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El oficio de escribir.

Feb 12, 2026

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El oficio de escribir.
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Es de noche.

Y estoy acá.

La luna proyecta su luz fría en mi ventana y me pregunta si voy a empezar de una vez. El vino yace tibio y cómplice sobre mi mesa, y me dice que conoce la curva de mi boca mejor que yo…

Le creo.

Las teclas de mi computadora suenan como si fueran gotas de lluvia sobre un techo de chapa. Pienso entonces en la lluvia, y la piel se me eriza sin pedir permiso: esto es innegable. Todo mi cuerpo quiere escribir esta noche.

Y yo, débil
¿qué otra cosa puedo hacer?
Más que ceder, digo.

Tengo carpetas llenas de casi-cosas. Borradores con palabras tristes e inconclusas, títulos que prometen incendios y brumas confusas. Documentos con nombres que me dan risa y también vergüenza: ahora_sí, laúltimaa, laultimaenserio, amiborramexqnosirvo.

Si cierro los ojos, veo como flotan, piden una mano, quizás dos. Y yo se las niego. Porque todavía no sé dárselas, porque no sé en qué se convertirán una vez que lleguen a la superficie. Supongo que prefiero el fuego caliente de lo que aún se está gestando antes que la certeza fría de lo ya concluido.

Es de noche.
Y yo sigo acá.

Y con cierto descaro me atrevo a abrir una pestaña nueva, en este: un lugar que no conozco, un lugar que tampoco me conoce a mí. Y pongo a disposición de nadie mis palabras todas... Y confieso que a mí no me importa lo que pide el algoritmo, ni me interesa el tema tendencia de la semana del cual debo hablar si deseo visitas. No quiero más que esto: disfrutar del oficio de escribir. Y no sé si lo hago bien, si lo hago mal, si debo mejorar. Lo único que me consuela de este mundo es creer que aún existe gente que se banque lo real.

Lo equívoco.
Lo inacabado.
Lo imperfecto.
Lo humano.

En un mundo donde todos parecen querer ser percibidos, yo fantaseo con saberme imperceptible, y aunque al mismo tiempo me inundan las ganas de encontrar personas que tengan la razón caliente de tanto usarla, aún me cuesta salir. Porque efectivamente es así, en un mundo donde todos corren apurados para llegar primero a no sé donde, yo camino lento disfrutando del andar sin saber por qué.

Lo disfruto.

Disfruto del diálogo con el silencio que se manifiesta frente a la pantalla. Y aunque el vacío me habla de muchas cosas, hoy, en particular, me hizo recordar toda esa poesía que vengo arrastrando tímidamente desde hace tantos años. Al leerla descubro que ya no soy la misma: hay palabras que delatan lo mucho que he cambiado.

Hoy me conozco más que antes. Ahora veo que la poesía no fue más que la puerta de entrada a un interminable mundo interior. Hoy me conozco más que antes, es cierto… Porque ahora sé lo mucho que me excita la fricción, la de poner una idea contra otra hasta que el roce entre ellas genere la chispa de algo nuevo. ¿Lo hará esta vez? Pienso. Pienso mientras mi cuerpo siente el frío que respira la ventana abierta.

Creo que hay un privilegio en escribirle al vacío: y es la posibilidad de decir exactamente lo que deseo, sin negociar adjetivos. Admito que me gusta empezar así, sin testigos. Y si mañana llegaran ojos con hambre de mis palabras, los estaré esperando con el plato listo. Por el momento, quiero concluir con lo siguiente:

Que soy aburrida y muy simple.

Y es que no tengo método más que este: el de poner una silla para el silencio y dejar que se siente él primero. Permitirle que me huela, que me pruebe, que me habite y que me dicte. Solo para después entregarme, desnuda de excusas, a escribir todo lo aprendido.

Es de noche.
Sigo acá.

Y escribiré como quien sabe que nadie lo espera al llegar a casa, con cierta angustia quizás, pero con la hermosa sensación de poder decir: llegué a mi hogar.

Brindo. Y esa no es más que otra excusa para apoyar los labios en el borde (del vaso, de la herida, del párrafo) y felicitarme en voz baja. Si pudiste llegar hasta acá, ahora sabés que la puerta queda abierta. Y que podés entrar con los pies descalzos y con la única condición de traer más vino.

Porque es de noche.
Sigo acá.
Te espero.

Agustina Ailin.

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