El mundo es un escenario dividido por una línea invisible pero implacable: de un lado, los puros; del otro, los condenads. Tras navegar entre recuerdos y ordenar el caos de mis sentimientos, he comprendido la monótona crueldad de nuestra existencia. No se nos juzga por el acto, sino por el pedestal —o el foso— desde el cual lo cometemos.
La sentencia de esta realidad se dicta en una sola sentencia:
"La incredulidad del mundo es tan vasta, que la equivocación del pudiente se celebra como chiste, mientras que el tropiezo del desvalido se firma como condena."
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