El río continuaba cantando bajo el puente olvidado,
mientras ambos observaban el agua perderse entre los campos.
Después de tantas historias, heridas y confesiones,
el silencio pareció quedarse viviendo entre los dos.
Entonces Beaumont la observó con visible desconcierto.
—¿Escapar?... ¿a dónde?
Adler soltó una pequeña risa cargada de ironía,
negando lentamente mientras volvía la vista al río.
—Siempre haces las preguntas equivocadas.
Murmuró con una sonrisa torcida.
—El punto no es a dónde.
El punto es si quieres.
Durante unos segundos Beaumont permaneció callado,
escuchando el viento cruzar el campo.
Y cuando volvió a mirarla,
algo había cambiado en su mirada.
—Te llevaría hasta el fin del mundo por verte libre.
Murmuró sin apartar los ojos de ella.
—No te pido que te quedes conmigo.
Si un día decides marcharte...
te abriré la puerta yo mismo.
Adler dejó de sonreír por un momento.
—Pero dime una cosa.
Continuó Beaumont apoyándose en el bastón.
—¿Estás segura de huir junto a un fugitivo?
Los ancianos son buenas personas.
Pero son una carga.
Y con este cuerpo roto...
ya tengo suficiente peso encima.
Te he aprendido a querer más de lo que esperaba.
Pero no les debo nada.
Así que dime la verdad Adler...
¿de verdad piensas abandonarlos?
Adler sonrió con visible emoción,
como alguien aferrándose a una nueva ilusión.
—Ellos lo entenderán, no debes preocuparte,
conozco unos panaderos que pueden ayudarnos a darles refugio.
—Ven, quiero que los conozcas también.
Y tomando su mano echaron a andar otra vez.
Dejaron atrás el puente junto al río,
donde dos almas rotas habían compartido su pasado,
mientras un sueño imposible comenzaba a nacer...
huir de la guerra y desaparecer.
Pero conforme avanzaban por la ciudad,
algo comenzó a fallar nuevamente.
Fuertes dolores le golpeaban la cabeza,
arrancándole poco a poco la firmeza,
la visión se volvía niebla frente a sus ojos...
y el suelo parecía escapar bajo sus pasos.
Había dejado atrás las medicinas del campamento,
y ahora pagaba el precio de aquel abandono.
Logró alcanzar la panadería por pura obstinación,
pero apenas cruzó la puerta perdió la razón,
y cayó contra el suelo sin explicación.
El miedo recorrió el lugar de inmediato,
mientras Adler intentaba llamarlo entre llantos,
y la joven pareja observaba con preocupación...
sin comprender el origen de aquella condición.
Varias horas después abrió los ojos nuevamente,
encontrando tres rostros aguardándolo impacientes.
—¿Te duele algo? ¿Qué está ocurriendo contigo?
Preguntaron casi al mismo tiempo.
Beaumont intentó incorporarse con dificultad,
mientras el dolor regresaba con brutal claridad.
—Necesito medicinas para poder continuar,
o mi cuerpo termina por colapsar,
la vista desaparece, pierdo estabilidad...
y después llega la ceguera parcial.
El silencio cayó sobre la habitación,
mientras todos asimilaban la explicación.
Entonces Adler presentó a la amable pareja,
pero Beaumont interrumpió aquella alegría.
—Adler... debo marcharme esta misma noche.
La sonrisa murió en el rostro de la joven.
—¿Vas a abandonarme también?
Preguntó con rabia y desilusión.
Y sus puños golpearon su pecho varias veces,
hasta que un abrazo terminó con la tensión presente.
—Escúchame.
Murmuró Beaumont sujetando sus manos.
—Quiero sacarte de aquí en un avión.
Quiero llevarte tan lejos de esta guerra...
que nadie vuelva a convertir tu vida en una condena.
Pero no tengo ruta, dinero ni dirección,
y necesito ayuda antes de iniciar la huida.
