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El reflejo de mi sueño.

Aug 28, 2024

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El reflejo de mi sueño.
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Abrí los ojos y me encontré rodeada por la frialdad de sábanas blancas. A mi lado, una figura rubia que me miraba con ojos marrones claros, cargados de lágrimas. No podía hablar; mi mente parecía haberse detenido en seco, y solo la observaba. Al notar que mis párpados se movían, tomó mi mano con una urgencia que me hizo darme cuenta de la vía en mi brazo.

— ¿Estás viva, Valentina? —su voz era un susurro, casi una súplica, mientras se acercaba a mi rostro, como si buscara algo más allá de lo visible.

Por un instante, no comprendí quién era, hasta que el recuerdo me golpeó con fuerza.

Era ella.

Recorríamos juntas los días de nuestra infancia. Hablábamos de nuestras vidas, de libros y sueños, en un rincón acogedor de su casa. A medida que crecíamos, nuestras charlas y juegos se volvían más profundos. Pero, un día, lo arruiné todo al confesar mis sentimientos, algo que, en mi ingenuidad, creí que era una broma inocente. Ella, sorprendida y confusa, negó mis palabras con una mirada que nunca olvidaré. A partir de ahí, nuestra amistad se volvió frágil y, eventualmente, se convirtió en una carga en la escuela.

La última vez que la vi, en la graduación, sus disculpas no pudieron borrar el abismo entre nosotras. Las burlas y los golpes fueron mi nuevo compañero de ruta, y nuestra relación se desvaneció hasta desaparecer. Nos separaba una distancia que no podía ser acortada por palabras o lágrimas.

Con el tiempo, sus recuerdos se convirtieron en sueños, sueños en los que ella estaba presente, como un eco de tiempos más simples, ofreciendo una calma que parecía inalcanzable en mi realidad, en otro lugar, en otro tiempo.

Desperté intentando contactarla, pero sus respuestas eran un eco lejano.

Sus fotos actuales mostraban a alguien diferente, una sombra de la niña que conocí.

Mi deseo de volver a verla era tan grande que me llevó a enfrentar la angustia de mi propia desesperación.

Mis sueños con ella se hicieron más frecuentes, llenos de una nostalgia que no podía apaciguar. Me preguntaba si estaba enamorada de una ilusión.

Cuando decidí poner fin a todo, no pensé en ella.

El deseo de paz se volvió mi única constante, mientras el sueño se convertía en una oscuridad sin fin.

Pero al despertar, ahí estaba ella, en mi vida y mis lágrimas.

El llanto desbordante que me invadió fue un desahogo de años de angustia. No podía entender el porqué de su presencia, pero sentía que el peso de mi dolor había encontrado una voz en sus ojos.

Ella sostuvo mi mano con firmeza, como si quisiera absorber cada parte de mi sufrimiento. El dolor era tan intenso que mis lágrimas se transformaban en vapor.

Le hice un espacio en la cama, y se acomodó a mi lado. El silencio entre nosotras era denso, pero también cargado de una conexión que no podía explicar. Me sumí en un sueño profundo, sintiendo su abrazo como un refugio.

Desperté de nuevo, en un auto en movimiento. Ella conducía con una calma que contrastaba con mi creciente pánico.

— ¿Dónde estamos? —pregunté, el desasosiego palpable en mi voz.

— Estuvimos en Bariloche. ¿No te acordás? — Miró brevemente hacia mí antes de volver a concentrarse en la carretera. — Fue un viaje hermoso. Ahora estamos volviendo a casa. Estamos en la ruta del desierto, saliendo de Río Negro, cerca de Neuquén.

— ¿Qué está pasando? — Mi respiración se volvía errática, mientras el paisaje se desplegaba a un ritmo casi surrealista. Traté de tranquilizarme, desvié mi mirada a la ventana de nuevo, intentando salir de esta situación extraña. Al lado de la ruta, había personas trotando, con ropa de gimnasia. Parecía que mi vida estaba en cámara lenta, como sombras de un pasado olvidado.

— Detén el auto —ordené, poniendo mi mano en el volante. El auto se desaceleró y se detuvo. Ella me miró, con una expresión de incertidumbre.

— ¿Qué pasa? —preguntó, con una ceja levantada.

— Las personas afuera… —me detuve, luchando por encontrar las palabras. — Es todo tan hermoso, y…

Te amo, Valentina. —la confesión se desprendió de sus labios con una verdad cruda, dejándome paralizada.

— ¿Cómo estás ahora? —logré preguntar, mi voz apenas un susurro. — ¿Por qué no me hablás? —Mis preguntas quedaron flotando en el aire, sin respuesta.

— Quiero que mires el atardecer. —su voz se suavizó mientras se sonrojaba. Miré hacia la ventana, y en ese instante, comprendí lo que podría haber perdido. Todo lo que jamás habría visto si los médicos hubieran llegado quince minutos más tarde. Mi vida.

— La chica de mis sueños... ¿Por qué no respondes? —mi voz temblaba, cargada de una vulnerabilidad cruda. — Estoy enamorada de vos.

Ella permaneció en silencio, y en ese silencio, me encontré a mí misma. La chica de mis sueños. Necesitaba reconciliarme conmigo misma, con una parte oculta que me amaba más de lo que imaginaba.

Me desperté del sueño.

— Sí, estoy viva —afirmé, con una nueva comprensión.

Estoy viva.

Dónde sea que estés, para M.G

Valentina Osorio

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