El Pueblo
Mar 18, 2025
No había luz cuando llegó esa noche al pueblo, y tampoco la hubo cuando se fue. De todas las veces que había ido no recordaba haber visto luces, ni a la ida ni a la vuelta. Era un rincón perdido en medio del campo, uno como tantos otros con un nombre tan común y repetido que no vale la pena decirlo; no aclararía mucho para que se sepa de qué lugar estamos hablando. Alcanza con decir que era un pueblo sin luces y con poca gente, un pueblo al que llegaba un ómnibus por día con suerte, donde antes hubo un tren, pero ahora solo quedaba la vía, y donde se hacían tortas fritas los días que llovía. Es decir, un pueblo, un pueblo como cualquier otro.
Ese día había llovido, y podrá imaginarse el lector a qué había olor cuando el hombre entró en la casa de su madre y pasó a saludarla a la cocina, y también puede suponer que fue lo que le ofrecieron para reponerse del largo viaje y los 2 km de caminata desde la ruta hasta la casa olvidada al borde de la sierra. Lo que si no debe saber el lector con lo poco que le hemos dicho es qué fue lo que cenaron ese hombre, su madre y su hermana aquella noche de febrero. Supongo que alcanza con que sepa que ese día era 29 y que era esta una familia de esas que respetan absolutamente todas las tradiciones por más ridículas que sean, y que, aunque no son tan supersticiosas actúan como si lo fueran, no sea cosa que la mala suerte de verdad exista y los agarre por sorpresa.
Luego de la cena subió al que había sido su cuarto para intentar dormir, pero una vez más le ganó el insomnio, y estuvo rato pensando en la cena y en el viaje y recordando tiempos pasados en esa habitación. Toda una vida había pasado por ahí y podía verla en cada pared, en cada cuadro, en cada mancha en el piso y en cada cajón de su antiguo escritorio. Tardes y noches de estudio, juegos con amigos, charlas profundas y banales, penitencias, rezongos, llantos, carcajadas, algún beso robado a la pasada y tantas otras cosas que habían definido sus primeros 21 años de vida y que volvían a pasar por su cabeza esa noche.
Viendo que ponerse de acuerdo con el insomnio iba a ser tarea difícil decidió sentarse frente a la ventana a contar estrellas como hacía tiempo atrás para volver a dormirse. La táctica no dio resultado y empezó a pensar en el porqué de su partida, en la razón que había tenido para irse de aquel pueblo al que tanto había querido. No era que la ciudad le diera grandes oportunidades, en realidad no ganaba mucho más que si se hubiera quedado con su trabajo de guardabosques y guía de montaña, no se había ido persiguiendo sus sueños, no había ido a estudiar, no había ido a buscar a una mujer, no, no era por nada de eso.
Volvió a decirse que no había una razón concreta, que no había sido solo por una razón, que eran varias las cosas que se habían ido acumulando en el tiempo y que lo habían llevado a partir para siempre. Y entonces la vio otra vez, y volvió a su memoria la noche en que había decidido irse, aquella maldita noche 2 años atrás. Podía verla caminando entre los árboles, con su pelo negro al viento y sus ojos, confundidos con las estrellas iluminando la penumbra. Sus miradas parecieron cruzarse por un instante, solo un momento, y entonces vio su sonrisa, esa mágica sonrisa que todo iluminaba. Duró todo menos de un segundo, el tiempo suficiente para que ella se volteara y le diera su mano a un hombre que surgía de entre los árboles, y los 2 abrazados cruzaran frente a él por el costado de la cabaña. Ni siquiera lo miró, después de todo lo que habían vivido ni siquiera amagó un saludo, un gesto, una expresión de cariño o de odio, no hubo nada de su parte y el mundo volvió a sumirse en la más profunda de las tinieblas.
Tan absorto estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que afuera había empezado a llover, y un aire helado entraba ahora por la ventana abierta. Decidido una vez más a dormirse volvió a la cama y se tapó con la frazada hasta que Morfeo, seguramente ya cansado de sus suplicas, por fin aceptó su invitación.
Había decidido que no iba a quedarse más de dos días. Eso era lo que podía aguantar en esa casa, con esa gente y esos recuerdos que no le dejaban dormir.
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