He devenido el centro de una espesura irrespirable. La noche me coloniza la piel en cuanto bajo los párpados, frotando su textura yerma contra mí, negándome cualquier alivio. La quietud es imposible. Solo queda ese algo que acecha, un rumor de raíces creciendo bajo el suelo de mi conciencia, filtrándose por las fisuras con una persistencia que no sé acallar.
Hay una plaga respirándome al oído con una cadencia vulgar y aliento de savia rancia. Sus mentiras profundizan en el tórax como garfios de hiedra, desmenuzándome de adentro hacia afuera como si mi carne fuese mantillo incapaz de cohesión. Tú, en cambio, exhalas la atmósfera de un cielo alto. Pero el cielo es una cúpula que jamás desciende a abrazar ni consuela. Solo persiste la urgencia de la fuga: sacudirme esta bruma densa que me vence los hombros y diluirme, ingrávida como espuma, bajo una marea que lave la prueba de que alguna vez estuve aquí. Eres la calma que se me prohibió, el brote que no sobrevivió, pero el vacío ostenta una arquitectura más tangible que tu voz. Te distingo a lo lejos, inalcanzable como el reflejo de un astro en aguas estancadas.
Aunque tu cercanía escuece, mi pecho se cierra porque es incapaz de luchar contra su propia inercia. Que quede constancia de esto: no hay injerto posible entre tu luz y mi sombra. El amor se asfixia en este abismo. Aquí, donde el dolor anegó el suelo y las olas dispersaron lo que fui, no tengo nada que ofrecerte salvo la honestidad de mi vacío.
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