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El peligro de las coincidencias entre las góndolas.

Abr 3, 2026

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El peligro de las coincidencias entre las góndolas.
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Como cada primer fin de semana del mes, las compras del supermercado las hago por la mañana. Hay menos gente y, además, estoy en una edad en donde ir al supermercado se vuelve un panorama entretenido. No lo digo con ironía, hay algo extrañamente amable en caminar por los pasillos casi vacíos cuando la ciudad todavía se está acomodando. Las luces blancas recién encendidas, los carritos metálicos con el logo del supermercado que chirrían como si recordaran sueños ajenos, las frutas alineadas con esa paciencia que sólo tienen las cosas que todavía no han sido elegidas. Demorarse frente a las góndolas como si fueran bibliotecas de cosas simples, el pan recién acomodado, las verduras que todavía conservan un poco de madrugada en la piel, las ofertas que prometen felicidad por tres mil novecientos noventa.

A veces pienso que los supermercados son una forma doméstica del destino, uno entra con una lista breve y sale con cosas que no sabía que necesitaba. Hay productos que parecen esperar exactamente a la persona que los va a llevar, como si hubieran ensayado esa coincidencia toda la noche. O bueno, tal vez es todo marketing y yo el consumidor que cae en los trucos que utilizan.

Hoy por la mañana me faltaba ese producto, justo ese. El que uno busca sin urgencia, pero con una extraña fidelidad, como si al comprarlo estuviera repitiendo una costumbre antigua.

Doblé el pasillo de las galletas con esa seguridad tranquila de quien cree conocer el mundo.

Entonces ocurrió.

Al mismo tiempo que yo, otra mano avanzó desde el lado contrario de la góndola hacia el último paquete que quedaba. No había más detrás ni arriba ni escondidos en los estantes vecinos, sólo ese, quieto en el centro del espacio como una pequeña decisión esperando ser tomada.

Nuestras intenciones llegaron casi juntas.

El envase decía algo sobre compartir, las marcas siempre escriben esas palabras como si supieran más de nosotros que nosotros mismos, y por un momento tuve la sensación de que el paquete se encogía entre los dos, como si no supiera muy bien a cuál de nuestras hambres pertenecer.

Porque el paquete era uno…y nosotros dos.

Dos personas que probablemente no habían desayunado todavía.

Dos personas que tal vez llevaban otras faltas más discretas en el bolsillo.

Dos personas con esa clase de hambre que no siempre tiene que ver con comida.

Nuestros dedos se rozaron. No me gusta mucho el contacto físico con la gente que no conozco, no me gusta la sensación. Pero ese contacto mínimo, que no duró más que una duda. nos obligó a mirarnos.

Y fue entonces cuando ocurrió la segunda cosa.

Le reconocí.

No de la manera en que uno reconoce a un vecino o a un compañero de trabajo. Fue una sensación más extraña, más silenciosa, como si mi memoria hubiera abierto una puerta que no sabía que tenía.

Había algo en esa persona.

Un gesto leve al fruncir el ceño.

La forma en que inclinaba la cabeza cuando calculaba algo sencillo. Ese hábito de revisar el precio dos veces, incluso cuando ya estaba decidido a comprar.

Era como mirarse en un espejo ligeramente desplazado en el tiempo. No era idéntico, claro.

Pero era demasiado parecido para que la coincidencia pudiera quedarse tranquila.

Nos observamos, a lo mucho fueron dos segundos, con esa curiosidad que uno siente cuando cree reconocer a alguien de un sueño.

“Y parece que llegamos al mismo tiempo” dijo.

Y lo dijo con un tono que me resultó incómodamente familiar.

Pensé entonces en las pequeñas bifurcaciones de la vida. En esos momentos insignificantes que cambian el rumbo de una existencia: aceptar un trabajo o rechazarlo, tomar un tren o quedarse en casa, decir una frase o guardarla.

Quizás esa persona era lo que yo habría sido si una de esas decisiones hubiera girado apenas un grado.

Quizás yo era lo que esa persona evitó ser.

El paquete seguía allí, en la góndola, suspendido como un objeto ceremonial.

“Podríamos preguntar si tiene más stock de las galletitas” dijo, o bueno, es lo que recuerdo.

Y al escuchar esa frase tuve la impresión inquietante de que yo mismo estaba hablando desde otro cuerpo.

Sonreímos. Apenas, lo suficiente como para notarse.

Durante unos segundos el supermercado pareció volverse irreal. Las luces zumbaban como insectos domésticos. Los carros avanzaban lentamente, como animales metálicos obedientes. Las góndolas se alineaban en pasillos largos que recordaban estaciones de tren donde nadie sabe exactamente qué viaje está por comenzar.

Pensé que tal vez todas las personas tienen un doble caminando por algún lugar del mundo. Una versión que eligió distinto, que tomó la puerta que uno dejó cerrada, que siguió el camino que nosotros abandonamos por miedo, por prudencia o simplemente por distracción.

Al final yo me llevé el paquete. Me gustan mucho esas galletas, las porteñitas.

La otra persona se llevó unas similares.

No lo recuerdo con claridad, y sospecho que esa imprecisión forma parte del misterio.

Lo que sí cambió fue otra cosa. Dudas.

Cuándo vaya al supermercado los sábados por la mañana, ¿tendré que caminar con una precaución nueva entre las góndolas?, ¿Ya no debería estirar la mano con tanta seguridad hacia el último producto de un estante?

Porque existe una posibilidad, remota pero inquietante, de que otra mano avance desde el lado contrario.

Y no estoy seguro de querer volver a encontrarme con alguien que se parezca demasiado a mí.

Hay coincidencias que alegran el día. Y otras que dejan una pequeña grieta en la realidad.

De momento, y es mi sensación más visceral, prefiero evitar esas grietas.

No por miedo al otro.

Sino por el leve y perturbador presentimiento de que tal vez, en algún lugar de este mismo supermercado, sigue caminando una versión de mí que eligió vivir otra vida

Nicolás

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