Son las 4:50 de la madrugada y acabo de despertarme por una pesadilla. Soñé con mi obachan —mi abuela paterna—. Camino a la cocina de mi departamento en Buenos Aires para servirme un vaso con agua. Lo bebo con dificultad, como si al beber pudiera contener el llanto. No recuerdo con precisión qué soñé, pero estoy seguro de que fue con ella, con mi obachan.
No me siento bien emocionalmente. Quisiera regresar a mis cinco años, cuando todo estaba bien. Cuando todavía creía que la vida era tan simple y mágica como las películas de Disney que mi padre me ponía antes de irme a dormir. Cuando aún no sabía lo que era sufrir por amor, ni por una pérdida, ni por una enfermedad. Cuando todavía no había vivido la separación de mis padres ni aprendido que la vida se me escapa de las manos sin que me dé cuenta. Y lo peor: que cada año pasa más rápido que el anterior.
Yo no soy religioso, pero me duele pensar que si pierdo a alguien nunca más volveré a verlo. Y, sin embargo, quisiera engañarme, nublar mi mente y creer que el paraíso existe, que algún día voy a poder reencontrarme con los que más amo. Solo trato de ser una buena persona, de ser feliz conmigo mismo. Pero me pregunto a menudo si de verdad lo soy. Porque ese intento por ser feliz conmigo mismo me ha llevado también a tomar decisiones que quizás —para otros— no eran las correctas.
Llevo años en conflicto: ¿qué hago con mi vida? ¿Vivir mi juventud, conocer gente, experimentar amores imposibles, aventurarme en el mundo… o quedarme con mi familia, con los seres que más amo? Me duele aceptar que mi paz mental hoy la encuentro en Argentina, mientras los que más amo siguen en Lima. Y entonces me pregunto: ¿soy un buen hijo? ¿Soy un buen nieto?
Cuando me fui por primera vez a vivir un tiempo a Buenos Aires, mi obachan todavía estaba bien de salud. Lo último que me dijo al despedirme fue:
—Kaicito, ¿ya no te volveré a ver?
—No digas eso, obachita, voy a volver —le respondí, con ternura, besándole la frente.
La llamaba cada vez que podía, para escuchar su voz y verla en videollamada. Sabía que la alegraba verme, aunque fuera a través de una pantalla. Pero meses después, mientras yo estaba en Argentina, enfermó. Entró a cuidados intensivos. Me desesperaba saber que estaba sufriendo y yo tan lejos, sin poder hacer nada. Lo único que pedía era que no sufriera, aunque eso significara no volver a verla nunca más.
Diciembre de 2024. Ella ya estaba más estable y yo volví a Lima para pasar la Navidad en familia. Entré en su habitación y la vi entubada. Ya no era la misma imagen que recordaba de ella: se le notaban los meses de dolor, estaba más débil, sin voz. La enfermera le dijo suavemente:
—Oba, ha venido a visitarla su nieto mayor.
Ella no estaba lúcida, pero algo en sus ojos se iluminó al verme. Me quedé hablándole varios minutos, aunque sabía que ella no podía responder.
Una semana después tenía que regresar a Argentina para organizar mi mudanza definitiva a Lima. Fui de nuevo a verla. Estaba dormida. Me acerqué, la abracé, le hablé, le di un beso en la frente. Le prometí que volvería pronto y me despedí.
Ya en el avión, mi padre me llamó:
—La tía me acaba de contar que tu obachan se despertó y no ha dejado de decir: “Kaicito, no te vayas.”
Al escuchar eso, inevitablemente me rompí en lágrimas, mientras el avión me alejaba otra vez de ella.
Tenía cinco años cuando dejé de vivir en la casa de Mamágrande —mi abuela materna—. Mi madre se había ido a trabajar a Estados Unidos. Mi padre se quedó a cargo de mi hermano menor y de mí. Nos mudamos a la casa de mi obachan.
Todo era raro. Asimilar que mi madre ya no estaba a mi lado. Ver cómo mi padre, de alguna forma, se convertía en madre. Y cuando le tocaba ejercer de padre, ahí estaba mi obachan para ocupar ese lugar de figura materna. Durante años, mientras él trabajaba, yo me quedaba con ella y con la empleada, llorando los tres juntos con los capítulos tristes de las novelas coreanas que pasaban en ese entonces por la televisión.
Recuerdo las promesas que me pedía de niño, con esa ternura autoritaria suya:
—Kaicito, tú tienes que casarte con una nihon-jin (mujer japonesa o de familia japonesa). ¡Las peru-jin (mujeres peruanas) son malas! —me decía, muy seria, pero a la vez divertida.
Yo se lo prometía creyendo que sería fácil cumplirlo. La realidad es que, hasta hoy, no he salido con ninguna mujer asiática. Y no porque no me gusten ni me atraigan, sino porque el destino ha querido llevarme la contra con esa promesa.
Había noches en que me contaba cómo conoció a mi abuelo, cómo era su padre, las historias de nuestra familia. Siempre remataba con la misma frase:
—Nosotros no tenemos sangre roja, tenemos sangre azul porque descendemos de samuráis. Y nunca te hagas un tatuaje, Kaicito. La sangre azul que tenemos se te pudre y vuelve a ser roja.
Definitivamente, hasta el día de hoy no le he cumplido ninguna de las promesas que le hice de niño a mi obachan.
Acababa de regresar a Lima. Mi padre y mi tío me fueron a recoger al aeropuerto, y me alegré con emoción de volver a verlos. Sabía que había vuelto a casa. Después de desayunar un increíble pan con chicharrón que hizo mi padre, me fui a visitar a mi obachan. Ya se encontraba mejor de salud, ya podía volver a hablar. Ingresé a la habitación, me acerqué a su lado, me agaché hacia ella y le dije:
—Obachita, ya volví. ¿Sabes quién soy?
Me miró y no reconoció mi rostro.
—Mamá, ¡es tu nieto favorito! —dijo mi tía.
Entonces giró rápido, me miró de nuevo, con los ojos sorprendidos y emocionados, y exclamó:
—¿Kaicito, eres tú?
—Soy yo, obachita. Ya volví.
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