El mejor gol del mundo puede estar a la vuelta de la esquina.
Oct 18, 2024

El sol se apoya sobre el tendido de cables que bordea a la canchita por lo alto, mientras que la cortina metálica en lo de José empieza a levantarse provocando toda clase de sonidos relacionados al enrolamiento del metal, el acero y sus conjuntos. José tira y tira hasta que algo frena su cadena y la perspectiva del local es ahora distinta. Hay luz natural. Luz natural que ingresa, tenue, por el costado derecho del ventanal esmerilado. A continuación, sale a la vereda, abre el toldo, saca el banco de madera y da vuelta el cartelito que tiene sobre la puerta. ‘Abierto’, dice ahora. Y vuelve para hacerse un mate porque mientras subía la cortina se percató de que había partido en la canchita. Por eso fue que sacó el banco y abrió el toldo. Porque con lo planchado que viene el asunto en pleno enero, lo mejor que puede hacer es sentarse afuera a ver la vida pasar y, si es que hay tipos con ganas de jugar debajo del sol en un verano así, mejor todavía.
Pasan dos horas y, a eso de las siete, mientras José termina con la copia de una llave y prueba el funcionamiento de ambas a los ojos del cliente, Marcelo Romano se sienta en el banco de madera al otro lado del ventanal y apoya su espalda contra el vidrio. El único de sus amigos, corrobora José, que cuando llega no entra, sino que lo espera afuera sin saludar. Abre la caja y pone el dinero cobrado mientras el cliente va saliendo del local. El tipo cuando sale y ve a Marcelo le hace un ademán con el rostro y tuerce en sentido contrario, perdiéndose rápidamente de la angosta perspectiva que tiene por dentro la ferretería. José ahora cruza al otro lado del mostrador y ceba un mate para dárselo a Marcelo, que lo rechaza tácitamente porque tiene un bulto en sus manos que trata de desempaquetar. Tan concentrado parece en eso, el tipo, que es incapaz de tomar un mate y dirigirle la atención por unos momentos a su amigo, que se rinde ante la evidencia y le da un trago al amargo, dejándose iluminar frente al sol de enero que, opacándose por el atardecer, le pega cálidamente de frente.
Cuando vuelve a cebar otro mate, ve que su amigo continúa en el malogrado intento de poder desenvolver eso que aún no sabe qué es, y el hecho lo impacienta al punto que no puede evitar la pregunta. “¿Qué es eso que te tiene así?” le dice, pero al parecer no hay caso porque el otro ni siquiera se inmuta, y persiste encorvado queriendo ya a esta altura destruir por completo el susodicho envoltorio.
“Te alcanzo una tijera, ¿querés?” le insiste, pero comprende que su amigo está verdaderamente concentrado en poder él solo, dado que por segunda vez no le responde. Se palpa entonces el bolsillo de su camisa y saca un cigarrillo. La llama del encendedor acercándose a su rostro hace que sus ojos se posen sobre ella y, al apagarse, lo único que le quede de fondo sea la gigante amplitud de la cancha, con el delantero recibiendo justo un pase al vacío mientras se cuela entre los defensores, para segundos después dilapidar la oportunidad y colgarla sobre el tinglado que está detrás del arco. Y sí, piensa José, mientras lo ve al fulano yendo a batir palmas a las inmediaciones de la obra, ¿así nomás como venía pensaba pegarle?
—Cuchame una cosa.
José oye las primeras palabras de su amigo y gira su cabeza para observarlo, dada la novedad.
—¿Vos sabés lo que es el premio Puskas?
Ahora se queda callado, pensativo, sin saber qué es lo que le acaba de consultar. Tampoco quiere responderle rápido porque le interesa sobremanera saber si lo que le acaba de preguntar es en serio o le está tomando el pelo. Suelta el humo por el costado de su boca y le dice que no, que no tiene ni idea qué es eso.
—Es el premio que la FIFA entrega al mejor gol del año —le dice, mientras deschava a una de las tantas cintas que envuelven al paquete.
—Mirá vos… —le responde, aún sin entender hacia dónde va el asunto.
—¿Qué necesitás para que ese gol gane el premio?
José lo vuelve a mirar, como si con cada mirada quisiera escrutar si su amigo lo delira o le pregunta sinceramente. “Ser futbolista profesional, ¿supongo?” le responde, aún con dudas.
