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El niño del jopo rebelde y soñador

Feb 20, 2026

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El niño del jopo rebelde y soñador
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Marcio tiene 8 años y un mechón de pelo lacio y suave que le cae sobre los ojos color café.

Cuando el sol le da en la cara, dibuja garabatos dorados sobre ese jopo rebelde que nunca se queda en su lugar.

Su casa está al lado de la vía. Los trenes que pasan les ponen música a sus sueños.

Cada noche antes de dormir la luz de una vela ilumina las letras de viajes llenos de aventuras, donde puede ser protagonista o fiel escudero. Eso le da igual, porque cuando lee, las paredes desaparecen y le dan paso a los escenarios donde tocará vivir la historia.
Al comenzar el día, un fuerte halo de luz se filtra por la ventana y avanza como un triángulo que crece y queda casi pegado sobre el calendario que cuelga en la pared. La luz del verano parece derretir la tinta de ese 1.948 impreso en el papel.

Se levanta, se prepara rápidamente.

Abre la lata que guarda su mayor tesoro. Saca un puñado de bolitas y las guarda en el bolsillo. Son sus compañeras de juego. Es el mes de enero y no hay escuela, así que esas esferas de vidrio colorido tienen mucha más actividad.

Cruza la calle de tierra y antes de llegar al otro lado oye esa voz que suena en su corazón más que en sus oídos.

_" Marcio ¿cómo ha pasado la noche mi niño?"

Corre y se deja caer en ese delantal negro que le resulta mullido y casi aterciopelado, tan cálido como el abrazo de su abuela.

Esa tela mágica, que sabe secar lágrimas y convertirlas en sonrisas, curar rodillas con heridas y abrigar en las tardecitas mientras juntos escuchan la radio. ¡Por eso el día comienza recién cuando escucha _ Marcio! ¡¡¡Mi Marciño !!!".
Entonces sí, ya puede empezar a ordenar y limpiar el establo, ordeñar la vaca y repartir la leche.

Mientras camina llevando los tarros con leche recién ordeñada, silva una canción de esas que le gustan a la abuela y haciendo una simpática mueca, barre de un soplido el mechón de pelo que una vez más, tapaba uno de sus ojos.  Todavía no cruzó la vía cuando descubre que, al otro lado, en el baldío hay mucho movimiento. Camiones y coloridas casillas como vagones de tren, forman un semi círculo. Hay muchas personas que van y vienen. Aprovecha la sombra de un árbol para descansar dejando los recipientes de zinc en el suelo. Apoya su espalda en el tronco, levanta y flexiona una de sus piernas y pone las manos en los bolsillos. Sus dedos juegan con las canicas que guarda en ellos, mientras observa con gran asombro como toda esa gente, cual hormigas laboriosas comienzan a estirar metros y metros de lona verde y luego la levantan y sostienen sobre altísimos y gruesos palos. Y así, poco tiempo después, casi como por obra de magia, aparece un circo. Y aún es más grande su sorpresa al enterarse que el recorrido de su reparto incluye una parada justo ahí.

A partir de ese momento, cambiaron sus mañanas. Esperaban que llegara para desayunar con leche fresca y rápidamente lo integraron a la familia circense.  Le fascinaban sus historias. La vida nómade, las luces, la música, la pista de aserrín y el aplauso del público. Podía sentir bien cerca los cascos del caballo blanco de la ècuyere, que daba la ronda a la pista con esa niña etérea y ágil que practicaba piruetas sobre su lomo. Y el aire del impulso de los trapecistas parecía despeinar su ya famoso jopo. Era como el vuelo de los pájaros. Los payasos lo hacían reír con sus bromas y un hombre que le parecía muy largo y flaco fue el que le enseñó a hacer malabares con naranjas y a mantener el equilibrio sobre una tabla apoyada sobre un tronco. Ese amable, misterioso y delgado personaje llegaba montado en una bici extraña con una sola y gran rueda y llevaba siempre en un colorido bolsillo una pequeña navaja con la que tallaba palabras en las maderas.
Y poco a poco su imaginación comenzó a tener alas. _ ¡Qué lindo sería abandonar sus aburridas tareas y ser parte del circo!, pensaba.
Y así fue como un día decidió huir de su casa.

Planeó todo y ya decidido una tarde luego de escuchar la radio, se despidió de la abuela, pero no cruzó la calle.

Siguió andando, mientras lo guiaban el bullicio, el estruendo de la banda de música y la luz de los potentes faroles.

Sabía que en plena función sería más fácil no ser visto. Era su última oportunidad. Al otro día levantarían campamento rumbo a otro destino.

Se escondió en el interior de uno de los carromatos, entre canastos con vestimenta de colores, aros, pelotas y clavas. Estaba solo él con sus pensamientos.

¿Qué pasaría en su casa, cuando descubrieran que no estaba? Seria triste, pero pronto pasaría. A su hermanita, le había dejado la lata repleta de bolitas. Así que se pondría contenta.

Además, les escribiría cartas y les enviaría postales de cada nuevo lugar a donde llegara.

¿Y al comenzar las clases? ¿Qué dirían las maestras, cuándo no vieran a su mejor alumno? Seguramente, con mucho orgullo les leerían a los chicos los diarios que traerían noticias del pequeño acróbata, que sobre un rolo hacia pruebas y malabares.

¿Y su abuela?... Se detuvo el tiempo y sus sueños empezaron a caer uno a uno. ¡¡¡LA ABUELA !!!Ya no la vería más. Nadie le diría mi Marciño. No habría mañanas de abrazos ni tardes de radio. Sintió que la garganta se le cerraba. Le dolía el corazón. Un nudo subió hasta su boca y sus ojos se inundaron. ¿Eso sería morriña, esa cosa fea que le pasaba a su abuela cuando recordaba su tierra y ya no podía hablar porque se ahogaba en llanto? Una lágrima bajó por su cara y le abrió el camino a muchísimas más. Lloró y lloró hasta quedarse dormido.

La luz que entraba por la ventana lo despertó.

Estaba en su cama. La lata con bolitas seguía sobre la mesa. La tinta del año impreso en el calendario parecía derretirse.

Sonrió aliviado. ¡Todo había sido un sueño!

Se levantó más rápido que nunca. Cruzó la calle y se dejó caer casi desmayado sobre ese manto oscuro por el que sentía tanto apego. Ese fantástico delantal que ahora sabía no cambiaría jamás por ninguna aventura. Esa mañana le pareció que las manos de la abuela eran más suaves que nunca y cuando le acomodó el jopo sobre la frente retuvo el perfume de los jazmines que siempre se la traerían, sin importar donde ni cuándo.

Luego salteó su paso por el establo y corrió hasta la esquina. Todo estaba como era, verde y llano. Una suave brisa levantó una nube de aserrín y casi pisa unas flores celestes, esas que crecen invadiendo las vías del tren, y que llaman nomeolvides y junto a ellas había un pequeño pero robusto


tronco de árbol sosteniendo una tabla, que, en un extremo, tallado con profundidad decía en letras grandes y prolijas MARCIO.

 

 

 

Miriam Rodriguez Roa

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