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El orgullo de ser argentino

Unfurl

Jul 11, 2026

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Nos dicen de todo. Que somos egocéntricos, que somos orgullosos, que nos creemos el centro de un mapa que inventaron otros.

Nos dicen "narigones" como si fuera un insulto, sin entender que en el puente de cada nariz nuestra está dibujado el mapa de la inmigración. Sí, claro que somos narigones. Varios tenemos la marca de los abuelos italianos y gallegos que bajaron de los barcos con una mano atrás, otra adelante y una valija llena de nostalgia. Esa nariz no es arrogancia; es el ADN de los que vinieron a reinventar su vida.

Nos formaron a fuego. Cada década nos tira una crisis económica que a cualquier otro pueblo lo dejaría de rodillas, pero a nosotros nos templó como al acero. El argentino no se rinde, el argentino "lo atata con alambre", inventa, rebusca, resucita. Nos caemos un lunes y el martes ya estamos armando un negocio nuevo sobre las cenizas del anterior. No es soberbia; es supervivencia refinada al nivel de arte.

Y sí, caminás por la calle y parece que nos estamos matando. El partidismo político nos raspa, nos divide en veredas que parecen irreconciliables, discutimos a los gritos en la mesa familiar por un color o por un nombre. Pero esa es la espuma, el decorado. Abajo, en el barro de la verdad, hay algo inherente, casi sagrado: la solidaridad ciega. Cuando el agua tapa a un barrio, cuando el frío quema, el argentino no te pide el carnet de afiliación para darte una mano; te da la frazada, te comparte el guiso y te abre la puerta de su casa con un mate.

Ese fuego no es exclusivo para los que tuvimos la suerte de nacer bajo este suelo. Somos un país tan extrañamente hermoso que abrazamos al que llega como si siempre hubiera estado acá. Nos explota el pecho de emoción genuina cuando un hermano venezolano, boliviano o brasileño sonríe con su DNI argentino en la mano, porque sabemos lo que cuesta elegir un lugar y hacerlo propio. Por eso acuñamos esa verdad absoluta de que "el argentino nace donde quiere". ¿Cómo explicás si no a un pibe en Bangladesh o en la India sufriendo y gritando por nuestros colores a miles de kilómetros de distancia, sin haber pisado jamás el Obelisco? Hay una mística que nos excede, un imán invisible que conecta con los que saben lo que es luchar desde abajo.

Nuestra historia es una cadena de manos unidas en el esfuerzo. Desde los que cruzaron la Cordillera a lomo de mula para liberar un continente, hasta las madres y abuelas que plantaron bandera en las plazas más oscuras, pasando por los pibes que defendieron el frío de nuestras islas. Es una herencia de resistencia.

Por eso, que nos sigan diciendo lo que quieran. Que nos llamen agrandados. ¡Me parece bárbaro! Nuestro orgullo no es por creernos mejores que nadie; nuestro orgullo es saber de dónde salimos y todo lo que aguantamos para seguir estando acá. Somos el único pueblo del mundo que, cuando extraña su tierra o necesita recordar quién es, no tiene que mirar un mapa ni revisar la billetera.

Le alcanza con levantar la cabeza y mirar al cielo. Porque ahí arriba, entre las nubes y el sol, está nuestra bandera todos los días.

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