—No, no… —lo interrumpe, dándole vueltas en círculo al paquete, logrando desenrollar otra de las cintas. —O sí… ponele que sí. Pero no, no viene al caso… ¿Qué más necesitarías?
—No sé la verdad, ¿qué sé yo? —le responde, ya con la sensación de que están cortando demasiados clavos en un absoluto sinsentido. Mira a su amigo nuevamente y se da cuenta de que finalmente pudo con el paquete, mientras termina de hacer trizas al cartón corrugado que envolvía la cosa y quita el nylon que funcionaba como último eslabón de las malditas envolturas.
—Esto necesitás, boludo, ¡¡esto!! —le dice, sonrisa mediante, sosteniendo con ambas manos lo que había dentro del envoltorio. —Lo que necesitás es filmarlo, José. Lo que necesitás es una filmadora.
José levanta sus cejas y se queda sin palabras, admitiendo para sí no haber estado esperando algo como eso. “Este tipo se volvió loco”, piensa, como primer acto reflejo que se le viene a la mente, pero prefiere guardarse las palabras porque su intención tampoco que sea pincharle el globo de entrada. Entonces su naturalidad lo conduce a enarcar las cejas, absorto, y simplemente escrutar el objeto que tiene su amigo entre sus manos. Marcelo palpa la cámara y aun sonriendo le abre la tapa. Hace todo con movimientos lentos y sobre todo con una confusa observación, dando claramente a entender que no tiene la más pálida idea de cómo usarla —siquiera de cómo prenderla, por cómo parece que la mira— al punto de que José concluye que, muy posiblemente, fuese la primera vez que Marcelo tuviese una de esas en sus manos.
—¿Se puede saber de dónde la sacaste? —le pregunta, con la absoluta sensación de que, desde que la conversación arrancó, nunca le pudo seguir la sintonía.
—¿A ver?, ¿lo hace o no lo hace? —lo interrumpe su amigo, viendo cómo el delantero tras un pelotazo está por quedar mano a mano con el arquero. El uno le sale hasta la raya del área y el nueve intenta, con todo el tiempo del mundo, desde lejos y apurado, pinchársela por arriba. La pelota sobrepasa al arquero, pero se eleva de más y se va por encima del travesaño. “Al pedo, boludo” dice Marcelo, ante la evidencia de lo irresoluto.
—Tenía cancha todavía.
“Tenía cancha” asiente, y vuelve a volcar sus ojos sobre la cámara, que parece estar ganándole la pulseada del entendimiento. Es por eso que, ante la cristalización de lo ajena que le resulta la máquina, no encuentra mejor alternativa que terminar tocándole todos los botones juntos, como si con eso lograse entender —mediante la fuerza, mediante la torpeza, mediante la inexorable demostración de sus limitaciones tecnológicas— cuál es la función de cada uno.
—No, no —dice ahora, así como si nada. —No la saqué de ningún lado.
José lo observa perplejo sin entender por qué dice lo que dice, hasta que recuerda que antes de la jugada le había preguntado de dónde la había sacado. Me escucha entonces, piensa José, no es que hablo al pedo.
—Todo esto en realidad pasó hace bastante tiempo, y recién ahora me acordé del hijo de mi hermano.
—Tu sobrino.
—¿Eh?
—Tu sobrino, boludo. No digás “el hijo de mi hermano”.
—Bueno: mi sobrino. El hijo de Leandro, ¿viste?, el que vive en Concordia. Yo no sé cómo, pero me acordé de que el flaco tenía una filmadora, y así como te digo lo llamé para preguntarle si la tenía sin usar y me podía hacer la gauchada de mandármela por correo. Le dije que en un tiempo se la devolvía porque sólo la necesitaba para un laburo.
—¿Para un laburo?
—Le mentí nomás. Supuse que la tendría al pedo, y nada… la quería para esto.
—Te pido perdón —le dice José, tras hacer una pausa, mirándolo a los ojos— capaz estaré mal yo ¿eh? mirá que es muy probable. Pero te podría llegar a jurar hasta por mi vieja que desde que llegaste, pero te lo juro, hermano, ¿eh? te lo juro, que no entiendo un carajo de nada de lo que me estás hablando.
