Cuando Sonia vio los ojos de mi madre, recordó aquel día en el que conoció a mi abuelo, un hombre alto y delgado, como el de aquel que ha sufrido de amores. Sonia estaba en el patio, regando las jardineras y hablando con las flores. Fue entonces que lo vio, con sus ojos cansados y oscuros. No era la primera vez que lo observaba. Estaba el señor Amadis con su hijo mayor, enseñándole a amarrarse la corbata. Los Amadis eran longevos amigos de la familia de Sonia. No convivían mucho, pero se conocían desde antes de la existencia de sus primogénitos, cuando ambas familias se reunían para festejar un año más de cercanía con la muerte a la que todos estamos destinados.
Sonia se dedicaba a mantener las flores de su hogar vivas y radiantes, ocultando aquellas que los demás no aceptarían, para así mantener una fachada impecable en aquella casa del fondo. El joven Amadis trabajaba en el antiguo consultorio de su padre, para sobrellevar la ausencia que les había dejado. El señor Amadis era un reconocido médico que había dedicado su vida completamente a su carrera. Fue apreciado por el pueblo debido a su cercanía con los habitantes y su constante caridad, siendo conocido como un buen cristiano devoto de su profesión. Sin embargo, la gente no comparte sus penas, como bien decía mi abuela, puesto que el señor Amadis decidió dejar su cuerpo de la noche a la mañana. Nadie nunca supo la razón de su muerte, fue un secreto que se cargó hasta la tumba, aunque su espíritu aún no ha podido descansar en paz. Durante el día, se le ve merodeando por el pueblo, cabizbajo, con los ojos cansados y oscuros como los de su hijo. Nunca ve a nadie a los ojos, como si de esa forma pudiera ocultar la culpa. Camina por la calle principal hasta llegar a la casa del fondo, donde se detiene a admirar la fachada hasta que cae la noche y desaparece entre la niebla.
Sonia sonreía, bailaba y cantaba con las flores. Parecían una misma. Las únicas veces que se le veía molesta era cuando alguien arrancaba las flores, e incluso llegó a golpear al hijo del vecino cuando se atrevió a desflorar a una. —¡A las flores no se les quitan sus pétalos, se les respeta! —alegó—. ¿Con qué derecho te crees para arrebatar lo que no es tuyo? - Esa fue la primera vez que su padre la golpeó, arrebatado por su característico mal genio, el cual nunca había sido suficiente para golpear a su pequeña flor. Juró jamás volver a hacerlo, aunque ambos sabían que no sería la última vez, porque, como bien dice mi abuela, nadie nunca respeta su palabra.
Sonia nunca habló con el joven Amadis; pensaba que ninguno de los dos le pertenecía al otro, aunque en sus más profundos deseos, lo único que quería era huir junto a él y perderse en la eternidad del deseo y el amor. Poco imaginaba que Amadis sentía los mismos deseos que ella, que fallecía enredar sus manos en su sedoso pelo rojizo y que le entregara su amor aquella menuda mujer, frágil y bella como una flor; mas nunca le habló, se prometió nunca hacerlo, imaginaba el escándalo que se haría cuando la gente escuchara las palabras que quería decirle, viera las caricias que quería darle y la manera en que quería impregnarse eternamente a ella.
El día que el señor Amadis murió, mi abuela no estaba; su padre la buscó por todos lados, gritando todas las palabrotas que conocía, jurando al cielo que cuando encontrara a su pequeña flor, él mismo se encargaría de aplastarla hasta que aprendiera a respetar el honor familiar. Cuando la encontró, obligó a su hija a vestirse para el funeral y a ocultarse los moretones de la cara que le había dejado la golpiza. Sonia asistió al funeral del señor Amadis, deslumbrando con su característica belleza, aunque usando maquillaje, algo que nunca hacía. No estaba sonriendo como siempre; las lágrimas caían por sus mejillas, recorriendo las perfectas curvaturas de su rostro. Lloraba de tristeza, mas no la misma tristeza que todos los demás. El joven Amadis lloraba por su pérdida y Sonia lloraba por otra. Esa noche mi madre ya estaba ahí, pero mi abuelo ya no.
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