No leo por disciplina,
ni por esa elegante vanidad intelectual
con la que algunos decoran su vacío.
Yo leo como quien saquea
Con hambre
Con una necesidad casi orgánica
de apropiarme de ciertas palabras
antes de que desaparezcan del mundo.
Porque hay frases
que no parecen escritas:
parecen rescatadas de algún sitio oscuro
donde el alma guarda aquello
que todavía no sabe decir.
Y entonces compro libros,
los acumulo junto a la cama,
los subrayo con desesperación,
los devoro de madrugada
como si en alguna página perdida
estuviera escondida la explicación
de esta tristeza antigua que me acompaña desde siempre.
Pero ahora comprendo
que nunca busqué conocimiento
Buscaba municiones.
Coleccionar palabras,
adhesiones verbales,
pequeños fragmentos de belleza feroz
para clavarlos en mí
como harapos húmedos sobre un cuerpo incendiado.
Dejarlas descender lentamente
hacia las regiones subterráneas del inconsciente,
sin forzar nada,
sin exigirles sentido inmediato;
igual que quien arroja semillas a la tierra
y acepta la oscuridad necesaria de todo florecimiento.
Porque el verdadero poema
no se escribe del todo despierto
Se incuba.
Respira debajo de la conciencia
durante semanas, meses, años incluso;
alimentándose de lecturas, pérdidas, insomnios,
rostros olvidados,
cigarrillos consumidos en silencio.
Y una mañana cualquiera,
en mitad de esa hora miserable
en que el mundo vuelve a empezar,
despertás
Y ahí está
El poema completo,
esperándote al borde de la cama
como un animal nocturno
que finalmente decidió mostrar su rostro.
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