—Mirá, José, la cosa es así: —le dice Marcelo, abriendo bien abiertas las palmas de sus manos y tomando aire, asombrado de la más absoluta incapacidad de su amigo de, a lo largo de toda la conversación, no haber sido capaz de atar dos cabos sueltos— estábamos una vuelta acá enfrente con Nahuel, un sábado a la mañana, porque su nieto jugaba un torneo de fútbol. Caí acá de casualidad, porque yo en realidad había ido a su casa a tomar unos mates, pero como el nieto estaba con esto del torneo me preguntó si lo podía acompañar.
—¿En la cancha esta?
—No, no. Armaron una canchita atrás del arco. Un cuatro contra cuatro era, o algo así. Pensá que eran pibes de seis, siete años.
—Ajá.
—Imaginate vos el embole que me habré estado pegando. Al menos Nahuel cebaba mate y además como en la cancha grande habían unos pibes jugando, tan embolante no era el asunto.
Al otro lado de la calle se percibe fácilmente que todos están apurando al pateador, que está ensimismado en pedirle un paso más atrás a la barrera. José apoya sus ojos sobre el flaquito que está por patear y le da la sensación de ya haberlo visto alguna vez jugar. Aunque no, no lo sabe. Son demasiados los fulanos que pasan todos los días y sabe que puede estar tranquilamente equivocado. En caso que fuese él y estuviese atinando en la persona, lo recuerda difusamente como alguien hábil, gambeteador. Pero no, sigue sin saber. Y por eso quiere ver ahora cómo resuelve el tiro libre. Le sobrepasa un efímero deseo de que el tiro sea un fiasco total, después del teatro que estuvo armando con la barrera. Pero por otro lado no. Por otro lado no, porque tiene ganas de ver el primer gol de la tarde. O al menos un tiro noble, decente. Algo que valga la pena. Algo que le dé sentido a la pausa de la conversación entre ellos dos y que no haya sido en vano.
Da unos pasos y le da con el empeine hacia el lado que José nunca pensó. Uno de los tipos que está en la barrera al dar el salto no cierra los ojos y, mientras se eleva en el aire, concluye que él y sus amigos, pegando el salto lo más alto posible, son completamente estériles, insuficientes y vanos, porque la pelota les pasa por el costado y viaja hacia el palo del arquero, que ya dio unos pasos hacia el lado opuesto, pensando igual que todos que la pelota no iba a ir para su palo sino al de la barrera. Entonces cuando toma noción de que sí, de que efectivamente va para su palo, es tarde, porque aunque intente volver, ya sabe que no va a llegar. Es definitivamente tarde. Estira sus brazos como puede, peleándole a su propia inercia, pero la pelota ya golpeó el chapón que está detrás suyo y los rivales están mirando azorados a su amigo, impactados por el gol que acaba de hacer.
—¿Vos me creés si yo te digo —retoma el diálogo Marcelo, cumpliendo el tácito acuerdo de seguir la conversación con la jugada terminada— que el mejor gol que vi en mi vida, lo vi acá, en esta cancha?
José se despabila al escucharlo y vuelve a la conversación con la pregunta de su amigo. ¿Le cree o no le cree? ¿qué cosa le dijo? Estaba en la estratósfera, se da cuenta. ¿Vos me creés si yo te digo que el mejor gol que vi en mi vida lo vi acá, en esta cancha? Se repite a sí mismo, como si repitiéndose la pregunta lograse procesarla mejor. Bien. Al parecer sirve, piensa, esto de repetirse las preguntas en la mente cuando uno está en cualquier lado menos en el lugar que se supone que está. Ahora que la procesó, lo piensa. ¿Le cree entonces? No, definitivamente no le cree, se confirma a sí mismo, mientras ve que uno de los jugadores lleva la pelota al círculo central para volver a sacar del medio. No, no ¿qué está diciendo? No le cree ni en pedo.
—Y... no sé, boludo, —duda José, mirando a lo lejos, sin ánimos de querer ser tan tajante con su amigo— la verdad que no lo sé.
—Capaz siento eso porque lo vi ahí nomás, no sé… —recula, ahora siendo él quien duda. —Yo a la cancha no voy, ¿viste?, y si voy es a la del Deportivo, que como verás no deja de ser un torneo regional de morondanga. Entonces como te digo, como no voy nunca a la cancha, capaz por haberlo visto así, frente a mí, fue que me hizo caer de culo, ¿entendés?
