el último límite
Dec 26, 2025
Me precipito en el abismo que sembraste en mi pecho,
caigo, sin defensa,
hacia un vacío oscuro,
abrazada por el pánico.
Creo haber escapado,
que el martirio ha cesado,
pero el ciclo retoma su marcha, inevitable
y tu sombra regresa a invadirme.
Intento clausurar las puertas
que conducen a tu nombre,
pero un susurro en mi cabeza me recuerda
que, hace tiempo, en mi inocencia,
te confié la llave,
sin presentir que sería arrastrada
al rincón más sombrío
de la soledad y la angustia,
víctima de aquella versión ingenua de mí
que osó protegerte
y perdonarte.
Hoy decidís abandonarme, una vez más,
como si nada,
con la frialdad de quien nunca se detuvo
a mirar el daño.
Asegurás haber cumplido con tu parte.
No lo comprendo.
Reclamás disculpas
como si fueras el herido,
y yo, rota,
te las concedo.
Creyendo suavizar el mármol de tu pecho,
me ilusiono con un pequeño destello de ternura,
pero sólo recibo caricias frías,
manos cargadas de rencor,
de rabia,
y apenas un eco olvidado de amor.
Duele.
Como dolió la primera vez
que me dejaste sin aire,
cuando tu cercanía
se volvió tormenta.
Y aun así seguiste.
Cuando ya no quedaba nada
que pudiera dolerme más,
encontraste la forma.
No lo sabías —yo tampoco—,
pero tu violencia nunca fue ciega:
siempre supo
cómo destruir.
Ese día
me arrancaste algo
que ni siquiera me pertenecía sólo a mí.
Lo poco de vida,
de pureza,
de inocencia
que aún quedaba en mi cuerpo
me lo robaste en un segundo.
Me obligaste
a descubrir el amor más inmenso
que podía sentir
en el mismo instante
en que lo perdí,
cuando entendí que algo había existido en mí
el tiempo suficiente
como para doler
para siempre.
No fue un error.
No fue un accidente:
fue el último límite
que cruzaste.
Ahí entendí
que no buscabas herirme,
sino vaciarme.
Que no te alcanzaba
con romperme el cuerpo,
ni la fe,
ni el amor:
necesitabas borrar
hasta lo que todavía
no era mío.
Y lo hiciste.
Una vez más
me dejás vacía.
Me dejás a mí,
con lo poco que me queda.
Y yo junto los restos,
los junto mal,
los acomodo como puedo.
Me convenzo
de que esta vez no te voy a pensar,
de que esta vez no te voy a llorar.
Pero siempre volvés.
Siempre sabés cuándo entrar,
cómo hacerme tuya,
aunque ya no quiero serlo.
Me prometo una y mil veces no recaer,
pero tu regreso
tiene el sabor amargo de la costumbre,
y yo me hundo otra vez,
sabiendo el final,
pero ignorando
mis propios gritos.
Y así vivo:
con la herida abierta,
esperando que algún día
seas vos
el que ya no vuelva.
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