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El oso – Columna 19

May 5, 2026

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El oso – Columna 19
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Desde que volví a Lima visito a Kuma —mi padre— al menos una vez por semana. Sin falta. A veces me quedo una noche, a veces solo unas horas, pero siempre trato de aprovechar el tiempo, como si pudiera ganarle algo a la vida.

No me gusta pensarlo, pero lo pienso. Me aterra imaginar que algún día lo voy a perder. Quiero creer que todavía falta mucho, que para ese día sobra tiempo, que todavía nos quedan muchas cenas, muchas conversaciones, muchas caminatas nocturnas, muchas películas por ver, muchos silencios compartidos. Pero hay noches en las que me entra una angustia que me enferma, una de esas que no avisan, y siento que cuando llegue ese día negro voy a reprocharme todo: las veces que estuve ocupado, las veces que preferí hacer otra cosa, las veces que no fui a verlo pudiendo haber ido.

Aunque también sé que es una batalla perdida. Porque incluso si viviera a su lado, incluso si pasara cada día entero con él, cuando la vida me lo arrebate voy a sentir exactamente lo mismo: que me faltó tiempo. Que siempre me iba a faltar tiempo. Que la vida será injusta conmigo en cualquier escenario.

Por eso, cuando me quedo a dormir en su casa, trato de saber todo sobre su vida. Le pregunto por su infancia, por sus amigos, por las tonterías que hacía de joven, por las mujeres que quiso, por las noches que ya no volverán. Quiero saber todo sobre mi padre.

La última vez que fui a visitarlo me dijo que se le había antojado un ramen. Apenas lo escuché, saqué el celular y me puse a buscar en TikTok si había algún sitio bueno por el distrito de Magdalena. Él me comentó que cerca de su casa habían abierto un local nocturno de comida japonesa y me dijo que podíamos ir a probarlo. Le respondí que sí, sin pensarlo. Fuimos caminando.

La noche estaba particularmente linda. De esas noches limeñas que no siempre existen, pero que cuando aparecen te hacen sentir que la ciudad, por unas horas, deja de ser cruel.

—Qué linda está la noche, Kai —me dijo, sonriendo—. Hace tiempo que no salía a estas horas.

Yo también sonreí, pero por dentro me partí un poco.

Me alegró verlo contento, sentir que estaba disfrutando ese momento tan simple. Pero al mismo tiempo me golpeó recordar por qué ya no sale tanto como antes. Envejecer ya es bastante. El cuerpo empieza a pasarte factura, las fuerzas ya no son las mismas, el cansancio se instala donde antes había impulso. Y encima de eso está su enfermedad, como una sombra que vuelve todo más frágil.

Seguimos caminando por las calles de Magdalena y me quedé pensando en el nombre de mi padre. Kuma. Oso, en japonés.

Nunca hubo un nombre que le quedara mejor.

Desde niño siempre vi a mi padre así: como un oso. Grande. Fuerte. Protector. Un hombre al que yo sentía imposible de doblar. Tenía el pecho ancho, velludo —cosa que yo nunca fui— el cuerpo de alguien que parecía haber sido construido para resistirlo todo, y además esa imagen tan suya, tan masculina, tan sólida, que a mí de niño me daba una seguridad difícil de explicar.

Pero ahora ya no lo veo así.

O, mejor dicho, lo sigo viendo así, solo que de otra manera.

Ahora lo veo como un oso viejo. Uno que ya sobrevivió demasiadas peleas. Uno que ya no sale a buscar batalla, porque el cuerpo ya no se lo permite o porque la vida ya le enseñó suficiente. Y mientras caminaba a su lado sentí algo extraño, algo que me dolió admitir: que la vida nos había cambiado los roles sin pedirme permiso. Que ahora era yo el que tenía que cuidarlo.

Llegamos al local de ramen y la dueña estaba en la puerta.

—¿Siguen atendiendo? —le pregunté.

—No, hijo, ya son más de las once. Ya estamos cerrando.

Nos quedamos unos segundos en silencio, como dos niños a los que les acaban de quitar. Entonces, negándome a aceptar que la noche terminara con el estómago vacío, saqué nuevamente el celular y le dije:

—Pa, ¿quieres probar el mejor pan con pollo de Lima? Al menos según TikTok.

Se rió y aceptó.

Seguimos caminando hacia nuestro nuevo destino, y en medio de esa noche, con el hambre encima y avanzando lentamente por la vereda, le hice una pregunta que nunca antes se me había ocurrido hacerle en mis veintiséis años de vida. No sé por qué nunca antes. No sé por qué esa noche sí.

—Pa… ¿qué fue lo primero que te gustó de mi mamá?

Mi padre se quedó callado varios segundos. Tantos, que por un momento pensé que me iba a responder “nada”.

Pero no.