—Pero pará, —le dice José, con la sensación de que su amigo está dando demasiadas vueltas— explicame cómo fue.
—Fue un córner en el arco de ahí —le señala— y yo estaba parado casi atrás del segundo palo, más o menos. El centro sale pasado. Pero pasado, pasado, eh. Y uno de los que defendían, no sé por qué carajo, en vez de dejarla pasar o cabecear hacia afuera o esperar a que baje, ¡o qué sé yo!, cabecea hacia adelante. Hacia adelante y un poco para adentro, como metiéndola.
—Habrá pensado que tenía a alguien atrás.
—Sí, sí, habrá pensado que tenía alguien atrás. Igual, tampoco le pidás mucho, ¿viste?
—Sí, sí.
—Cuestión que el cabezazo sale alto, anunciado, y en la puerta del área le queda fácil a uno del rival, que se perfila como para cabecearla y… ¿cómo te explico? El tipo, así como si nada, se da media vuelta y con una pirueta hace una especie de chilena, o de tijera, o de qué carajo sé yo, y la manda a guardar.
—Me estás cargando.
—No, en serio te lo digo —le dice, mirándolo a los ojos, como si el hecho de mirarlo a su amigo hasta el fondo de sus ojos le diese una mayor credibilidad. —Lo que a mí no me deja de sorprender, es dónde la pone. Cómo el tipo, después de semejante salto, no termina por tirarla a la mismísima mierda, ¿me entendés? Cómo el tipo, así como te estoy diciendo, la engancha y la pone ahí arriba en el ángulo como con la mano.
El partido en la canchita termina y José ve cómo algunos grupitos se reúnen en un sector tras el partido jugado. Unos se van y otros aún se quedan a un costado con la pelota, alejados, tirando cambios de frente. Como nadie espera al otro lado de la raya, parecería que no habrá partido nuevo y por ende la perspectiva de los dos amigos se despuebla lentamente. José por dentro lo lamenta. Y al constatarlo, lo subyuga la extraña sensación de que, estar en la vereda contemplando un terreno semibaldío vaciarse —porque eso era la canchita cuando se vaciaba: un terreno vacío, un terreno sin nada más que manchones de pasto y paredones delimitándolo— transforma a la conversación, al rato con su amigo y hasta a su mismísima existencia, en algo opaco, marchito y profundamente desvaído.
—Termina de jugar el nieto de Nahuel y vamos a tomar algo al bolichito de la esquina con el pibe. Nos sentamos en las mesas, ahí cerca de la televisión, ¿y qué estaban pasando?
—El premio Puskas.
—Los goles nominados al Premio Puskas —le dice, asintiendo con la cabeza. —Los del año pasado.
—¿Y?
—Y vos te pensarás que son todos de la Champions League, o por ahí de las ligas mayores de Europa que todos conocemos y solemos tener un vago conocimiento. Pero no. ¿Sabés que no? —le dice, haciendo una pausa— todo lo contrario.
—Ah, ¿sí?
—Segunda división de Turquía, cuarta división de Japón, reserva de Colombia y así, ¿eh? En alguna que otra vuelta, por supuesto que te los encontrás… a los europeos digo.
—Pero son los menos.
—Pero son los menos —asiente. —¿Y sabés por qué? —le pregunta Marcelo, pensando el motivo por unos segundos, sin ser capaz de encontrar las palabras. —Porque los goles así, que no son del montón, que parecen ser completamente nuevos en un deporte que solemos mirar todos los días de nuestra vida, que tienden a limitar con lo utópico, y que cuando los vemos no podemos creer lo que acabamos de ver, se dan en los fútbol que son un quilombo bárbaro, hermano. Y mira que no te lo digo yo, eh, lo pensábamos con Nahuel, mientras mirábamos el programa este que te digo. En el fútbol de elite, no te digo que no, ¿eh?, ¡no te digo que no!, —le aclara— pero es raro que se den este tipo de cosas, ¿y por qué? Porque son muy ordenados. Son DEMASIADO ordenados. Los tipos directamente son unos estudiosos. Y así no hay forma, hermano, así no hay forma de meter un gol de atrás de mitad de cancha sin que la pelota pique antes, porque el arquero nunca va a ser tan boludo de estar afuera del área papando moscas; o también, ¿quién te dice?, de poder meter una chilena en el ángulo así como con la mano en la puerta del área, como te acabo de contar recién, ¿y por qué? porque los defensores son buenos, buenos, y te tienen pero recontra junado, y nunca te van a dar semejante tiempo para que vos tengas el tupé ¡en su área! de mirar la bola en el aire venir, girar el torso y empezar a dar la pirueta con ambos pies para darle a la pelota de lleno.
