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Sábado. Pasadas las cuatro y media de la tarde. Es la hora en la que el sol se posiciona entre el vacío de la timidez arbórea de los pocos árboles circundantes al barrio y se filtra a través de mi ventanal teñido de esa pátina de polvo que nunca tengo tiempo o ganas de sacar.

Estoy acostado con mi Familiar felino que ronronea mientras el sol nos acaricia. Pocos momentos tengo de tregua con la fotofobia pero este parece ser uno de ellos: cuando me acuesto con la mirada a 312 grados noroeste, Febo produce ese efecto invernadero en mi habitación y cae de lleno en mis ojos marrones. Como un clavadista que se lanza hacia un cenote de melaza. En momentos como este, no me molesta su luz. Au contraire, se siente como un abrazo cálido que relaja el ceño fruncido y la mirada de vaquero que llevo pintada siempre en mi semblante. Metáfora de mí realidad mediada, tal vez.

Mientras el silencio de la tarde me obliga a escuchar mi propio corazón y el silbido de mis pulmones cada vez que respiro, pienso en las deidades que rigen mi panteón interno. Melancolía. Soledad. Añoranza. Nostalgia. Les rezo constantemente pero no me escuchan. Vivo deseando un amor que no existe, una muerte que no llega y extrañando una vida que no tengo, no tuve ni tendré. Como quien carga una llave que no es suya ni sabe a qué puerta pertenece. El único arraigo que tengo es esta cama y la terquedad de mi espíritu que se niega a desprenderse de mí.

La única paz que conozco es el sueño. Amo dormir porque es como un test drive de la desuscripción de la vida pero sin provocarle dolor a nadie. Como una flecha sin punta. Justo cuando estoy a punto de dormirme, me despierta el broncoespasmo como una patada al diafragma, un terremoto que sacude mi cuerpo igual que un desfibrilador que me niega el descanso final. Quizá una parte de mí teme que si me duermo lo suficientemente profundo, no quiera volver a despertar.

Pablo Bernabé Céspedes

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