La necesidad es el motor de toda creación. Si no, ¡para qué se crean las cosas!, más que para satisfacer una necesidad. Así pues, todo arte ha surgido bajo este principio.
La pintura satisface la necesidad de admirar lo ideado.
La escultura de tener lo anhelado.
La danza de atraer lo deseado.
La literatura de entregar lo querido.
Y la música de dar compañía.
El músico nace en la más auténtica soledad, y a veces crece con ella, hasta el momento en el que su arte lo encuentra y hace de él su compañía perpetua.
Antes de saber sobre música, estos seres saben del silencio, que para algunos será breve, y para otros más duradero, pero a todos llega una primera melodía que descubrirá la presencia de sus sonidos más personales y su innata atracción.
Duermen poco una vez han encontrado su preciado arte, ya que el tiempo lejos de él los abruma.
Llevan consigo y a todos lados un instrumento al que se unen de manera espiritual.
Y aman mucho, del mismo modo en la que la música los llena. Y a veces tanto, que entregan su vida en gratitud a los sonidos que los levantaron del mundo donde todo lo que oían era banal.
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