Había escuchado hablar del poder que tienen las palabras, que - en teoría - mientras con más fe las sientes, más probablemente se vuelvan realidad... pero no conocía sobre las palabras que sueltas al viento como deseando estar equivocada, como armando el ritual para alejar cualquier maldición que al final regresara como una realidad.
Como aquella vez en que compartíamos mundo en la misma cama y como si se tratase de premoniciones, viéndote a los ojos, dije claro y firme: me jodiste la vida.
Ninguna advertencia llegó a mi para protegerme de lo que vendría:
no recuerdo un día en el que me haya salvado de pensar en ti,
no conozco un rincón del planeta en el que no estés o hubiera querido recorrer contigo,
si tengo un problema, busco respuesta en tu lugar,
si tengo una oportunidad, me pregunto qué harías tú,
si llega algo nuevo, no se compara ti,
y si de pronto me llega una esperanza, ruego porque no aparezcas.
Como aquella vez en que el suelo parecía un lugar infinito en donde llorar sin final y entre tanto mar, pedí te quitaras de mi camino pero no tuve el poder de adivinar que terminarías fuera de mi vida, de la silla, del escritorio, de la cama, de mis brazos, de las calles, del país, de mis sonrisas.
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