Trae a los ancianos hasta este lugar.
Yo me encargaré del resto.
Confía en mí una vez más.
Adler bajó la mirada sin responder,
porque una parte de ella temía volver a perder.
—Vete entonces...
Y buena suerte.
Fue lo único que logró decir aquella noche.
Antes de partir, los panaderos llenaron una bolsa de pan,
como si intentaran ayudarlo a soportar el viaje que vendrá.
—Debes estar hambriento.
Dijo el hombre con una sonrisa cordial.
Beaumont tomó la bolsa observándolos en silencio.
—Gracias.
Murmuró ajustando el abrigo sobre el cuerpo.
Y cuando ya se disponía a marchar,
volvió la vista una última vez hacia el lugar.
—Y si no regreso...
Cuiden a Adler.
Después desapareció entre las sombras de la noche,
mientras la guerra volvía a abrirle sus fauces.
Beaumont recorrió las calles bajo la oscuridad,
buscando algún soldado que pudiera encontrar,
convencido de que entregarse era la solución...
y quizá salvar así su propia situación.
Pero antes de alcanzar la plaza principal,
una voz conocida logró hacerlo frenar.
—¡Te estaba esperando, animal!
Gritó Foster levantando sus manos en señal de paz.
—Comparte un poco de pan, los pobres también tenemos hambre.
Ambos soltaron una risa inesperada,
como dos viejos amigos olvidando la desgracia.
—No quiero que te ejecuten.
Dijo Foster sin rodeos.
—Ya tienes suficiente castigo con ese cuerpo deshecho.
—Y yo tampoco quiero contarle tus secretos al Cabo.
Respondió Beaumont entre carcajadas.
Entonces caminaron lejos del gentío,
hasta una vieja bodega escondida entre los edificios.
Al abrir las puertas apareció un extraño tesoro,
cajas, dinero, relojes y algo de oro.
También había ropa, botellas y munición,
además de un camión robado del batallón.
—Este es mi paraíso.
Declaró Foster con satisfacción.
—Lo sabía.
Respondió Beaumont sin vacilación.
—Siempre fuiste un maldito ladrón.
—He traicionado a unos cuantos, sí, todo por sobrevivir.
Respondió con orgullo descarado.
—Pero nunca quise traicionarte a ti.
Somos hermanos después de todo.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Tú perdiste las piernas que debían ser mías.
Te debo más de una vida.
-Abre el maletero pensé en ti cuando recogí eso.
Luego abrió el maletero del vehículo militar,
y una sonrisa apareció en Beaumont al mirar.
Medicinas.
Cigarrillos.
Todo lo que necesitaba para continuar dando pelea.
—Te debo una.
Murmuró tomando la caja con emoción.
—Ya sabes cuánto amó fumar desde que estoy cerca a Adler lo tuve que dejar.
—¿Todavía sigues con esa chica?
Preguntó Foster destapando una botella.
—Sírveme un poco.
Te contaré la historia completa y el porqué sigo junto a ella, dijo Beaumont.
Y así compartieron licor hasta el amanecer,
hablando de los hombres que no lograron volver,
de heridas en el alma que jamás terminaron de cerrar,
y de fantasmas que aún los seguían al descansar.
Hasta que la charla perdió la ligereza,
dejando paso a una extraña seriedad.
—Voy a ganarme tu respeto.
Dijo Foster observándolo fijamente.
—Conseguiré todo lo necesario para que puedas escapar.
Dinero, transporte o cualquier cosa que pueda encontrar.
Beaumont asintió contemplando el vacio del lugar.
—Entonces busca al Cabo.
Tengo algo que entregar.
—¿Qué demonios planeas hacer?
Preguntó Foster con preocupación.
—Encontré los documentos entre los restos del avión.
Siguen en mi poder desde aquella colisión.
Quiero devolvérselos.
Foster quedó inmóvil varios segundos.
—Déjame ver qué puedo lograr.
Murmuró finalmente.
