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El paso fortuito de la Muerte y su nombre.

John

Aug 26, 2026

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El paso fortuito de la Muerte y su nombre.
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Hoy he visto a la Muerte

Se encontraba vagando por mis recuerdos.

En mi oído susurró los nombres de aquellos amores míos que perdí, a los que no pude conocer y a quienes admiré tanto en letra como en sangre.

Tapó con sus manos mi visión,

y entre la oscuridad que su cáscara blanquecina

producía en mi mirada, lo vi:

Vi a un hermano partir en la barca de Caronte.

Portaba, entre sus manos, el peso

que en vida cargaba convertido en oro.

¡Cuánta riqueza lleva a un lugar

donde lo único que reina

es el Sueño, eterno resplandor!

Surcan el Aqueronte sin detenerse, pues los cuerpos perdidos 

en el más oscuro abismo

tratan de tomar el oro y colocarlo 

bajo su lengua;

pero, ¿de qué les servirá aquel gesto

si las Deidades son tan piadosas como

Tántalo con su amado hijo Pélope?

Desalentados, vuelven al fondo 

al que pertenecen, 

esperando el día que puedan

atravesar el veneno que los ahoga

y respirar el aroma a miel

que Los Campos de Asfódelos otorgan.

Llegaron entonces a tierra.

Caronte tomó de los ojos de él

dos monedas de oro, y cuando este

fue a entregarle la que su boca 

resguardaba,

acarició su mejilla y marchó 

rumbo a su nave.

Antes de partir, la mirada de Caronte

no se posó sobre él,

sino sobre mí.

Aquellos ojos me eran similares.

Supe reconocer el mirar de un Rey muerto

al verlo; más no el sonreír,

pues la Parca únicamente reconoce la felicidad

en las miserias de otros.

La neblina tomó el río,

y este marchó.

Cuando quise darme cuenta,

era yo quien se encontraba vagando

sin rumbo.

Aquel que no portaba mi sangre pero sí

mi corazón fue juzgado

nada más cruzar el umbral.

No supe su destino.

No supe su final.

No supe…

Nada.

Yo fui enviado a los Campos,

aunque Minos,

quien elevó mi corazón 

frente a sus dos hermanos,

dudaba  si debía ser marcado

para arder en el

Tártaro.

Te conozco.

Me dijo antes de yo hundirme

en la llanura.

Allí vagué durante tanto tiempo

que casi enloquezco.

Lo busqué una vez, y otra,

y otra más. Un poco más,

y cuando mis fuerzas se volvieron nulas,

lo seguí buscando.

Pero lo único que encontré

fue el nacimiento del río

Lete.

No quise beber al llegar;

sin embargo,

¿qué me quedaba allí?

Me acerqué con suavidad y, 

antes de degustar

las aguas del Olvido,

escuché aquella voz que conocí en vida.

Era su risa, la melodía de su voz al hablar;

incluso podía, sin mirarlo, ver sus manierismos.

Sonreí entonces,

y cuando quise darme cuenta,

desperté en mi cama.

Aquel sueño había humedecido mis mejillas.

¡Bendita sea la nostalgia

de aquellos a los que mi corazón protege

con sumo cuidado!

Al incorporarme,

algo cayó contra el suelo.

Era la moneda.

Caronte me había bendecido

con el recuerdo de mi 

hermano.


John

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