Los grupos de amigos que se habían quedado tirados en el pasto después del partido ahora empiezan a levantarse e irse cada uno por su lado. No queda ni el ruido de las conversaciones ajenas, por lo que José y Marcelo quedan envueltos en un silencio espectral durante segundos donde no hay autos que pasen frente a ellos ni fútbol jugándose al otro lado de la vereda. José no tiene ganas de discutir y opta por no refutar la ponencia teórica que se acaba de mandar su amigo acerca del Premio Puskas. Otro día la debatirán. Inmerso en la contemplación, percibe al sol recostándose por debajo del tendido de cables sobre los techos que están al otro lado del paredón. En la cancha no queda ni un alma más. El vacío y el silencio se exponen sobremanera.
—Es cuestión de sentarse nomás y meterle. Sentarse y filmar. Y alguna que otra vamos a pegar. Quizá estemos años, o quizá no ¿quién te dice? El mejor gol del mundo puede estar a la vuelta de la esquina, y más si tenés en cuenta la cantidad de partidos que se juegan por día en la canchita esta. Además, ahora que estamos en verano, ¿qué te digo? con los pibes recontra al pedo de sus vidas que lo único que tienen para hacer es jugar al fútbol. Olvidate, como te digo: el mejor gol del mundo puede estar a la vuelta de la esquina.
José, nuevamente, opta por no responderle, mientras observa calle abajo un grupo de amigos que caminan en dirección a ellos picando una pelota.
—Es más, —vuelve a decir Marcelo, haciendo que José lo mire de costado, despabilándose de sus pensamientos— hasta ¿quién te dice? podríamos ponerle unos pesos a la cosa. Comprar un trípode. Una escalera. Hablar con un fulano que edite el video y le ponga música ¿qué sé yo? Cosa de hacerlo un poco más decente antes de mandarlo, ¿no te parece?
“Hablar con un fulano que edite el video y ponga música” se repite José para sí mismo, con la sensación que el delirio de su amigo se le está yendo de las manos.
—Pará —lo interrumpe.
—¿Qué?
—¿Una escalera para qué?
—Para subirnos al techo —le responde el otro, demostrándole que ya tiene todos los escenarios posibles calculados y analizados. —Capaz que desde arriba tengamos una mejor perspectiva.
El otro se queda inmutado pensando que sí, que el tipo tiene recontra estudiados todos los escenarios posibles, bajo todas las circunstancias posibles. Y entiende que el planteo para su amigo, con todas las excentricidades puestas sobre la mesa, dista de ser una boludez meteórica, mientras ve que los fulanos que venían desde allá ya están adentro de la cancha a punto de sacar del medio. Se habrán apurado, piensa, porque va quedando cada vez menos luz. O quizá, piensa también, estuvo dándose demasiada manija en los recovecos de su mente y el tiempo pasó más rápido de lo que él en verdad está pensando.
—O sea que, por lo que veo, —lo mira José— vos querés filmar los partidos de acá, a ver si podemos llegar a ganar el Premio Puskas.
—Por lo que ves —le responde el otro, mofándose levemente— yo quiero hacer exactamente lo que acabás de decir para ganar el premio que acabás de mencionar.
José reniega, sin poder creer lo que está escuchando. O quizá, más que lo que está escuchando, lo que no puede creer es que todo lo dicho tenga un ademán de ilusión, de efímera posibilidad de que todo lo dicho pueda llegar a darse. A José le asalta la misma sensación que se le había cruzado por la mente cuando su amigo había desenfundado la cámara del nylon, sólo que ahora instintivamente le sale decírselo.
—Vos te volviste loco.
—Puede ser —le responde el otro, dejando un vacío de silencio entre lo que dijo y lo que está por decir. —O no… —lo mira, levantando sus hombros —en realidad no lo sé.