—Dile que vaya solo.
Continuó Beaumont sin titubear.
—Lo esperaré en el puente junto al río.
No llevo armas.
No pienso atacarlo.
El silencio ocupó la vieja construcción,
hasta que ambos extendieron la mano en señal de aceptación.
Y cuando el acuerdo quedó sellado entre los dos,
tomaron caminos distintos bajo la llegada del sol.
Beaumont tomó camino hacia el viejo puente olvidado,
pero antes quiso observar la panadería desde un costado,
y al ver a Adler sonriendo detrás del mostrador,
comprendió que había llegado demasiado lejos para rendirse.
Por primera vez deseaba algo con el corazón,
y no pensaba perderlo por culpa de la indecisión.
Mientras la observaba desde la calle,
una voz apareció a su lado rompiendo el momento.
—Gran chica, ¿verdad?
Era el panadero observándolo con afecto.
—Por favor no le diga que estuve aquí.
Murmuró Beaumont con discreción.
—Tranquilo, sólo pasaba a revisar el negocio.
Respondió el hombre con una sonrisa de alivio.
—Aunque debo decirte algo...
pasó toda la noche hablando de ti.
Aquellas palabras le golpearon más que cualquier herida,
como si alguien encendiera una luz en su vida.
—Voy a hacer algo que puede costarme el pellejo.
Dijo ajustando el abrigo viejo.
—Si sale mal será mi final, y si no cuide de Adler hasta que mande por ella.
—Lo haré.
Respondió el panadero sin pensar.
Y así Beaumont retomó su andar.
Al acercarse al puente distinguió unos arbustos agitados,
y Foster apareció entre las sombras visiblemente exaltado.
—Lo logré.
El Cabo vino vestido de civil al encuentro acordado.
No sé por qué aceptó,
pero dice que esos documentos valen media guerra.
Beaumont asintió observando la ribera.
—Hazme un favor.
Ve por Adler.
Dile que la espero en tu bodega esta noche.
A las siete.
—Lo haré.
Respondió Foster de inmediato.
—Pero ten cuidado con ese viejo desgraciado y más aún ten cuidado con mencionar algo sobre mí.
Beaumont exclamó una sola frase
-Confia en mí
Ambos siguieron caminos separados.
Beaumont avanzó hasta el puente acordado,
donde un hombre de cabello gris permanecía sentado.
Tosió apenas para llamar su atención.
—¡BEAUMONT!
Gritó el Cabo con visible emoción.
—Pensé que estabas muerto, muchacho.
Ven aquí y dame un abrazo.
—No estoy para abrazos.
Respondió el piloto cansado.
—Qué pena.
Eras el mejor soldado del pelotón.
Aunque también eres un traidor.
Ambos se sentaron frente al río.
—Por cierto.
Dijo el Cabo sin perder el tono relajado.
—Foster cree que vine solo.
Pero detrás de esos arbustos hay seis soldados.
Si corres, terminarás agujereado.
—Silencio.
Interrumpió Beaumont con irritación.
—Déjeme hablar.
—Está bien.
Pero apúrate.
Tengo un bistec esperándome en el campamento.
Entonces Beaumont sacó los documentos perdidos,
aquellos que todos creían vendidos al enemigo.
Los ojos del Cabo brillaron de emoción.
—¡Magnífico!
¡Sabía que no me decepcionarías!
¿Qué quieres a cambio?
¿Dinero?
¿Mujeres?
¿Volver a casa?
—Un avión.
Nada más.
La sonrisa desapareció del rostro curtido.
—Eso es pedir bastante.
¿Y qué gano yo?
Beaumont encendió un cigarro y acercó la cabeza hasta hablarle con frialdad.
—Foster ha estado robándoles desde hace años.
Suministros.
Información.
Rutas.
Todo por monedas y objetos robados.
El Cabo frunció el ceño con incredulidad.
—¿Tienes pruebas?
—Están en esos documentos.
