Su cuerpo la guiaba; sus pasos eran automáticos, escapaba de la fatiga de un día de trabajo en el hospital. Solía sentarse en la azotea para recibir la brisa nocturna.
La ciudad que nunca dormía lucía igual de agotada. La noche se percibía pesada, arrastrándose por cada rincón de las calles en busca de algún sitio para descansar. Parecía que también había trabajado tanto como ella.
El silencio era extraño; por eso lo apreciaba tanto. Desde la altura miraba el horizonte: los problemas y el caos no podían alcanzarla allí arriba.
Se recostó sobre el suelo tibio y cerró los ojos, escuchando el sonido de la nada. El cansancio es como el mar; primero golpea fuerte y luego se retira despacio.
Nyx conocía muy bien el sonido de la nada; era suavecito, un ritmo lento y constante, sin color. Así que escuchó cuando la nada se transformó en él.
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