Mi amor enterrado,
¿cuántas flores hacen falta para aceptar que ya nadie va a venir?
Volví.
Con las manos llenas.
Con flores blancas.
Con el mismo cuidado con el que se toca algo sagrado.
Las dejaba una por una.
Pensando que abajo quedaba algo.
Algo nuestro.
Algo que todavía respiraba.
Pensé que si volvía suficiente,
si dejaba suficiente,
si esperaba suficiente,
ibas a encontrar el camino de regreso.
Y el pozo seguía abierto.
Silencioso.
Esperándome.
Entonces bajé.
Pensé que iba a encontrarte.
Pensé que iba a descubrir que todavía estabas ahí.
Pensé que iba a poder señalar algo y decir:
acá terminó.
Pero abajo no había nada.
No había restos.
No había una despedida.
No había una historia rota.
Solo flores.
Capas enteras de flores secas.
Las reconocí.
Cada una tenía mis manos.
Cada una tenía mis intentos.
Cada una tenía algo que todavía quería dar.
Y entendí.
Nunca te estuve dejando flores a vos.
Me las estaba dejando a mí.
A la parte de mí que siguió creyendo.
A la parte de mí que siguió esperando.
A la parte de mí que seguía volviendo
aunque ya no hubiera nadie del otro lado.
Me senté.
Hundí las manos en la tierra.
Y por primera vez no busqué encontrarte.
Me encontré.
No había un cuerpo.
Había amor.
Todavía estaba ahí.
Pero nunca estuvo enterrado.
Solo estaba solo.
Esperando que alguien lo reclamara.
Y era mío.
Tomé una flor.
La apoyé sobre mi pecho.
No como despedida.
Como devolución.
Porque entendí algo tarde:
que alguien no haya sabido amarme
no significa que el amor que sentí haya sido mentira.
Y salí.
No porque el pozo estuviera vacío.
Sino porque yo ya no estaba dentro de él.
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