En su momento, la pregunta cabal era: «¿en qué momento se jodió el Perú?». Me parece que ya es hora de establecer un parteaguas y empezar a preguntarnos: ¿en qué momento dejará de estarlo? Alan García, a inicios de los dos mil, decía que el Palacio de Gobierno era, a duras penas, un hotel de dos estrellas: alcantarillado viejo y un ambiente frígido que hacía juego con el cielo de Lima; un entorno insípido como el propio limeño —esto último es una observación a título propio—. Bueno, ahora tenemos un Palacio más carnavalesco (y no es coincidencia su semejanza homófona con cabaretesco): redes de prostitución, señoritas entrevistadas en el despacho presidencial y viejos verdes que no ven la bandera alzada desde su juramentación. Quiero pensar que aquello era el piloto para algún proyecto de ley sobre la regulación de la prostitución, porque esas señoritas estaban hasta en planilla. Qué diría el viejo... no lo sé; es difícil recordar su voz.
Somos unos cojudos. Cuánta razón tenía Marco Aurelio: los peruanos somos «cojudógenos»; suscitamos cojudez y el Perú se enfiebra con nuestra cojudogenia. Golpes de Estado sin fuerzas armadas, escapes de Palacio con bolsas de rafia, cirugías estéticas, Rolex y, ahora, el presidente de la república y sus encerronas. Qué vergüenza. Ya para qué hablar de la corrupción, eso es pan de cada día; pero no recuerdo la última vez que sentí tanto bochorno. Rufianes cojudos.
Qué problema; hasta para renegar necesito inspiración. Lástima que la bodeguita donde compraba mis unidades de Marlboro rojo se encuentre en recesión. Ya no pueden conseguírmelos; dicen que es el cigarro que menos sale. Carajo, creí que era justo que, por cada bocanada que acorta mi vida, ellos ganaran unas cuantas monedas más, pero parece que ni para eso valgo tanto. Me rehúso fervientemente a consumir esos cigarros saborizados; qué asco. «Lo siento, joven», me dice la dependiente con una tristeza en el rostro, como si este cielo deprimiera a todo el que repose bajo su denso gris... o tal vez solo siente pena por este mísero adicto.
Bueno, será Hamilton, como en los viejos tiempos, cuando fumar era un goce y no una conducta. ¿Qué estará haciendo ella? ¿Pensará en mí? Creo que no debí proponerle aquello; fui un canalla, capaz de destruirla antes de que su amor me destruyera a mí. Ya no me miras con la admiración de antes; marcas tu indiferencia, sonríes mirando a cualquier lado menos al que te recita. Me abrazas, dices que con cariño, pero yo siento tu pena, tu lástima. ¿En qué momento me jodí yo? Este país nos jode a todos. Cómo dueles, Perú; cómo dueles, mi niña. «Deja de pensar cojudeces, angelito». No me gusta que me digan angelito; ya no soy el niño al que le pedían: «angelito, pásame mi agenda», «angelito, fíjate el carro», «angelito, ayúdame a enviar un correo». Caramba, ese era mi viejo: el varón más inteligente y respetable que conocí. Un semblante de sentimientos encriptados, parco, gran amigo, ingeniero excepcional, padre ejemplar... pero mal esposo. No había cosa que no supiera mi viejo; cualquiera que lo viera no imaginaría que no sabía mandar un correo. Tu ausencia es palpable, viejito; tú sabrías qué decirle a este angelito.
Los tics en mi párpado izquierdo son intensos. Me destruyo las encías con las uñas y las costras de mis heridas frescas se desprenden, renuentes a sanar. El tabaco amarillea mis dientes y me pudre la lengua. Soy un cojudo más al pensar que podrías volver a querer a alguien así. Prometo no volver a tocar el tema; me duele decírtelo pero, caballero nomás, qué me queda. Al menos nos despedimos con un beso. ¿Por los recuerdos añejos, quizás? Tal vez, por un instante, recordaste cómo nuestros labios se sincronizaban perfectamente en esa coreografía tan caótica y apasionada. O quizás solo fue lástima.
Te digo adiós, mi niña; me respondiste con un dulce «bye».
4:11 p. m. Me llega un mensaje: «¿Qué me responderías si te dijera para vernos de nuevo?».
4:12 p. m. El Congreso censura al presidente de la república.
Angel Gabriel
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