pálido y lleno de terror. "¡Estás loco! Eso es lo que buscamos evitar, ¿recuerdas? No podemos regresar, no podemos enfrentarnos a lo que sea que esté en ese lugar."
Pero Twilight ya no lo escuchaba. Avanzaba hacia el centro de la habitación, hacia la grieta en el suelo, su cuerpo rígido, como si hubiera tomado una decisión irrevocable. Rora, Gena y Oliver se quedaron atrás, paralizados por el miedo, observando cómo él llegaba hasta el borde de la abertura.
La voz resonó nuevamente, más fuerte, más clara, esta vez mezclada con una risa gutural, un sonido que heló sus venas. “Bienvenidos… al fin.”
El eco de esas palabras se deshizo en la oscuridad, y un estremecimiento recorrió la cabaña, como si la tierra misma estuviera respirando, despertando con una hambre insaciable. Twilight miró al interior de la grieta, su rostro iluminado por la luz rojiza que emanaba desde las entrañas del suelo.
"Esto... esto no es posible," dijo, su voz llena de incredulidad, mientras extendía la mano, como si tratara de tocar algo intangible, algo que no estaba destinado a ser tocado.
De repente, el suelo comenzó a temblar, y los símbolos en las paredes brillaron con una intensidad cegadora. La grieta en el suelo se expandió, su tamaño aumentando en un parpadeo, como si algo estuviera presionando desde el otro lado, tratando de liberarse.
"¡Twilight, retrocede!" Gena gritó, pero fue demasiado tarde. La luz roja se volvió cegadora, y la grieta explotó con un rugido ensordecedor. En un parpadeo, el sótano entero se sumió en la oscuridad total.
Un grito atravesó el aire, pero no fue de ninguno de ellos.
Algo se había desatado.
El peso del silencio, esa presencia que los había estado acechando, se volvió insoportable. En la oscuridad, las sombras comenzaron a moverse, creciendo y transformándose, como si estuvieran vivas. Los murmullos en sus cabezas se intensificaron, desbordándose en una cacofonía de voces indistinguibles, todas hablándoles a la vez, en un idioma que no comprendían.
Rora, Gena, Oliver y Twilight se miraron, el miedo reflejado en sus ojos. No podían ver nada, pero podían sentirlo. Podían sentirlo acercándose.
"¡Tenemos que salir de aquí!" gritó Rora, pero sus palabras quedaron atrapadas en su garganta cuando algo las silenció.
Un susurro, cercano, muy cercano, resonó en sus mentes. “No pueden escapar. Están… en mi territorio.”
El aire se volvió denso, como si alguien hubiera colocado una manta de plomo sobre ellos, aplastándolos lentamente. Cada respiración les dolía, y el terror se colaba en sus huesos. Las sombras a su alrededor se alargaban y se contraían, cambiando de forma, a veces pareciendo figuras humanas, otras criaturas monstruosas, siempre con los ojos fijos en ellos, siempre acechando, siempre esperando.
"¿Qué quieren de nosotros?" murmuró Gena, sus ojos brillando con lágrimas que no caían. “¿Por qué no nos dejan en paz?”
"No lo sé," dijo Oliver, temblando. “Pero… algo nos está controlando. Nos está usando.”
En ese momento, una figura apareció frente a ellos. Aunque las sombras y la oscuridad lo envolvían, la presencia era inconfundible. No tenía forma clara, solo una masa de oscuridad palpitante, pero sus ojos brillaban como brasas incandescentes, penetrando el alma de cada uno de los jóvenes con una fuerza aterradora.
“¿Qué… qué es esto?” Rora susurró, su voz rota, como si la realidad misma estuviera desmoronándose a su alrededor.
La figura no respondió, solo observaba, como si deliberara sobre ellos. Y entonces, sin previo aviso, la sombra extendió una mano hacia Twilight. La proximidad de esa mano hizo que el aire se volviera aún más denso, aún más insostenible. La mano de Twilight comenzó a moverse hacia adelante, como si algo lo estuviera forzando.
"¡No!" gritó Gena, corriendo hacia él, pero al instante una ráfaga de energía oscura la detuvo en seco, empujándola hacia atrás con fuerza, lanzándola contra la pared.
Un grito de dolor escapó de sus labios, pero no había tiempo para lamentaciones. La sombra continuó avanzando hacia Twilight, sus ojos brillando con una maldad palpable. La fuerza de la sombra era tal que parecía consumir la luz misma a su alrededor.
"¡Deja de hacer esto!" gritó Twilight, pero su voz ya no era suya. Era como si algo más lo estuviera controlando, como si su voluntad fuera opacada por la sombra que lo envolvía.
De repente, la figura habló, su voz un susurro en sus mentes, una mezcla de cientos de voces.
"Han sellado su destino. Ahora, nada los liberará."
La luz roja que emanaba del suelo comenzó a cambiar, tornándose más profunda, más oscura. Las paredes de la cabaña crujieron y se agrietaron. El suelo, que parecía sólido, ahora se hundía, como si la casa estuviera a punto de tragarse todo lo que tocaba.
"¡Tenemos que salir de aquí, ya!" gritó Rora, pero las palabras no llegaron a tiempo.
Porque en ese momento, la sombra se deshizo en el aire, y con ella, una ola de desesperación los envolvió. Sabían que lo que habían desatado en el sótano no podía ser detenido.
Y lo peor de todo: no podían regresar.
Lo que liberaron esa noche los había marcado para siempre.

diario de una letanía
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