—Su forma de caminar —me dijo—. Caminaba erguida. Muy recta.

 

Año 1997

Kuma

Playa La Herradura — 9:30 p. m.

Mi padre estaba con Lucho, uno de esos amigos que parecen inventados para arruinarte o salvarte la noche. Si ustedes tienen un amigo exageradamente extrovertido, carismático, con sonrisa de oreja a oreja y un talento sobrenatural para hablar incluso cuando debería cerrar la boca, entonces ya saben cómo era Lucho.

Estaban encima del capot del carro de Lucho tomando unas cervezas, escuchando música, fumando y viendo el mar.

—¿Por qué tan callado, Kuma? ¡Es sábado! —le dijo Lucho.

—No es que yo sea callado, es que tú hablas como mierda, huevón —respondió mi padre, riéndose.

Lucho soltó una carcajada.

—Bueno, la noche es joven. Voy a avisarles a Milagros y Teresa.

—¡No! —gritó Kuma—. Hagamos cualquier cosa, Lucho, pero si hablamos de vernos con tus amigas… tienes gustos bien peculiares, huevón. Una vez me sacrifiqué, pero dos ya no jodas.

Lucho empezó a reírse haciendo unos pasos ridículos de frustración.

—Carajo, Kumiflex, ¿por qué eres así? Ya, ya… ¿y en qué estabas pensando hace un rato?

Mi padre miró el mar y habló.

—Pues…

 

19 horas antes

En esa época, una de las actividades favoritas para la joven colonia japonesa en Lima era ir a karaokes. Entre los locales que más frecuentaba mi padre con sus amigos estaba el famoso ¨Lucky Seven¨.

Cada vez que Kuma entraba con su mancha, las anfitrionas y meseras ya sabían que esa noche les iba a tocar salir tarde. Eran de esos grupos escandalosos que cantaban, fumaban, bebían y convertían cualquier mesa en una pequeña fiesta privada.

Esa noche, entre tanto ruido y humo, mi padre se fijó en una joven mesera de cabello castaño que llevaba una bandana roja sujetándole el cabello. Ella se acercó a atenderlo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó él.

—Me llamo Cotty —respondió con amabilidad, mientras le prendía el encendedor para que pudiera prender su cigarro.

Y no pasó nada más.

O, al menos, nada visible.

Mi padre siguió con lo suyo. Cantó sus canciones japonesas, se rió escuchando a sus amigos desafinar, bebió lo de siempre —un whisky doble a las rocas— y dejó que la noche siguiera su curso.

Pero antes de irse, cuando el amanecer ya empezaba a insinuarse, agarró una servilleta de la mesa, sacó un lapicero de su abrigo y escribió algo. Luego, en el camino hacia la salida, se acercó a Cotty, le tomó la mano, le dejó la servilleta en la palma y le cerró los dedos suavemente.

No dijo nada.

Se fue.

 

 

Cotty

Cotty creyó que la servilleta tenía dinero.

Pensó que era una propina aparte, algo escondido para que no entrara en la cuenta compartida de la noche. Emocionada, se metió al baño de servicio para revisar el papel a solas. Quería guardárselo sin repartirlo con nadie.

Pero al abrirlo se encontró con otra cosa.

Llámame. 933995324 — Kuma”.

La decepción le duró unos segundos.

No había propina, no había billete, no había milagro.

Solo un número.

Guardó la servilleta, terminó su turno, agarró su cartera y se fue a descansar después de una noche pesada.

Al día siguiente no trabajaba. Tenía una primera cita con un pretendiente llamado Omar, un hombre que llevaba meses cortejándola. Esa noche se arregló, llegó al bar donde habían quedado y esperó.

Pasaron diez minutos.

Luego veinte.

Luego cuarenta.

Omar no aparecía.

Para hacer más tolerable la espera empezó a pedirse tragos de la carta. No quería sentirse tan ridícula estando sola en una mesa de bar, vestida para alguien que claramente no pensaba llegar.

Cuando ya estaba cansada, sacó su libreta de contactos para llamarlo y reclamarle. Pero al abrirla se cayó una hoja doblada que había quedado entre las páginas.

La servilleta.

Llámame. 933995324 — Kuma”.

Y entonces sintió algo extraño. Como si lo que estaba pasando no fuera exactamente una coincidencia. Como si la noche, que hasta hace unos minutos parecía perdida, le estuviera ofreciendo otra salida.

Sabía que estaba a punto de hacer algo que no estaba en sus planes.

Aun así, llamó.

 

 

Kuma

Después de contarle a Lucho lo que había pasado la noche anterior en el Lucky Seven, se fueron a apostar con unos desconocidos al fulbito de mesa en uno de los bares de La Herradura.

Hasta que sonó el teléfono.

Número desconocido.

Mi padre contestó intrigado.

