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El maquillaje y mi identidad

sienna

Jan 26, 2026

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El maquillaje y mi identidad
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Desde que era pequeña el maquillaje ya captaba mi atención. Veía a mi madre pintarse los ojos, retocarse los labios y suspirar cuando sus polvos favoritos caían y se rompían en el suelo.

Cuando cumplí 13 años, me regaló mi primera barra de labios y un corrector. No podía estar más ilusionada. Al día siguiente, me levanté unos 10 minutos antes para ver cómo me quedaban puestos: primero un poco de pintalabios, toque de corrector y un poco del rímel de mamá. Me veía muy mona, y decidí ir así al instituto.

Mis amigas me dedicaron algunos halagos e incluso mi profesora de lengua me dijo lo guapa que estaba. Todos estos comentarios afectaron de una manera muy positiva a mi autoestima, y por primera vez en mi vida, pude mirarme al espejo y ver reflejado en mi rostro una sonrisa. La verdad era que nunca recibía muchas palabras bonitas y desde mi infancia se me encasilló en la etiqueta de la "amiga fea". Aún recuerdo las risas y las burlas hacia una niña que no entendía lo que estaba pasando y solo quería ir al colegio tranquila. Las tardes llorando cada vez que llegaba a casa y mis intentos por ocultárselo a mis padres.

A medida que mi adolescencia transcurría, sentía curiosidad por el mundo del maquillaje y más cuando llegó la pandemia. Me pasaba horas y horas en redes sociales buscando tutoriales y recomendaciones de productos. Comencé a experimentar mucho, me compré un rotulador de ojos negro, colorete, bronceador, pintalabios y sombras de ojos. Toda esta parafernalia era un tanto contradictoria, puesto que las mascarillas eran obligatorias y nadie iba a poder verme el rostro. Por eso decidí centrarme en mis ojos y resaltarlos para poder sacar el máximo partido de ellos.

Una vez acabó la cuarentena, mis amigos y yo decidimos quedar y vernos tras 3 largos meses encerrados en nuestras casas. Tras numerosos intentos, conseguí delinear mis ojos y aplicarme una gran cantidad de rímel para resaltar la voluminosidad de mis pestañas. Así que, aunque tuviera que llevar la mascarilla, mis ojos serían mi gran arma.

Todo transcurría con normalidad y a mi grupo de amigos le fascinó mi maquillaje. Era sencillo pero eficaz, tal y como yo había planeado. El problema vino cuando decidimos comprar algo para merendar. No había ni una gota de corrector en mi cara, ni siquiera algo de colorete. Nos sentamos en una plaza respetando la distancia de seguridad, y todos se quitaron la mascarilla.

Una tormenta de pensamientos invadió mi mente: estás fea, nadie quiere verte la cara, das asco, etc. ¿Por qué incluso delante de mis amigos tenía que sentirme así?. Son las personas que más me quieren y me respetan por como soy, no por una fachada de maquillaje.

Desde ese momento no conseguía verme bien sin maquillaje. Daba igual si iba al instituto con una mascarilla o si era para bajar a comprar el pan en la tienda de abajo. Cada vez que salía con mi grupo de clase no me tomaba ni una sola foto, y si lo hacía, me dejaba la mascarilla puesta o me ponía un filtro de Instagram. Peor me lo ponías si había que ir a la playa. Veranos en los que no me quitaba las gafas de sol y no me bañaba. No quería que nadie me viera sin maquillar.

¿Tanta vergüenza tenía que sentir una adolescente de 15 años hacia sí misma?. Hasta donde puede llegar el daño de un simple comentario. Mi autoestima estaba rota y se convirtió en una herida muy profunda con la que me costaba mucho lidiar.

Y así transcurrieron 2 años de mi vida, encerrada en mis complejos y conviviendo con un miedo a mostrarme tal y como era.

En mi último año de secundaria las mascarillas dejaron de ser obligatorias, pero aún así, yo decidí seguir llevándola hasta que acabara el curso. Uno de los últimos días de clase, hacía muchísimo calor, y decidí quitármela en mi clase de ética. Éramos solo 4 personas y se respiraba una calma absoluta. Como todas las mañanas yo me había maquillado la cara aunque nadie fuera a verla, pero como nunca sabía que situaciones podían acontecer, lo hacía igualmente.