Se quedan un rato más mirando de fondo el partido, hasta que Marcelo se mira la muñeca izquierda y comprueba la hora que es, saliendo de su propio sopor. “Bueh” suspira, mientras lentamente comienza a agarrar los cadáveres de papel y cartón que yacen a su costado. “¿Tenés un tacho adentro?” le pregunta, sabiendo que lo tiene —y hasta dónde lo tiene—, aún con el absurdo pudor de no entrar al local sin autorización después de más de cuarenta años en el mismo lugar de siempre. José le indica —sabiendo que sabe— y preguntándose por qué, a semejante altura de la vida, su amigo sigue haciendo lo que hace. Cuando Marcelo vuelve, José gira sobre su asiento y toma la filmadora, diciéndole que la tome, que se la está olvidando.
—No, no, tenela vos. ¿Para qué la voy a tener en mi casa? —le dice, con una leve sonrisa al ver la cara que le pone su amigo. —Tenela, que tenemos tres meses para mandarlo. O un año y tres meses. O dos años y tres meses. Quién sabe, ¿no?
José sonríe, sin poder salir de su asombro.
—El éxito, José, el éxito: — le dice, mientras se va dando media vuelta en dirección a su casa. Cuando camina unos pasos, con el perfecto conocimiento de que su amigo aún le sostiene la mirada a sus espaldas, se da media vuelta nuevamente y le dice —la única diferencia entre un loco y un genio.
José da una carcajada e instintivamente le dice —¡Así que te considerás un genio ahora!, ¡mirá vos, che! —azorado ante la capacidad de su amigo de poder decir un sinnúmero de delirios en tan solo un momento de la tarde. —Cuidate mucho, ¡¡genio!! —le grita, sabiendo que no se dará vuelta de nuevo, porque Marcelo sabe que su amigo lo va a seguir observando hasta que llegue a la esquina, doble y se pierda definitivamente de sus ojos.
José toma con sus manos la máquina, como pesándola. Nunca había tomado una, piensa. Le abre la tapa, pero ni gasta energías en querer saber dónde está el botón de encendido. Sólo contempla la pantalla digital y la multitud de botones que se amuchan a un costado del espejo negro, que no parece dar señales de vida. Ahora la cierra y se pone de pie para dejarla adentro, sobre la mesa del mostrador, pensando la fortuna que puede llegar a salir lo que tiene en sus manos sin saberlo. Ve la hora y concluye que nadie más va a pasar por el local, aunque de todas formas va a esperar a que se hagan las ocho y media para bajarle la persiana. Adentro ya está completamente oscuro y el frío tubo de luz que cuelga del techo le da una sensación de soledad que lo ahoga. Sale y cierra el toldo, para que al menos le peguen los últimos soles al ventanal y el tubo de luz no tenga que encandilarlo. Si entra alguien, prende la luz y punto. Preso del aburrimiento y del silencio, prende la radio y suena tango. Pugliese. Demasiado tango por hoy, piensa, y merodea con la ajuga a lo largo de toda la amplitud modulada. Deja un programa político de fondo y enciende otro cigarrillo, ¿cuántos lleva a lo largo de la tarde? El mate está lavado, concluye al tomarlo, como también concluye que los pensamientos le galopan por la mente como la plena demostración de que, lo que están hablando en la radio, le importa tres cominos. La apaga entonces. Apaga la radio y vuelve a quedar envuelto en el silencio. En el silencio no, en realidad, porque pasa una camioneta que está por reventar su escape por la puerta del local, y de fondo queda la murga que hace el motor de la chata y el crepitar de las voces de los que juegan en la canchita, que aún persisten allí, desafiándole minuto a minuto a la ausencia del sol. “Tres meses” evoca su mente, recordando a Marcelo, mientras una efímera sonrisa interpela su rostro. Cruza al otro lado del mostrador y sale a la vereda. Toma la máquina y le abre la tapa, con el vago interés de ahora sí saber dónde está el botón de encendido. Antes de sentarse, corre un poco el banco para tener una mejor perspectiva del partido que está ocurriendo al otro lado de su local. Cuando vuelve a llevarle el apunte a la cámara, termina por asumir tras analizarla que el único botón rojo que hay, entre todos los botones blancos, puede llegar a ser el que inicie la grabación. “Tres meses”, vuelve a pensar cuando comprueba que efectivamente es ese, porque el segundero empezó a correr y ahora se encuentra en el esfuerzo mental de que no le tiemble mucho el pulso.
Diciembre 2023.
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