Y si aún duda de mi versión...
revise la bodega abandonada junto a 2 edificios cerca a la plaza central.
Está llena de regalos recibidos por su traición.
El viejo golpeó el concreto del puente con furia contenida.
—¡Maldito bastardo!
¡Lo sabía!
Siempre sospeché de ese infeliz.
Luego volvió a observar a Beaumont con atención.
—¿Y por qué entregarlo?
¿Por qué traicionar a tu amigo?
Beaumont exhaló humo hacia el cielo gris.
—Porque quiero marcharme.
Nada más.
Quiero desaparecer de esta guerra.
Durante unos segundos ninguno habló.
Después el Cabo extendió la mano.
—Detrás de la ciudad, hacia el sur,
encontrarás una aeronave esperándote.
Pero Foster debe ser mío.
—Esta noche estará en la bodega.
A las ocho.
Respondió Beaumont sin vacilar.
—Perfecto.
Gritó el Cabo poniéndose de pie.
—¡Salgan!
Seis soldados emergieron entre los arbustos cercanos,
como fantasmas ocultos aguardando órdenes a diario.
—Confío en ti, Beaumont.
Dijo el viejo antes de largarse.
—Y yo en usted, Cabo.
Respondió el piloto sin pestañear.
Después cada hombre siguió su dirección,
ignorando que aquella decisión cambiaría más de una vida.
Eran cerca de las cinco de la tarde cuando Foster llegó,
y al entrar a la panadería enseguida preguntó:
—¿Dónde está Adler?
—Atrás, ayudándonos con el horno.
Respondieron los panaderos detrás del mostrador.
—Nada de eso, viene conmigo.
Dijo Foster exaltado.
La panadera frunció el ceño con preocupación.
—No pienso dejar que te la lleves sin explicación.
Pero el panadero la detuvo con evidente calma.
—Hablé con Beaumont.
Todo saldrá bien quédate tranquila.
Llamaron a Adler desde la parte trasera,
y apareció limpiándose harina de las manos enteras.
—Vienes conmigo.
—Déjame despedirme primero de los viejos y empacar algo de ropa prestada por supuesto, guiñando el ojo a la panadera
Respondió ella con tono serio y sarcástico al tiempo.
—¿Todavía sigues con esos viejos?
Gruñó Foster con resignación.
—Entonces me despediré también.
Aunque no me soporten demasiado, supongo yo.
Los ancianos lo recibieron con mala cara.
—Hay algo en ti que no nos agrada.
Foster soltó una risa despreocupada.
—Perfecto, el sentimiento es mutuo.
Y salió hacia la entrada.
Adler quedó sola con los viejos aquella tarde,
y las lágrimas rompieron parte de su semblante.
—Perdónenme.
Murmuró intentando sonreír.
—Quizá sea la última aventura que voy a perseguir.
Los ancianos la abrazaron con cariño sincero.
—Ve tranquila.
Y cree en Beaumont, muchacha.
Ella bajó la mirada sin demasiada confianza.
—Quiero hacerlo...
aunque una parte de mí piensa que desaparecerá sin decir nada y me entregará al pelotón para salvar su miserable vida.
Empacó una pequeña maleta para partir,
bromeando con todos para no volver a sufrir.
Mientras tanto, en la calle principal,
Foster vio pasar un automóvil militar.
El Cabo bajó la ventana con familiaridad.
—Ven aquí, muchacho.
Quiero conversar.
Foster subió con evidente incomodidad.
—¿Qué ocurre?
—Nada importante.
Respondió el viejo sonriendo de lado.
—¿Qué haces en la panadería?
—Comprando algunas cosas.
—Claro...
¿o esperando alguna señorita hermosa?
Foster soltó una carcajada forzada.
—Claro que no.
—Bien.
Entonces tómate la noche libre.
Ya trabajaste bastante, hijo.
—¿Y Beaumont?
Preguntó Foster con curiosidad.
