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El trinar de los (malditos) mirlos

Oct 23, 2024

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El trinar de los (malditos) mirlos
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Estaba en el hospital. “Parálisis facial debido al estrés”. Eso dijo el médico. Debía entregar un borrador para lo que sería mi segundo libro y padecía de lo que algunos llaman bloqueo de escritor. Tanta había sido la presión que terminé en la guardia con la mitad de la cara adormecida y caída. No podía abrir mi ojo izquierdo ni mover la boca del mismo lado. Parecía una anestesia mal colocada de efecto prolongado.

-          Tenés que descansar Bruna.

-          Sha lo shé, Cata –dije con dificultad, babeando y escupiendo la “T”.

-          Señorita –se apresentó el médico de guardia- le recomiendo un largo y tranquilo descanso. Si sigue así puede sufrir algo peor. El cuerpo avisa. Hágale caso.

-          Shi doshtor –dije y mi hermana contuvo la risa.

Cuando salimos de ahí, mi hermana me llevó a su casa para ayudarme con los cuidados. Aún me dolía mucho la cabeza y sinceramente no quería quedarme sola (aunque eso significase oír sus sermones).

Estaba agotada, adolorida y solo quería dormir. Sin casi hablarnos, nos despedimos y me recosté en la habitación chiquita del departamento –donde Cata tiene las cosas que menos usa y un futón- tomé la medicación y en minutos me dormí.

Al día siguiente, desperté bajo la atenta mirada de Niebla, la gata blanca de mi hermana. La parte izquierda de mi cara seguía sin obedecer las órdenes de mi cerebro y mi ojo izquierdo continuaba rebelde a cualquier mandato mío. Me desperecé luego de un sueño profundo y reparador. Encontré unas pantuflas de “Frutillita” al costado del futón y caminé hacia la cocina para encontrarme con el café recién hecho y tostadas.

¡Dios! La casa de Cata era hermosa por la mañana. El sol entraba por casi todas las ventanas, sus plantas le daban vida a cada rincón, Niebla hacía sonar el cascabel de su cuello al ritmo de su cola larga y peluda.

Ahí estaba ella, sentada a la mesa de fórmica blanca, con la taza de café a un costado de la notebook y sus lentes que le llegaban casi a la punta de la nariz porque se le resbalaban. La panera con tostadas recién hechas, el frasco de mermelada y el plato con manteca… me recordó a mi infancia en casa. Hay cosas que no cambian.

-          Buen día cara de vela –me dijo burlándose.

-          Hola Canaleti –respondí haciendo referencia al periodista que siempre llevaba los lentes en la punta de la nariz.

-          ¡Bashida! –contestó burlándose de mí e imitando al periodista.

-          Cashate tadada –mi lengua se unió a la rebelión de mis partes inconexas.

-          Encontré algo que te puede ayudar a curarte y descansar. Además creo que te va a gustar.

-          ¿Qué cosha?

-          Es una cabaña en Santa Rosa de Calamuchita. En las afueras. Ideal para lo que necesitas. Pasa un arroyo cerca y tiene una hermosa vista de las sierras.

-          No she. En eshta época hashe musho calod.

-          Tiene aire acondicionado tarada y WiFi. Vas a poder escribir y mandar lo que tengas o simplemente dormí todo el día. La idea es que te sientas mejor. Llevate alguno de los libros que te regalé y nunca leíste.

-          Bueno, eshtá bien –respondí mientras trataba de tomar el café con una bombilla para el mate. Ella mordió una tostada con aire de suficiencia.

-          Te vas en cuanto te recuperes de la cara de vela derretida –dijo con la boca llena de pan tostado, mermelada y manteca.

-          ¡Qué grashiosha! –intenté sonar enojada, pero mi mala pronunciación llevó a Cata a un ataque de risa. Inevitablemente, me reí también.

 

 

El aire de las sierras se colaba en mis pulmones. Olía a tierra mojada, a flores silvestres y a limpio. Inhalé profundo varias veces al llegar y sonreí sin motivo.

Había llovido la noche anterior y aún quedaba un poco de barro. Pero no me importó, hacía tanto calor que supuse que se secaría pronto. Al entrar en la cabaña encendí el aire para refrescar el ambiente y comer algo, ya era mediodía. Después, dormí una larga siesta.

