Hoy he visto a la Muerte.
Se encontraba vagando por mis recuerdos.
En mi oído susurró los nombres de aquellos amores míos que perdí, a los que no pude conocer y a quienes admiré tanto en letra como en sangre.
Tapó con sus manos mi visión,
y entre la oscuridad que su cáscara blanquecina
producía en mi mirada, lo vi:
Vi a un hermano partir en la barca de Caronte.
Portaba, entre sus manos, el peso
que en vida cargaba convertido en oro.
¡Cuánta riqueza lleva a un lugar
donde lo único que reina
es el Sueño, eterno resplandor!
Surcan el Aqueronte sin detenerse, pues los cuerpos perdidos
en el más oscuro abismo
tratan de tomar el oro y colocarlo
bajo su lengua;
pero, ¿de qué les servirá aquel gesto
si las Deidades son tan piadosas como
Tántalo con su amado hijo Pélope?
Desalentados, vuelven al fondo
al que pertenecen,
esperando el día que puedan
atravesar el veneno que los ahoga
y respirar el aroma a miel
que Los Campos de Asfódelos otorgan.
Llegaron entonces a tierra.
Caronte tomó de los ojos de él
dos monedas de oro, y cuando este
fue a entregarle la que su boca
resguardaba,
acarició su mejilla y marchó
rumbo a su nave.
Antes de partir, la mirada de Caronte
no se posó sobre él,
sino sobre mí.
Aquellos ojos me eran similares.
Supe reconocer el mirar de un Rey muerto
al verlo; más no el sonreír,
pues la Parca únicamente reconoce la felicidad
en las miserias de otros.
La neblina tomó el río,
y este marchó.
Cuando quise darme cuenta,
era yo quien se encontraba vagando
sin rumbo.
Aquel que no portaba mi sangre pero sí
mi corazón fue juzgado
nada más cruzar el umbral.
No supe su destino.
No supe su final.
No supe…
Nada.
Yo fui enviado a los Campos,
aunque Minos,
quien elevó mi corazón
frente a sus dos hermanos,
dudaba si debía ser marcado
para arder en el
Tártaro.
—Te conozco.
Me dijo antes de yo hundirme
en la llanura.
Allí vagué durante tanto tiempo
que casi enloquezco.
Lo busqué una vez, y otra,
y otra más. Un poco más,
y cuando mis fuerzas se volvieron nulas,
lo seguí buscando.
Pero lo único que encontré
fue el nacimiento del río
Lete.
No quise beber al llegar;
sin embargo,
¿qué me quedaba allí?
Me acerqué con suavidad y,
antes de degustar
las aguas del Olvido,
escuché aquella voz que conocí en vida.
Era su risa, la melodía de su voz al hablar;
incluso podía, sin mirarlo, ver sus manierismos.
Sonreí entonces,
y cuando quise darme cuenta,
desperté en mi cama.
Aquel sueño había humedecido mis mejillas.
¡Bendita sea la nostalgia
de aquellos a los que mi corazón protege
con sumo cuidado!
Al incorporarme,
algo cayó contra el suelo.
Era la moneda.
Caronte me había bendecido
con el recuerdo de mi
hermano.
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