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El último onboarding

Jan 13, 2026

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La oficina no era el lugar frío que uno imagina cuando piensa en el final. Al contrario. Había un color que no venía de las lámparas, sino de los cafecitos de los viernes, de las risas compartidas en secreto en Slack, de seguirnos mutuamente con otros en un archivo de Figma e intentar hablarnos en esa efímera burbuja que admite pocos caracteres; y de esa red de complicidad que nos hacía sentir, por un momento, que estábamos fundando algo más que una actualización de una app.

Yo era el writer de esa experiencia, el que siempre había soñado; mi rol era cuidar las palabras, buscar el tono justo para que el otro se sintiera guiado, contenido. Me pasé meses intentando diseñar humanidad en cada término, convencido de que los vínculos que tejíamos en esas mesas eran tan sólidos como el código que los sostenía.

Pero el sistema no tiene amigos, ni memoria, ni ojos para el color.

El final fue un silencio seco, un corte de edición en medio de una escena que todavía estaba llena de luz. Alguien, lejos de los chistes internos y de las historias de ronquidos o tatuajes, decidió que mi nombre, y el de cientos de otros, ya no cuadraban en un balance. De pronto, la interfaz que yo mismo había ayudado a humanizar se volvió una pared de piedra.

El momento del despojo es una ceremonia muda. Salí de la oficina con la mochila colgada y una sensación de liviandad que lastima. Estaba vacía de pertenencias, pero llena de una ausencia que ya pesaba toneladas. Caminé hacia el molinete, hacia esa máquina que tantas veces me había saludado con el visto bueno de la luz verde, y sentí el frío del rechazo. El sensor no me reconoció. Mi tarjeta, mi rostro, mi identidad digital... todo había sido revocado en un clic. En un segundo pasé de ser el que ponía las palabras a ser alguien que ya no tiene permiso para hablar desde adentro.

Es una náusea extraña. Ver a través del vidrio el color que sigue vivo en el equipo, imaginar las reuniones, u observar el brillo de las pantallas donde todavía quedan mis textos, mientras yo estoy del otro lado, expulsado por un algoritmo que no sabe de lealtades.

Me fui con la mochila ligera y el alma cargada de estática. Me borraron de la planilla, me negaron el acceso y me convirtieron en un fantasma antes de que pudiera decir adiós.

Salí con el pesar de la ironía de haber entregado el contenido de un onboarding, aunque para mí todo comenzaba a terminar.

El sistema se queda con la eficiencia; yo me quedo con la pena de haber descubierto que, para el monstruo, incluso un buen escritor no es más que un proceso que se puede finalizar.

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