Por la tarde, el sol no estaba tan alto pero el aire seguía siendo cálido. Debajo de la galería, había una hamaca paraguaya, así que recostada ahí me quedé leyendo la mayoría de las tardes. Cuando el sol bajaba lo suficiente, los pájaros se hacían oír con sus trinos. Había una pareja de mirlos que habían robado el nido de un hornero muy cerca y su cantar era tan fantástico que me quedaba absorta oyéndolos. A veces les dejaba semillas o frutas cortadas cerca de la cabaña para que se alimentaran y así oírlos más de cerca. Se habían convertido en mis pájaros favoritos. Lo más hermoso era despertar con su canto por las mañanas.

Los días pasaron y la parálisis había sido solo un mal recuerdo. Me sentía descansada y con energía plena, así que era momento de poner manos a la obra. El cielo vaticinaba una tormenta pronto, entonces decidí escribir en la mesa de la cocina y no en la galería. Los truenos eran cada vez más fuertes y el viento comenzaba a arreciar con fuerza. Solo mantuve la calma y me preparé un vaso con limonada. Desde chica le tengo miedo a las tormentas y esa se estaba poniendo fea. Así que respiré profundo y me concentré en dejar atrás el bloqueo que me tenía paralizada hacía meses.

El agua comenzó a caer a raudales y el viento silbaba por las rendijas de las ventanas cerradas. Yo seguía tratando de mantener la calma en mi sexto día en la casa en medio de la nada.

De pronto una explosión se escuchó a lo lejos y la luz me abandonó a mi suerte. En plena oscuridad, busqué velas o una lámpara a pilas con la luz de mi celular. Encontré las primeras en un cajón de la cocina. Encendí un par y la luz tenue me envolvió cálida haciéndome respirar con un poco de tranquilidad. Sentía cómo el terror vagaba por mis venas y comencé a extrañar mi casa, mi cama y el ruido del camión de la basura compactando las bolsas justo en la ventana de mi pieza cada noche.

Esa noche no pude dormir. Además del apagón, un ratón se había metido por algún lado debido a la lluvia inclemente y lo había visto correr por el piso de la cocina. Pensé en por qué no había traído conmigo a Niebla. Había conciliado el sueño casi entrada la madrugada, cuando la lluvia se había calmado y el viento también. Entonces los mirlos comenzaron a cantar como cada día de sol como si nada hubiese pasado y dije “ahora noooo” cansada y con sueño.

El día era soleado y muy caluroso. Además de húmedo y pegajoso. La luz era inexistente y por la radio del celular escuché que había explotado un transformador debido a la caída de un rayo antes de que éste se quedara sin batería. La ropa se me pegaba al cuerpo, estaba cubierta de transpiración y no corría una sola brisa fresca. Me sentía agobiada y más cansada que antes. No podía pensar con claridad.

Los mirlos seguían con su serenata al despertar y al anochecer como si nada y yo, que ya ni me soportaba, deseaba estar en medio del tráfico, tomando agua fresca, escuchando cumbia villera en mi auto y diciendo que no con el dedo al tipo que limpiaba parabrisas en la esquina. Cualquier cosa era mejor que estar ahí sin luz, sin celular y con 40° de térmica en medio de la nada misma. Y los estúpidos mirlos que no se callaban nunca.

El calor no daba tregua. Ya no existía un solo lugar fresco en toda la cabaña y la luz brillaba por su ausencia. Para calmar mi agobio, caminé hasta el arroyo y me refresqué un poco. Pero la lluvia había removido mucho sedimento y al final terminé llena de tierra y del pelo mejor ni hablar.

Habían pasado nueve días (y los últimos tres habían sido completamente a oscuras) y me quedaban varios más de estadía. Pero ya no la estaba pasando bien en absoluto. Había llegado a arrojarles a los mirlos el tronco de la manzana que me había comido para hacerlos callar. Estaba harta. No tenía nada fresco para tomar. El hielo que traía del pueblo se derretía antes de llegar a la casa y para colmo había demora para arreglar lo que el rayo había quemado y se pronosticaba lluvia otra vez.

Sin más remedio, busqué la valija y comencé a llenarla con lo que había llevado de ropa. Ya tenía todo sucio porque no había podido lavarla siquiera. Solo lo pequeño a mano. Me sentía peor que antes pero sin parálisis. Quería irme de ahí y volver al aire contaminado de la ciudad. Comer una hamburguesa en medio de la avenida principal y escuchar los bocinazos del tránsito. Quería irme a dormir con el zumbido en mi oído por haber estado bajo demasiado ruido durante todo el día. Quería mi cama, mi patio de cemento y las masetas sin plantas. Quería los sermones de Cata.

Cargué todo en el auto y salí de ahí. Dejé atrás la calma, las tormentas y los mirlos de mierda cantando en la ventana. Después de todo ¿qué tan grave es un poco de la cara dormida? Si todavía tengo la otra mitad sana.

Camila Foresi

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