—¿Aló?

—Hola, Kuma. Soy Cotty. La mesera del Lucky Seven.

Apenas escuchó su voz, dejó el juego a medias y se apartó unos pasos, mientras de fondo Lucho empezaba a putearlo por abandonarlo en plena partida.

—Sí, claro que me acuerdo de ti —respondió.

—Espero no sonar muy confianzuda, pero… ¿tienes planes para esta noche? —preguntó ella, nerviosa—. Me acaba de plantar un idiota y estoy en un bar.

Mi padre miró al horizonte, como si la respuesta ya la hubiera sabido desde antes.

—No, para nada. Estoy super tranquilo en este momento.

Al fondo se seguía escuchando a Lucho renegando.

—¿Quieres venir?

—Llego en diez minutos. Pásame la dirección.

Mientras Cotty le dictaba el lugar, mi padre ya se estaba poniendo el abrigo. Cuando colgó, jaló a Lucho de la camisa hacia la salida.

—Lucho, te debo una caja de chelas la próxima semana, pero por favor necesito que me lleves a esta dirección.

Lucho sonrió como si acabara de presenciar el inicio de una gran historia.

—No te preocupes, Kumiflex, yo te llevo. Pero si esa chica tiene una amiga… ya sabes, yo debo ser tu primera opción.

—Te lo prometo —le dijo Kuma—. Gracias de verdad.

 

 

Cotty

Cuando Kuma llegó, Cotty ya iba por su tercer vodka tonic.

Se saludaron y se sentaron frente a frente. El mesero se acercó.

—Buenas noches, caballero. Mi nombre es Charlie. ¿Cuál sería su pedido?

—Hola, Charlie. Tráeme por favor un whisky doble a las rocas. Y la cuenta de lo que ha tomado la señorita la sumas a la mía.

Cotty lo frenó en seco.

—No, gracias. Lo mío lo pago yo.

Kuma insistió.

Ella volvió a negarse.

Y fue en ese momento, según él, que entendió que estaba frente a una mujer con carácter.

—Charlie, mejor anda trayéndome mi whisky —dijo Kuma, sonriendo—. Lo del pago lo vemos al final.

El hielo entre ellos se rompió rápido.

A Cotty le empezó a gustar la serenidad de ese hombre que parecía decir las cosas sin apuro, como si nada pudiera sacarlo de eje. Y a mi padre le gustó de ella lo contrario: que fuera espontánea, habladora, divertida, encendida. Supongo que a veces uno se enamora de lo que no tiene.

A mitad de la cita apareció Omar.

Sí. El mismo imbécil que la había plantado.

Cotty lo vio entrar y se puso nerviosa, pero para entonces ya tenía claro qué iba a hacer. Omar se acercó a la mesa, saludó a Kuma y luego a ella.

Y entonces Cotty, con una tranquilidad que debió dolerle más que cualquier insulto, le dijo:

—Qué gusto verte, Omar. No te quiero incomodar, pero estoy en una cita ahora.

Omar, humillado, apenas atinó a responder:

—No se preocupen. Entiendo. Un gusto saludarlos.

Y se fue retrocediendo hacia otra mesa.

Kuma le preguntó:

—¿Ese es el chico que te plantó?

—Ese mismo —respondió ella, riéndose—. Aunque, pensándolo bien, que me haya plantado fue lo mejor que me pudo pasar esta noche.

Durante el resto de la cita, entre vasos, humo y risas, ambos no dejaban de mirar de reojo a Omar, que seguía tomando solo en otra mesa mientras los observaba desde lejos.

Antes de irse, mi padre fue al baño. Pero antes de volver a la mesa ya había pagado todo. Su whisky, los tragos de Cotty y hasta lo que ella había tomado antes de que él llegara.

Cuando regresó, se puso de pie y dijo:

—Bueno, vámonos, Cotty.

—Espera, tenemos que pagar.

—Ya pagué.

Ella lo miró entre sorprendida y fastidiada.

—Eres un tonto —le dijo, riéndose—. Pero de verdad… gracias. Ha sido un gesto muy lindo.

Salieron del bar. Cotty pidió un taxi. Mi padre le preguntó si quería que la acompañara, pero ella le dijo que por esa vez prefería que no.

Y ahí terminó la noche.

O eso creyó ella.

A la mañana siguiente, cuando Cotty salió de su cuarto, vio a su padre sentado en la mesa de la sala con una expresión rara en la cara.

—Hija, te ha llegado un ramo gigante de rosas. Y una nota.

Cotty abrió la nota.

No me preguntes cómo llegaron estas rosas a tu casa. Solo quería decirte que la pasé increíble contigo, Cotty. Sueño con que se vuelva a repetir. Si tú también lo deseas, llámame.

Con cariño,
Kuma
”.

Naoki Uyehara

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