El ser, a veces, anhela ser capaz de no sentir absolutamente nada.
"Qué dichoso sería", piensa.
Pero otras veces, se enamora
de lo que observa,
de lo que saborea,
de lo que palpa,
de lo que experimenta.
Y sin embargo, nunca se cuestiona
si la verdadera dicha radica en eso;
conectar sus emociones con lo que vive.
Y es que el ser siente.
Es intenso, es pasión desbordada.
Sufre en demasía, se desangra, pero ama.
Y en la cumbre silenciosa en la que su solitaria alma prevalece,
halla un tenue halo de luz,
una esperanza diminuta,
una invitación a seguir soñando,
idealizando,
escribiendo,
sobre seguir amando.
A dejarse embriagar por sus más recónditos pensamientos,
solo lo suficiente,
para escapar de su cruda realidad.
Porque al final, después de todo,
el ser, solo, a veces,
anhela.
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