La tristeza todavía me acompaña; esa que apareció un día entre semana de Julio de este año -sin pedir permiso- y quién me cubre la espalda, anticipando las desgracias.
Se sienta en la mesa de al lado, atenta a cada movimiento, a cada palabra, a cada suspiro.
Presta una especial atención a los suspiros: qué tan hondo inhalo, desde dónde y en qué momento. Aprovecha ese instante para colarse con el aire a mis pulmones. Lo tiñe todo de un color oscuro: primero bordo, como si la sangre empapara mis adentros sin límites; luego se pudre y va tomando poco a poco un color amarronado, casi negro. Es ahí cuando no puedo ignorar que está conmigo.
No sé qué quiere: mi atención, el aire que tomo en cada respiración hasta dejarme sin aliento, o simplemente que la note. Es la compañera de los fantasmas que me duelen y lastiman, que clavan cuchillos para luego huir sin hacerse cargo de la tragedia. El reflejo perfecto de las situaciones que ocasionaron esta fiel compañía que no conoce descansos, feriados ni fines de semana.
No sé qué quiere la tristeza —ya lo dije—, pero sí sé lo que quiero yo cuando la siento calando mis huesos: quiero dejar de existir, hacerme uno con el viento, ser liviano y que nada pueda atraparme, como si fuera cenizas que desaparecen a la vista.
Quizás sea momento de mirarla y preguntarle directo a los ojos por qué todavía no se va. Pero sé que lo que la trajo conmigo es una tragedia tan grande que difícilmente va a abandonar su puesto.
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kurukiva
Sensible y sentimental. La vulnerabilidad es mi escudo para un mundo cada vez más cruel. Soy un chico simple: hablo sobre el amor, mis emociones y la nostalgia.
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