mobile isologo
buscar...

"El retrato inquietante"

Aug 21, 2024

254
"El retrato inquietante"
Empieza a escribir gratis en quaderno

Andrés recorría los mercados de pulgas de la pequeña ciudad, con la paciencia de un coleccionista experimentado, siempre en busca de algo interesante que añadir a su pequeña pero peculiar colección.

       Aquella tarde, mientras caían gruesas gotas de agua en el techo de zinc del mercado, sus ojos se posaron en un retrato enmarcado, junto a una pila de libros viejos y empolvados; y sin saber por qué, ese cuadro ejercía una misteriosa atracción en Andrés. El retrato representaba a un hombre, de ojos negros, inexpresivos y tristes, que parecían seguir cada uno de los movimientos de Andrés. Sin pensárselo dos veces, pagó al vendedor, que lo miró de una forma muy rara, pero nada dijo.

       Ya en su casa, Andrés colgó el cuadro en la sala, justo encima del sofá dónde pasaba sus tardes leyendo. Al principio, el cuadro parecía inofensivo, una simple adición a las demás obras que había acumulado con el paso de los años. Esa misma noche, mientras hojeaba un libro, se sintió inquieto e incómodo, como si alguien lo estuviera observando, levantó la vista y se encontró con los ojos del hombre del retrato, que, aunque parecían inmóviles, se veían más intensos, más penetrantes; Andrés se dijo: “imaginaciones mías”, aunque así mismo el retrato parecía mirarlo. Andrés prosiguió su lectura, pero esa misma sensación de ser observado persistía y crecía, anidándose en el fondo de su mente como un lejano murmullo.

 

       Con el pasar de los días, Andrés comenzó a notar pequeños cambios en el retrato, en el que veía un atisbo de sonrisa, casi imperceptible. Al principio Andrés pensó que era una alucinación. Sin embargo, ese sentimiento de incomodidad era cada vez más intenso e inquietante. Era como si el retratado lo observara atentamente desde su marco dorado, juzgando sus acciones.

       El retrato no sólo parecía mirarlo, también influía en sus emociones. Cuando la sonrisa del hombre retratado era más pronunciada, Andrés se sentía más alegre y feliz; pero cuando la faz del retrato se volvía sombrío o parecía triste, Andrés se volvía irritable o triste, como si un peso invisible cayera sobre sus hombros. Ésta influencia lo llevaba a tomar decisiones que no parecían voluntarias, o que el hombre del retrato parecía dominar a su cerebro.

       Aterrado e intrigado, Andrés decidió investigar, recurriendo a bibliotecas y anticuarios; hasta que encontró un viejo diario en un puesto de un anciano. El diario contaba la historia de un pintor excéntrico que, según las leyendas, no sólo tenía la habilidad de capturar la imagen de la persona en cuestión, sino también su alma. Los rumores decían que los retratados desaparecían sin dejar rastros, y que sus espíritus quedaban atrapados en sus pinturas, condenados a observar el mundo sin poder interactuar con él.

      Este descubrimiento llenó de terror a Andrés. Y lo primero que hizo fue tratar de deshacerse del retrato. Intentó devolvérselo al vendedor, pero éste negó haberlo vendido; luego arrojó el cuadro en un carro con basura que era llevado por un mendigo, pero al llegar su casa vio colgado en la pared al retrato, como si nunca hubiera salido de allí. Andrés se sentía atrapado, no solo por el retrato, sino por la vida que el cuadro parecía robarle poco a poco.

       Finalmente, en un acto de desesperación, decidió destruirlo. Esa noche, mientras la tormenta arreciaba fuera, sacó al retrato del marco y lo arrojó al fuego de la chimenea, pero justo antes de que el cuadro se viera reducido a cenizas, Andrés sintió un dolor agudo en el pecho, como si una mano invisible lo hubiera atravesado.

        Cuando el dolor cesó, Andrés se encontró solo en la sala, la chimenea apagada, y en la pared, donde antes colgaba el retrato, solo había cenizas. Pero mientras se levantaba, sintió una extraña presencia, como si alguien lo observara; lentamente Andrés se giró hacia el espejo, y en lugar de su reflejo, estaba la figura del hombre del retrato, que lo miraba fijamente, con esa misma sonrisa macabra y enigmática, y sus ojos oscuros que ahora parecían haber encontrado un lugar donde habitar.

       Andrés se acercó, y tocó la fría superficie del espejo, comprendiendo demasiado tarde que había intercambiado su libertad por la de aquella alma atrapada. Y ahora era él quién debía observar al mundo en silencio condenado a una eternidad de espera tras la superficie de un espejo que ya no le pertenecía.

                            

                             

                                                    FIN

Leonardo Carlos Suárez

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión