Me preguntaron cómo te describiría si tuviera que hacerlo, y yo, desmedidamente apagado por la añoranza, te comparé con un vicio; quizá así nombrarte habiéndonos usted dejado suene a medida de autocuidado, y no a un levante de cáscarita que solo sigo haciendo para mostrar que todavía me dolés.
El primer cigarrillo que fumé se impregnó en mi cuerpo empezando por mis labios tal y como vos lo hiciste. Se sintió como tratar de empezar a tocar una melodía de la que solo habías escuchado hablar mediante otras bocas. Pensé que sabía cómo se sentía el amor porque todos decían que es la cosa más hermosa en el mundo, así que intenté recrearla. La regresión fue siempre la misma, el ritual, siempre compartido. No perdía ansiedad por fumar, ganaba tranquilidad por hacerlo en compañía.
Hasta que el último beso se sintió diferente. El proceso era el mismo, el comienzo, los pensamientos, los espacios, la persona, todo podía ser y era igual. Pero de alguna manera todo había cambiado al mismo tiempo. Ya no sentía que estaba tratando de jugar más, sentía que el amor estaba corriendo por dentro de mí. Era llenador, cercano, genuino, fuerte. No había dudas, ni paradas para pensar si lo estaba haciendo bien o mal esta vez. Fluía sin esfuerzo como si una fuerza mayor me hubiese poseído, algo más fuerte que mis intenciones. Hasta que me consumió, y no estaba más jugando a amar, estaba existiendo.
Pero el tiempo cobró sus intereses, y cuando me consumí en devoción, nos eclipsamos; y ahora estoy acá, con la cordura lúcida más inútil que pensé que podría llegar a tener.
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