Por aquel entonces mi maquillaje era muy característico: labios marrones, delineado de ojos enorme, rímel y mucho colorete. ¿Lo sorprendente?, que nadie me hizo ningún comentario negativo. Por aquel entonces me abrí mi primera cuenta de Instagram, y es cierto que algún compañero que otro, había visto una foto mía sin mascarilla (evidentemente con filtro). Algunas de mis compañeras se acercaron para dedicarme halagos, incluso una me comentó que le encantaba mi maquillaje y era muy guapa. No esperaba esa reacción tan positiva, lo que supuso otro chute para mi autoestima, que hacía tiempo que no experimentaba esa sensacion de adrenalina. Es más, ya pasé la última hora de clase, la de matemáticas, sin mascarilla.

Recuerdo que mi tutora se llevó una gran alegría al verme así, porque por fin podía ponerme cara y ver a la chica tan auténtica que se escondía tras ese flequillo y esa mascarilla enorme.

En el camino de vuelta a casa casi me echo a llorar, y comencé a reflexionar seriamente sobre el tema. Tenía miedo, era la verdad, siempre había sido el "patito feo" y el hazmerreír de todo el instituto. Entendí que nunca merecí tanto odio y que las personas pueden llegar a ser muy crueles. Era una niña que estaba creciendo y experimentando cambios en su cuerpo. Todos pasamos por distintas etapas, y lo cierto era que me había convertido en una persona considerada "guapa" y era algo raro y novedoso para mí.

Aun así, en mi mente yo seguía siendo horrenda (así me definía yo), y atribuí mi belleza al maquillaje. No era capaz de ver más allá de eso, y mi vida comenzó a basarse en mi apariencia.

En mis últimos 2 años de bachillerato, comencé a aceptar más solicitudes en mis redes sociales, dónde muchos/a me comentaban en mis fotos y publicaciones. Incluso alguno ligaba conmigo de vez en cuando. Me sentía poderosa y creé una autoestima falsa. Me veía guapa, sí, pero no ibas a encontrar ninguna foto mía sin maquillaje.

A medida que pasaba el tiempo continué con este modus operandi, pero todo se hacía más complicado Llegué a un punto en el que exploté. No podía más. Mi valor como persona no tenía que basarse únicamente en el maquillaje. Es cierto que lo amo, y me gusta experimentar con él, pero eso no significa que si un día no estoy maquillada sea el fin del mundo.

Decidí pedir ayuda a una psicóloga coincidiendo con mi primer año en la universidad. La terapia duró alrededor de un año y fue algo que realmente me ayudó y me ofreció más puntos de vista: ¿Por qué la belleza se basa en unos cánones socialmente aceptados?, ¿por qué una mujer necesita estar siempre perfecta?, etc. Diversas cuestiones comenzaron a rondar por mi mente.

Tras muchos ejercicios, esfuerzos y comprensión por parte de mi terapeuta, comprendí el estrés que supusieron para mí todos estos años y de alcanzar mi objetivo de perfección. Había dejado a un lado mi verdadera esencia y quién era yo. No solo eso, también aprendí a gestionar mis emociones y a evadir los comentarios negativos de mi mente.

La realidad es que siempre va a haber personas que nos critiquen. ¿Y qué importa, acaso eso tiene que frenarnos a sentirnos libres?. Estoy harta de intentar alcanzar a una mujer ideal que no existe.

Poco a poco he ido haciendo avances este último año: he ido a la playa sin maquillaje, a la compra, y he reducido la cantidad de maquillaje que uso para ir a clase. Y debemos de sentirnos orgullosos de los pequeños pasos que damos para alcanzar nuestros logros.

Aún así, me queda un largo camino por delante. Sin ir más lejos, hoy no he ido a mi primer día de la universidad tras Navidad, porque me he dejado en mi casa mi neceser de maquillaje, y mis pendientes. Es cierto que no vuelvo a mi ciudad hasta dentro de un tiempo y es lógico querer tener algo de maquillaje, pero ¿por qué me daba miedo que mis compañeros me vieran sin arreglar?. Salí de casa sin maquillaje a comprar básicos que me hicieran falta. Aunque tuviera miedo, lo hice, y dejé a un lado esas vocecitas de mi cabeza que me dijeron que me veía horrible.

Este inesperado acontecimiento de hoy me ha hecho plantearme todo este discurso, y a aprender que el camino nunca es lineal: hay días buenos y días malos. Lo importante es no rendirse, por muchos altibajos o días oscuros. Puede que hoy las voces y los miedos del pasado me hayan superado, pero me harán más fuerte y podré dejar la culpa atrás.

Amo el maquillaje, pero si un día me da pereza, o simplemente no me apetece maquillarme, no pasa nada. La perfección no mide mi valor como ser humano.

A quien esté leyendo esto y esté pasando por una situación similar, espero que hayas encontrado aquí un sitio en el que poder reflejarte y desahogarte <3

sienna

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