—Nada.
Sigue siendo un pobre lisiado debe seguir caminando desde el puente hasta acá.
Respondió el viejo entre risas.
-Tome este sobre cabo puede leerlo en el campamento.
Poco después lo dejó nuevamente en la calle,
y Foster regresó a toda velocidad.
—¡Tenemos que irnos ya!
Gritó entrando a la panadería.
Adler tomó su equipaje y salió,
sin entender la urgencia que apareció.
Caminaron hasta la bodega sin hablar,
mientras el sol comenzaba a bajar el telón.
Y al abrir la puerta encontraron a Beaumont,
sentado en un sillón esperando la ocasión.
—¡Llegaste!
Exclamó Foster con alegría.
Adler sólo respondió con cautela fría.
—Hola.
—Gracias por venir.
Murmuró Beaumont con seriedad.
—Foster, ¿puedes dejarnos solos un momento?
—Claro.
Contestó tomando una botella al vuelo.
—Tengo la noche libre.
Pienso celebrarlo con alcohol.
Cuando quedaron solos dentro del lugar,
Beaumont comenzó a temblar.
—Lo logré.
Dijo con lágrimas en la voz.
—No sé si hice lo correcto...
pero traicioné a Foster por los dos.
Adler abrió los ojos con asombro.
—¿Por qué?
¿Acaso era un traidor de la nación?
—Era nuestro boleto para escapar.
Respondió Beaumont con dolor.
—Antes de las ocho llegará medio pelotón.
Van a ejecutarlo sin compasión.
Y si te encuentran junto a nosotros,
te colgarán por el mismo motivo sin importar quien eres.
—¿Cómo piensas ocultarlo?
Preguntó ella con preocupación.
—No puedo.
Pero debemos marcharnos ya.
Toma agua.
Come algo de pan.
Será todo lo que tengamos por varios días probablemente.
Entonces Beaumont salió hacia el exterior,
donde Foster observaba caer el sol y llegar la noche.
—Gracias.
Dijo apoyándose en el bastón.
—¿Por qué?
—Por todo.
Por ayudarme incluso sabiendo que me veían como un vil traidor.
Foster bajó la mirada unos segundos.
—Mañana probablemente me maten lo sabías?.
—¿Qué estás diciendo?
Preguntó Beaumont confundido.
—El Cabo ya sabe que lo traicioné.
Me llamó al coche cuando esperaba por Adler.
Beaumont sintió un vacío recorrerle el pecho.
—¿Qué pasó?
—Vi la mirada del viejo y supe que sabía que los había vendido y le entregué una carta.
Mi boleto para salvar el cuello.
Pero tuve que venderte otra vez.
Lo siento.
El silencio cayó como un disparo.
—¿De qué mierda hablas?
Gruñó Beaumont.
—Le conté que estabas con la hija de un coronel enemigo.
Si te encuentra a ti...
la encontrará a ella.
No mencioné la bodega.
Pero ahora mismo media ciudad debe estar buscándolos.
Te aviso para que corras.
Antes de que sea tarde.
Beaumont cerró los ojos unos segundos,
y luego extendió la mano con gesto serio.
—Entonces dame las llaves del camión.
Es lo último que voy a pedirte.
Foster lo observó en silencio.
Después sacó las llaves del bolsillo.
—Está bien.
De todos modos...
ya nos están buscando a todos.
—Los ayudaré a cargar provisiones y combustible.
Murmuró Foster con una sonrisa.
Y Beaumont aceptó sin discutir con su característica inocencia.
Durante varios minutos llenaron el camión,
agua, comida y algo de gasolina.
Sin saber que en otro rincón de la ciudad,
el Cabo avanzaba con creciente hostilidad.
Junto a varios soldados tomó dirección,
hacia la vieja bodega de la traición.
Pero recordó la aeronave que había dejado en el campo en la tarde,
y de camino a la bodega aquello lo hizo enfurecer aún más.
