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El Sueño de posesión: Misoginia y Fantasías de Violación

Santiago

Nov 26, 2025

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El Sueño de posesión: Misoginia y Fantasías de Violación
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Como María había bebido mucho esa noche, decidió pedirle a Miguel, su pareja, que la acompañara a dormir. Se despidió de sus amigos y, entre las visiones que provoca el licor, cayó dormida sin notar que Miguel se levantó más tarde para entrar al cuarto donde descansaba Valentina.

Valentina, con la voluntad disminuida por la borrachera, apenas podía oponerse o comprender que el novio de su amiga la estaba agrediendo. Con sus últimas fuerzas intentó apartarlo, pero él, abyecto, se negó a detenerse.

Valentina fue violada mientras dormía.

Esa fue la escena que me narró María, llorando meses después. Mi ser quedó suspendido entre el horror y el desconcierto.

¿Cómo es posible que el deseo de un hombre se encienda ante una mujer dormida y borracha? ¿De dónde surge este impulso perverso de penetrar un cuerpo que yace inmóvil?

¿No es acaso la subjetividad, el sentimiento, la presencia de la mujer lo que convoca al encuentro?

Pero esta escena se repite una y otra vez: hombres usando los cuerpos de las mujeres como si fueran cosas.

Las drogamos, las sometemos, las violentamos con una creatividad y una frialdad dignas de la guerra.

Somos maestros de la tortura: máquinas capaces de excitarnos ante imágenes de dominio y sometimiento.

Somos hijos de la historia, productos de relaciones donde el conflicto armado —y luego la guerra organizada— entregó a los hombres el control de la naturaleza, los recursos, las mujeres y otros hombres.

Este primer paso hacia el patriarcado ocurrió cuando las poblaciones de cazadores-recolectores crecieron hasta tener que defender y atacar.

En ese momento se sembró el primer sentimiento de posesión.

Solo defiendo aquello que considero mío, aquello por lo que matar y morir me concede un derecho sagrado. Sin embargo, cuando vagábamos por la tierra, nada nos pertenecía.

Por eso pelear por un riachuelo o un árbol frutal era absurdo: siempre había más comida, más agua, tierra más allá del horizonte.

Pero la presión y la escasez volvieron valiosos los recursos de la pequeña pelota terrestre. Valiosos al punto de matar por ellos.

Así, la competencia y la supervivencia transformaron la relación entre hombres y mujeres. La mujer empezó a verse como otra propiedad; su estatus quedó subordinado al del varón, convertido en el eje de la guerra.

La situación se profundizó con la agricultura, el abandono del nomadismo y la aparición de la propiedad privada y la acumulación.

Este primer sentimiento de ser dueños —nacido en los guerreros, refinado en la economía agraria— se incrustó finalmente en la conciencia masculina.

Desde entonces, la idea de poseer se volvió un modo de ser, un lente para mirar los cuerpos de las mujeres; un lente que permite hacer con lo poseído lo que se desee, incluso destruirlo.

Poseer algo implica anular su derecho a autodeterminarse.

Sin embargo, la mujer representó un problema singular. A diferencia de la tierra, los animales o la naturaleza —que no se oponen al dominio—, la mujer, incluso sometida a los peores vejámenes, conserva su subjetividad.

Podían obligarlas a todo, menos a estar de acuerdo o, menos aún, a amar.

Esa rebeldía casi ontológica generó la misoginia.

Es la contradicción más profunda de nuestra sociedad: se odia la agencia de la mujer, pero se desea su cuerpo; se rechaza su libertad y, al mismo tiempo, se codicia su piel.

Solo la operación de la posesión —que elimina la subjetividad— permite al hombre actuar como la más salvaje bestia.

Y es este fetichismo de la propiedad, esta doctrina cultural inscrita en lo que somos, lo que hace deseable a una mujer que no se opone: borracha, dormida, drogada.

Su subjetividad es un estorbo para la conciencia masculina; quizá sea este mismo impulso de posesión —en su forma más degenerada— el que deriva en el abuso de adolescentes e infantes: cuerpos que no pueden resistir, fácilmente manipulables, convertidos en propiedad perfecta. Ese mismo impulso reaparece en la imaginería arquetípica del androide sexual en la ciencia ficción: una máquina diseñada con el único objetivo de satisfacer y que imita las voluptuosidades del cuerpo femenino.

En todo caso, para el hombre, en un nivel profundo de su conciencia, el mundo está habitado por objetos; por ello es un mundo vacío, sin alma.

En consecuencia, en un mundo sin alma, la soledad es el síntoma primordial, porque los vínculos requieren reconocer la libertad del otro.

Incluso la otredad de la naturaleza, como hacen los Warao en el Amazonas, que contraen matrimonio con árboles.

Violar es imposible si se ve en la otra persona un mundo de alegrías, sufrimientos, deseos y luchas. Solo el amor —el acto de ver su humanidad— puede rescatarnos del vacío de la monstruosidad.

Santiago

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