Creía que atraparía a los tres esa noche,
y saboreaba la idea como un brutal derroche.
Mientras tanto la ansiedad y la tensión crecía en aquel refugio improvisado
Finalmente Foster rompió el silencio.
—Supongo que aquí termina nuestro camino.
Beaumont sonrió observando a su amigo.
—Último viaje, ¿no?
—Probablemente.
Respondió sin mirar alrededor.
Adler esperaba dentro del camión,
intentando ignorar aquella despedida cargada de presión.
Entonces Foster sacó un viejo revólver,
y lo dejó en manos de Beaumont.
—Llévatelo.
Ya no pienso volverlo a usar, no me servirá de nada en mi actual condición.
Beaumont observó el arma algunos segundos,
como si cargara todos los errores del mundo.
Luego giró dándole la espalda.
Pero antes de marchar volvió a hablar.
—Eh, Foster...
El otro hombre levantó la vista.
—Como último acto de amistad...
prefiero dispararte yo.
Foster no respondió.
—Cuando lleguen no te matarán.
Van a torturarte durante días.
Y ya tuvimos suficiente guerra para una vida.
El silencio ocupó la habitación vacía.
—Supongo que tienes razón.
Murmuró Foster con resignación.
Después giró despacio.
El disparo resonó dentro de la bodega.
Y Foster cayó dejando un sonido de golpe seco.
Adler observó la escena desde el vehículo,
mientras las lágrimas rompían todo equilibrio.
Beaumont subió sin volver a mirar,
dejando atrás a su compañero de guerra.
El camión avanzó perdiéndose en la oscuridad,
mientras la culpa comenzaba a devorarlo una vez más.
Tras varios kilómetros de silencio y tensión,
Adler rompió la conversación.
—¿Valgo tanto la pena?
Preguntó mirando la carretera.
Beaumont soltó una risa cargada de lágrimas.
—Te conozco hace poco.
Y aun así aposté todo por ti.
Creo que eso responde por mí.
Ella observó las manos que no dejaban de temblar.
—Fuma un cigarro.
Quizá te ayude a respirar.
—Pensé que los odiabas.
Respondió Beaumont con extrañeza.
—Los odio.
Mi padre vivía rodeado de humo.
Pero si te ayudan a soportar el miedo...
adelante.
A lo lejos el pelotón encontró la bodega vacía.
Y comprendió la magnitud de la huida.
El Cabo descubrió el cuerpo de Foster en el suelo,
y la furia terminó por consumirlo entero.
—¡Encuéntrenlos!
Rugió lleno de rabia y obsesión.
Y comenzó la persecución.
Cuando alcanzaron el campo del sur,
la noche cubría todo con un oscuro tul.
La aeronave seguía donde debía esperar,
como una última oportunidad para escapar.
Descargaron provisiones con desesperación,
mientras el miedo aceleraba cada respiración.
Y aunque todo parecía condenado a terminar,
ambos siguieron negándose a abandonar aquella oportunidad.
Cerca de la medianoche lograron embarcar,
mientras los motores intentaban despertar.
A lo lejos aparecieron luces entre la oscuridad.
El pelotón.
Cada vez más cerca de alcanzarlos.
Beaumont corrió apoyándose en el bastón,
cayendo varias veces sobre la tierra y el pasto.
Porque un hombre roto no corre con facilidad,
pero la voluntad también puede desafiar la realidad.
Subieron a la aeronave sin mirar atrás.
Y observaron los vehículos acercarse cada vez más.
Pero el motor se negó a despertar.
Y el tiempo comenzó a agotarse sin piedad.
Adler lo observó con una sonrisa triste.
—Hasta aquí llegamos, ¿eh?
—Todavía no.
Respondió Beaumont con firmeza.
Saltó de la cabina hacia la tierra,
mientras los disparos rompían la noche entera.
Sujetó la hélice con desesperación,
forzando el arranque de aquel viejo avión.
Entonces una bala atravesó su pierna.
Pero ni el dolor consiguió detener su carrera.
La hélice rugió.
El motor despertó.
Y la aeronave finalmente respondió.
Beaumont volvió a subir cubierto de sangre y sudor,
mientras el fuego enemigo los rodeaba alrededor.
Las balas golpeaban alas, fuselaje y metal,
como una tormenta empeñada en verlos caer al final.
Pero contra toda lógica y explicación,
el avión consiguió elevarse sobre la persecución.
Herido.
Agotado.
Con el cuerpo destrozado por la guerra y el rencor.
Beaumont sostuvo el mando con feroz determinación.
Y juntos desaparecieron dejando atrás la guerra, la muerte y la ciudad.
Aquella aeronave siguió cruzando la oscuridad,
buscando algún rincón perdido lejos de la crueldad,
algún campo apartado donde poder descender,
sin soldados, sin disparos y sin miedo a vivir.
No tenían mapas ni un destino al cual llegar,
sólo un cielo inmenso y ganas de continuar,
mientras Adler vendaba la pierna atravesada por la bala,
intentando contener el dolor que aún brotaba.
Entonces bajó la vista con cierta picardía.
—No sé si hice mal...
Confesó casi entre risas.
—Pero robé algo de dinero de una caja de Foster.
Beaumont soltó una carcajada adolorida.
—Al menos uno de nosotros pensó en el mañana.
Y durante unos segundos olvidaron el dolor,
la guerra, las heridas y todo aquel horror.
Soñando con una casa,
un camino,
un lugar,
cualquier rincón sencillo donde poder descansar.
Pero el viejo avión comenzó a protestar,
como si también estuviera cansado de escapar.
El motor rugía perdiendo fuerza y estabilidad,
anunciando el final de aquella oportunidad.
Beaumont observó los controles con preocupación,
y después giró sonriendo hacia su acompañante de ocasión.
—¿Lista para otro aterrizaje desastroso?
Adler negó entre risas.
—Contigo ya no espero nada sensato.
Y por un instante volvieron a reír,
como dos almas negándose a sucumbir.
Lo que ocurrió después nadie puede asegurar,
porque algunos destinos prefieren no revelarse jamás.
Nadie sabe dónde aquel avión logró descender,
ni qué rincón del mundo los recibió al amanecer.
Si encontraron una casa junto a algún trigal,
o un pequeño pueblo lejos del odio y del metal.
Pero existen viejos viajeros que suelen contar,
que años después los volvieron a encontrar.
Hablan de un hombre apoyado sobre un bastón,
con más canas que heridas en el cuerpo.
Y de una mujer de sonrisa desafiante,
que seguía burlándose de él a cada instante.
Dicen que discutían por tonterías al cocinar,
que ella seguía odiando verlo fumar,
y que él continuaba fingiendo obedecer,
para encender otro cigarro al anochecer.
Cuentan que vivían cerca de un viejo sembradío,
muy lejos de la guerra, del hambre y del frío.
Y que algunas noches podían escucharse reír,
como dos niños que por fin lograron sobrevivir.
Tal vez sea mentira.
Tal vez sólo un rumor.
Una historia adornada por el paso del tiempo y el amor.
Pero me gusta creer que fue verdad.
Que el piloto olvidado encontró su libertad.
Que después de tanta muerte, sangre y dolor,
la vida terminó pagándole una pequeña deuda al corazón.
Y que aquella muchacha que escapó de su prisión,
halló finalmente un hogar lejos de toda destrucción.
Porque incluso en los tiempos más crueles y oscuros,
hay personas capaces de desafiar su destino.
Y si alguien merece un final bajo un cielo en calma,
son dos fugitivos que sobrevivieron cargando el peso de su alma.

Nicolas Olarte
Escribo poesía y compongo piezas instrumentales para crear atmósferas, cada texto tiene un sonido; cada sonido nace de lo no dicho.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión